opinión

Allí donde estés…

"¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? ¿Tiene sentido vivir para luego desaparecer?". La reflexión del padre Vicente Reale en Semana Santa.

Es una expresión pública y bastante usual la frase “allí donde estés” referida a algún ser querido que nos ha dejado y al que nos dirigimos para recordarlo, agradecerle y, en casos, suplicarle.

Palabras que están en el corazón y en la boca de creyentes y de muchos no creyentes. Como si “algo” dentro nuestro nos indicara que, a pesar de no tener con nosotros al ser querido, intuimos que éste se encuentra en “algún lugar” que no atinamos a precisar exactamente.

Es que hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia, y sobre todo a la medicina, para prolongar nuestra vida, pero siempre llega una última edad o enfermedad de la que nadie nos puede sacar o curar. Anhelamos una vida plena, inacabable, diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras; una vida plenamente dichosa para todos.

Nunca antes el ser humano había tenido tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz, más cómoda, más larga en años. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante el futuro cierto y amenazador del acabamiento de la vida.

Como los humanos de todos los tiempos, vivimos rodeados de dudas e incertidumbres. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? ¿Tiene sentido vivir para luego desaparecer?

Son las eternas cuestiones.

Y cada quien responde vivencialmente a esas preguntas desde su conciencia e interioridad. Sea desde una postura filosófica, científica, creyente, no creyente, o simplemente diciendo “así es la vida”.

Sin embargo, el agujero negro de la vida que se termina nos sumerge en una tortuosa incertidumbre, en un agudo dolor, en la desilusión de todo lo ilusionado.

Para muchos creyentes -cristianos y de otras confesiones- una luz brilla al fondo del túnel de esta vida-muerte: tenemos la convicción, desde la fe, que la vida no se termina ni se acaba, sino que “se transforma”. Desde una existencia transitoria, en un tiempo y en un espacio determinados, hacia una vida no acotada por este tiempo y este espacio.

Los cristianos llamamos a esa nueva existencia “resurrección y vida eterna”. Apoyados en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y arraigados en la fe y la confianza que nos merecen Sus palabras.

Claro, es una cuestión de fe. Como cuestión de fe -humana o divina- son las vivencias profundas de nuestra vida de amor, de amistad, de relaciones humanas y de relación con el universo.

La fe es tan inasible como el espíritu humano. Es bueno recordar aquí aquella hermosa sentencia: “Lo esencial es invisible a los ojos” y “no se ve bien sino con el corazón” (Saint-Exupery). Y, sin embargo, la fe de alguien puede ser vista y constatada por su modo de obrar.

Los cristianos “hacemos visible” la resurrección a través de lo que pensamos, sentimos y hacemos en línea con la vida y las palabras de Jesús. Es la nueva vida que debe habitarnos. No existe otro modo de “probar” la resurrección de Jesús ni la perdurabilidad de nuestras vidas.

Por eso, la aseveración de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Y la pregunta con que nos desafía: “Tu, ¿crees esto?”.

En el fondo, la resurrección y la perdurabilidad de la vida es una cuestión de amor-vida. El verdadero amor nunca muere, nunca pasa, nunca se acaba. Por el contrario, se acrecienta cada día.

Esta es la Pascua cristiana. Un sí total a la vida y para siempre. Aunque la debilidad de nuestra carne nos empuje a pasar a través de la puerta de la muerte. La vida comienza siempre con un llanto: cuando nacemos aquí y cuando partimos y nos transformamos después.

A pesar de las dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en Él buscamos luz y fortaleza para luchar por la vida toda y de todos. Y para enfrentarnos a toda muerte. Sólo en Él encontramos una esperanza de vida más allá de esta acotada existencia.
Opiniones (4)
17 de enero de 2018 | 07:14
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17 de enero de 2018 | 07:14
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  1. Muchas gracias por tus conceptos. A mí me cuesta entender por qué la muerte es celebrada más que la vida. Es obviamente un hecho cultural; pero lo religioso tiene una gran responsabilidad en el desarrollo de la cultura. Y aun más me preocupa que el cristiano se extienda en el conocimiento del Señor proyectándose hasta su muerte, como si ese fuera el fin, por más que la vida de Jesús sea el más valiente testimonio. El Jesús histórico, un hombre como cualquiera de nosotros, status que Él mismo asume voluntariamente, construye con su impecabilidad su propia resurrección: si Él hubiera pecado no habría resucitado, porque su muerte habría sido suya, y no hubiera podido ser la nuestra. Y es su vida impecable la que lo hace vencedor sobre la muerte... Por eso no hubo final sino hasta la resurrección... Y es la resurrección lo que nos posibilita la celebración. Recordar su muerte debe conmovernos porque, como vos decís con tu acostumbrada claridad, es la mayor muestra de amor que nos haya dado. Pero esa muerte, como bien dice Vicente, no es el final, porque Él resucitó. Su resurrección entonces es a la fe y a la esperanza, lo que la muerte es a su amor. Y la vida cristiana se sostiene en la fe, la esperanza y el amor (1ra. Corintios 13). Un fuerte abrazo (vos también has sido de bendición para mí) y también a tu esposa.
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  2. me disparó compartir esta reflexión dada en nuestra comunidad de fe evangélica bautista el domingo de ramos. El proyecto liberador de Jesús, llamado por él Reino de Dios y su justicia, era y es todavía hoy una actualización del proyecto profético vetero/testa- mentario sostenido desde Moisés en el decálogo, y puesto al día por el deu- teronomista del tiempo del rey de Israel, Josías. Este proyecto fue dejado de lado por la elite sacerdotal, refugiada en el templo, que impuso su propio modelo basado en la pureza ritual religiosa, por la cuál había que pagar con animales para el sacrificio (negociados por el mismo templo), y que para poder mantener los privilegios que de esta profesión emanaban, en un contexto de dominación imperial, tuvo que tranzar con Roma ( rey Herodes les construyó el templo) un sometimiento en el que el templo no fuera destruido, a cambio de prestarse a salvaguardar al Imperio de sublevaciones y alzamientos de los judíos oprimidos. Fue así que el sacerdocio era más agente del orden romano, que servicio al pueblo en la presencia de Dios en la Casa de oración. En este marco es que Jesús retoma el proyecto profético y conforma su mo- vimiento de pobres, excluídos y declarados impuros con los que luego de su formación, se dirigió al Templo para su liberación como espacio de ora-ción y animación de las ideas libertarias, propias del pueblo de Israel. El Evangelio de hoy, domingo de ramos, nos impone cómo fue esta entrada de Jesús en la ciudad y su acción subversiva posterior en el Templo, para que las celebremos a pesar del final cruento que tuvo, pero más que nada para que sepamos cual es la responsabilidad que asumimos los que nos deci- mos seguidores o discípulos de Jesús, cuando profesamos la fe en El como camino, verdad y vida, de ser veedores de la justicia en la tierra a fin que esta cumpla su realización de un mundo de paz. Hoy la juricidad implementada para asegurar las diferencias de clase social, la propiedad privada, la ética del capitalismo y otras relaciones de poder totalmente injustas, es como la abdicacion de los sacerdotes del Templo jerosolimitano, que en vez concebir con la mente de Dios a la justicia como restauradora de la igualdad, la vendieron al servicio de la persecución y condena de los transgresores de los intereses de la clase social dominante. Tristemente estas normas jurídicas injustas y contrarias al proyecto de Jesús, porque no tienen a la paz para todos en la mira, son naturalizadas por muchos quienes se declaran cristianos, y peor aún, se refugian en la religión como neutralidad alienante, creyendo con ello preservar el nombre de Dios tres veces Santo. Para estos cristianos un Jesús subversivo del status quo como el que entra en Jerusalen es intolerable, por lo tanto hay que cambiarlo por aquél que misteriosamente entra en el Templo para que lo maten, y así cumplir con el designio divino del derramamiento de la sangre inocente para satisfacer la furia de la divinidad por la humanidad, a causa de su pecado. Nosotros quisiéramos, en este domingo de ramos, llamar la atención del mundo y su injusta construcción jurídica, parafraseando a Jesús en su expresión %u201C%u2026mi Casa será llamada casa de oración%u2026 a la que han convertido en cueva de ladrones%u201D, decir %u201C%u2026la justicia fundamento de la paz, ustedes la han convertido en una razón para la guerra%u201D. A la vez hacer un llamado a las religiones al compromiso por una práctica de la justicia, que a semejanza del Dios de la misericordia, contribuya a considerar que todo ser humano es criatura de Dios y por lo tanto con una dignidad propia, que de ninguna manera puede pisotear ninguna norma jurídica. Nos ofrecemos humildemente al diálogo entre las religiones de buena voluntad, capaces de una nueva reflexión frente al avance del individua- lismo legalizado, y jugar el papel profético que en los distintos textos sagrados se nos reclama, como personas de fe en Dios, y en la vida digna para todos y todas.
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  3. Hola!!!!!!! que bueno leerte nuevamente!!!!! Yo, respecto de lo que comentas Tato, entiendo que en primer lugar tiene una trascendencia quizá hasta tradicional, una cuestión de constumbre...... Pero también se entiende desde el lugar y existencia que Jesus tomó como hombre.... Y en ese viernes Jesús como hombre soportó los más terribles martirios y humillación, otorgándonos la prueba material del mayor sacrificio POR AMOR al que un hombre puede aspirar, y es entregando su vida, su cuerpo y su dolor, tal como Dios Padre lo tenía planificado (Hechos 4) Ese sacrificio ejemplificador, ese reconocimiento a la total entrega por amor es la que muchos cristianos celebran y acompañan en un momento de regocijo, pero siempre manteniendo la esperanza a través de la fé en la resurreción, y ahondándolo en el interior como la resurreción a una vida nueva en cada uno de nosotros, durante nuestra pasajera existencia en nuestros cuerpos y en este mundo. Te comento que justo esta mañana me acordaba de vos, y agradecí a Dios el momento que te puso en mi camino... Te agradezco nuevamente.. Abrazos!!!
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  4. Vicente: Estoy plenamente de acuerdo con tu pensamiento, pero me parece que muchos cristianos celebran más la muerte que su resurrección. Cientos de lugares como el Calvario de la Carrodilla, se llenan del luto cada viernes santo, pero el domingo de resurrección casi nadie celebra...
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