opinión

No voy a hablar de Sabato

El poeta Javier Piccolo relata cómo, a partir de una discusión con un entrañable amigo, releyó a Ernesto Sabato. Y cómo, a partir de esto descubrió, cosas nuevas del escritor, de su amigo y de sí mismo.

No puedo escribir sobre algo que no me provoque algún tipo de sentimiento. A ver, no puedo escribir, ni hablar, ni discutir. Si fuera pintor o músico, me pasaría lo mismo. Sería imposible para mí, por ejemplo, hacer covers de los Pimpinela. Y creo que nunca voy a poder decir o escribir algunas palabras sobre Jorge Luis Borges.

Necesito vincularme desde la tripa, pongámosle, con el tema. Aunque sea desde el odio. O el cariño. O la molestia. O el amor. Borges, por ejemplo, ni siquiera puede exasperarme con toda su prolijidad.

Ahora, del Martín sí puedo escribir. Porque lo quiero. Y sobre todo porque es mi amigo. El Martín era uno de los integrantes de la mesa del legendario Bar Los Pitufos. Mesa que tenía tres objetivos: compartir literatura, cagarse de risa y pelearse. Por lo que fuera. Curiosamente, Martín sobresalía en las tres áreas, demostrando un gran manejo de la palabra escrita (el verso en particular), se reía estridentemente mostrando toda la amplitud de la boca, además de contar con grandes ocurrencias humorísticas, y sabía adonde meter el estilete lingüístico en medio del debate.

La reunión era los jueves por la noche. La mesa completa era de cinco personas, pero no era común que estuviéramos todos. La susceptibilidad a flor de piel era un flanco fácil de ser herido. Y así, si la discusión del jueves anterior había mutado en agresiones casi personales (cuestión habitual) se producía algún faltazo al jueves siguiente, por razones siempre un poco difíciles de entender. Otra razón para faltar era la indisimulable vergüenza de no cumplir con la tarea. Es decir, llevar algo escrito para justificar la reunión. Las ganas o la necesidad de cagarse de risa estaban, pareciera, siempre.

Me reconozco como intolerante para ciertas cosas. En aquella época de Los Pitufos, lo era más. Sin embargo no me metía mucho en las discusiones. Quizás algún que otro bocadillo, muy racional o distante. Pensándolo bien, no podría tampoco escribir sobre mí. A veces mi falta de reacción enervaba aún más a los otros. O la falta de agresividad en algún miembro del cónclave terminaba en que alguien atacaba a otro por defenderlo. Poniendo un ejemplo: Fernando tomaba cierta postura. A otro no le gustaba. Martín y Leonardo lo defendían. Fernando se disculpaba por la postura que tomó inicialmente. Martín atacaba a Fernando por pedir disculpas. Si hubiéramos sido un equipo de fútbol, seguro que nos identificarían con la Naranja Mecánica. Decididamente nuestra mejor defensa era el ataque.

Hasta que tenía que llegar el día en que yo tomara una postura fuerte durante una discusión. Claro, me vi en cierto modo forzado a hacerlo. La cosa es que justo ese jueves Leonardo no había podido ir (la reunión anterior tuvo un episodio con Martín y Fernando), Gabriel estaba ofendido por cuestiones extrapitufarias y Fernando estaba particularmente excedido por su vida cotidiana. Quedamos Martín y yo, sosteniendo el honor de la mesa de los jueves. Y salió. Tenía que salir el tema. Habrá sido la cerveza. O qué sé yo. Pero ya estaba ahí, ineludible.

Ya dije que en esa época yo estaba particularmente intolerante. Una de las cosas que menos toleraba era la división de un artista y su obra. Digo, de la persona artista y lo que hacía. Así, me caía particularmente mal Joan Manuel Serrat cantando Disculpe el Señor al tiempo que hacía negocios con la oligarquía bodeguera mendocina. O el artista que vendía por cientos de miles de dólares el cuadro donde pintaba la villa.

De Vargas Llosa, ni hablar. No había tocado un solo libro de él y me había alejado, espantado, del manualcito que escribió su hijo, aún más aterrador que el padre. No escuchaba a Rivero porque había viajado como representante cultural (entre otros) a Venezuela con Videla. No sé cómo salió, pero aquella noche, hablamos de Sábato. El Martín y yo. No tenía forma de escapar.

Me sorprendió que el Martín lo defendiera. Mejores tipos no habían pasado su filtro. En ese momento yo había leído El Túnel y Sobre Héroes y Tumbas. También el Nunca Más con el prólogo original. Con el Túnel tuve el inconveniente que ya había leído otro libro, Noches Blancas, de Dostoievski y me pareció que Sábato había escrito un homenaje al ruso que tanto admiraba. Acordamos en esto con Martín. Sobre Héroes y Tumbas me gustó. Mucho. Pero claro, estaba el tema del ciudadano Sábato. Ese solo hecho hacía que el libro perdiera varios porotos.

Y así empecé. “Sábato dijo que Videla era un buen tipo”. El Martín retrucó tibiamente con el informe de la Conadep. Sabía que yo vendría con el tema de apañar la teoría de los dos demonios y que la Conadep olvidó varias cosas. O que en la comisión había también gente que no quería meterse a revolver mucho. También hablamos su falta de compromiso hasta que la dictadura empezó a caer. O del banque a la guerra de Malvinas. O citas de Sábato en la revista Gente. Lo curioso es que Martín, a esta altura, estaba un poco raro. Como si los roles se hubieran cambiado. Yo, hecho un fundamentalista de la polémica, defenestraba al escritor y el Martín parecía anonadado. Se había quedado bastante con la discusión. La cerveza seguía pasando y yo cada vez más intolerante.

Hasta que Martín largó la frase más precisa que yo le escuché en una discusión. Simplemente me dijo: “Yo sé todo eso de Sábato. Yo tampoco me lo banco. Pero cuando yo estaba mal, leí Sobre Héroes y Tumbas. Y me hizo bien. Me sentí mucho mejor. Gracias a un libro de Sábato. ¿Entendés? Yo no puedo odiar a un tipo que me hizo feliz o que al menos me acompañó cuando estaba solo”.

Después de eso leí nuevamente Sobre Héroes y Tumbas y conseguí un ejemplar de Abaddón. ¿Cómo no voy a admirar a un tipo al que mi amigo quiere? ¿O a alguien que, solamente por escribir puede generar todo eso? Cuando murió Sábato, no pensé en él, sino en el Martín. Espero que todavía tenga a mano algún buen libro. O algún buen amigo.

Javier Piccolo
Opiniones (2)
24 de enero de 2018 | 07:45
3
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24 de enero de 2018 | 07:45
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  1. porqué le dan piola a este delirante?
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  2. me encantó gracias
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