opinión

Sobre viejas y nuevas significaciones del Día Internacional de la Mujer

Alejandra Ciriza es especialista en temas de género, docente, investigadora de la UNCuyo y directora del Instituto de Estudios de Género de la secretaría Académica de la Universidad.

El 8 de marzo, día internacional de las mujeres, ha cumplido más de un siglo. ¿Qué conmemoramos las mujeres los 8 de marzo? ¿Festejamos las mujeres los 8 de marzo?

El señalamiento de esta fecha como día Internacional de la Mujer Trabajadora fue iniciativa de la dirigente socialista y feminista Clara Zetkin (Sajonia, 1857, Moscú 1933) durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, y fue establecida en homenaje a la lucha protagonizada por miles de trabajadoras en Europa, Estados Unidos, América Latina.

La fecha en cuestión marcó el inicio de una referencia en el tiempo que nació, por así decir, acompañada de debates ligados a las coyunturas históricas y de rituales más o menos regulares, según las posibilidades de los movimientos de mujeres para poner en escena sus demandas. El 8 de marzo estuvo, entonces, históricamente asociado al combate por sus derechos de las oprimidas entre las oprimidas. Tuvo y tiene una tradición de revuelta contra el orden establecido. Desde entonces los debates y polémicas recurren: sobre si festejo o conmemoración; sobre si un día del género humano, varones y mujeres, personas con orientación sexual diferente, o un día específico para las mujeres; también sobre tópicos diversos que muestran las marcas de las coyunturas: las guerras, la lucha de clases, los derechos de las/los afroamericanas en EEUU, de las mujeres y los pueblos originarios nuestro continente, las posibilidades de supervivencia del mundo que habitamos, la significación que la fecha tiene para nosotras, las del sur.

Lo cierto es que el 8 de marzo se ha hecho visible urbe et orbis, internacionalista desde el principio, al ritmo de los combates mujeriles del siglo XX y sus continuaciones en el siglo XXI, de la mundialización capitalista y su contrapartida, la emergencia de un movimiento altermundialista.

Lo cierto es que, si los significados del 8 de marzo son imposibles de unificar, la diferencia sexual es reconocida hoy, en buena medida merced las movilizaciones y manifestaciones marcias, como portadora de consecuencias políticas discriminatorias hacia las bio-mujeres. Marcado por el pasado, reactualizado en el presente, el 8 de marzo continúa convocándonos a la reflexión, interrumpiendo la supuesta homogeneidad del tiempo, instalando con los rituales y debates que la cadencia anual de las fechas produce, una interpelación para pensar y debatir sobre los derechos de las mujeres, sobre sus significaciones hoy.

Si a principios del Siglo XX las mujeres padecían brutales relaciones de explotación y dominación en su condición de trabajadoras y si, sólo por ser mujeres, estaban inhibidas de votar y privadas de derechos civiles, hoy se ha avanzado considerablemente. Hemos recorrido, se dice, un largo camino, pero quedan aún muchos por recorrer. Si a principios del siglo XX la lucha de las feministas estaba orientada al logro de derechos en el mundo del trabajo y a la demolición del capitalismo para quienes se hallaban empeñadas en la construcción de un mundo socialista, y a la conquista del derecho al sufragio, que incluía a un espectro político más amplio, las luchas del siglo XXI se realizan sobre el terreno de los derechos conquistados, sujetos a avances y retrocesos, y de las nuevas condiciones que el mundo que habitamos produce.

Diversos autores, desde Rudolf Bahro a David Harvey, desde Immanuel Wallerstein a Vandana Shiva, desde Edgardo Lander a Ivone Gebara han señalado en los últimos años la crisis de la forma de relación de los seres humanos con la naturaleza, De allí que la cuestión de la lucha en defensa de la naturaleza externa e interna, la naturaleza que somos y en la que vivimos, ocupe un lugar cada vez más relevante en la agenda de las feministas y del movimiento de mujeres.

Sin dejar de hallarse concernidas por lo que podríamos llamar los “viejos reclamos”, como el reclamo por condiciones dignas de trabajo, o la participación política, las mujeres insisten hoy con mayor énfasis en el derecho a tomar decisiones autónomas sobre el propio cuerpo, llaman la atención sobre los riegos que el actual modelo de acumulación capitalista implica para la supervivencia del planeta y de la especie, señalan las amenazas del cambio climático, de la pérdida de biodiversidad (tan vinculada al uso de las biotecnologías como nuevo campo de inversión), advierten sobre los peligros que corren elementos vitales como el agua, insisten sobre los riesgos a los que nos conduce la colonización mercantil de los rincones más recónditos de la naturaleza en aras del afán de lucro y de la obtención de ganancia.

Las que vendrán… (o tal vez más bien las que en el presente heredan ese pasado) siguen tras los pasos de las que las precedieron, recuperan fragmentos de las tradiciones pasadas en razón de los debates sobre el presente, procuran, ya desde hace un tiempo, por la confluencia entre la defensa de los derechos de las mujeres y la defensa de la naturaleza, de nuestros cuerpos y de las condiciones para la vida. A menudo lo hacen recurriendo a viejas metáforas, otras veces produciendo críticas políticas determinadas a los efectos específicos de las nuevas tecnologías de depredación de la naturaleza sobre las vidas de las mujeres, sobre la vida de todas y todos las/los seres humanos.

Alejandra Ciriza es especialista en temas de género, docente, investigadora de la UNCuyo y directora del Instituto de Estudios de Género de la secretaría Académica de la Universidad que se ocupa de promover y elaborar proyectos de investigación y capaces de incorporar la perspectiva de género para producir innovaciones conceptuales y también para responder a las demandas y necesidades de la sociedad.

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