La Vendimia, esa vitrina de lo imposible

Es hermosa la vitrina y fría como un puñal mental. Su voz es seductora: “Vení, vení. Mirame y no me toqués, pero mirame bien por favor. Y no me toqués. Y jamás te atrevas a querer cambiar aquí el orden de las cosas: Serás condenado, porque las cosas, desde tiempos inmemoriales, siempre han estado ubicadas en el mismo lugar”.

La Fiesta de la Vendimia es como aquellas vitrinas que la clase media mendocina solía (y aún suele, en algunos casos) exhibir, por supuesto, en sus comedores, ese lugar de la casa donde no se come, sino que se recibe a las visitas.

La vitrina (o la vendimia) es un mueble delicado y con mucho vidrio para que todo el mundo pueda ver para adentro, pero también para que nadie pueda tocar su precioso  contenido. Mirar, pero no tocar, como a una Virgen o a una Reina de la Vendimia.

El objetivo de la vitrina, claramente, no es la participación activa, sino la admiración, cuestión que, en el caso de nuestra fiesta, se denota no sólo en la prácticamente nula participación de los verdaderos dueños de la vendimia, sino también en la prácticamente nula participación de los espectadores en la fiesta, por más que a veces los medios y los funcionarios en sus declaraciones se esfuercen por demostrar lo contrario.

Al final, rigurosamente en todos los casos, la belleza de lo intangible se premia con un aplauso y entonces se pone la música a todo volumen, al tiempo que estallan bombas que iluminan el cielo y anulan toda capacidad reflexiva. Y cada uno a su casa y mañana a ver a las nuevas reinas en bata blanca, en la habitación de un hotel de lujo, con un desayuno de esos que les llaman internacional o americano, que hasta un jugo de naranja y una flor incluyen en la bandeja.

Con voz entonada de locutora de vendimia, clama la vitrina de la clase media: “Soy la que soy: observa mis dones de fina raigambre europea. No obstante, mi prosapia va más allá; se extiende por encima de los tiempos de los que se tiene memoria. Soy la cosecha, pero no la cosecha lujuriosa de Baco y su corte de sátiros y toros cebados, silenos desnudos rascándose la entrepierna, centauros borrachos y mujeres y serpientes ligeras como la noche. Soy la cosecha, pero mis uvas son tan finas que están hechas de piedras preciosas extraídas del fondo mismo de los tiempos… Por eso, sé muy bien quiénes son dignos de entrar y quiénes no, a mi reino de cristales y memorias. Los anaqueles que me constituyen son peldaños en el concepto que se tiene del honor. Yo, como la ley divina, soy imposiblemente cierta”. 

En todo este contexto delatado, para la vitrina, que una reina como la de Luján –bellísima, por cierto– aparezca mostrando que tiene cuerpo real y que ese cuerpo puede ser deseado por el pueblo, configura un insulto imperdonable. Lo que Daniela este año ha venido inconcientemente a hacer es demostrar a todo el mundo que esas chicas bajo esos vestidos petulantes, esas coronas de brillos fatuos y esos peinados estruendosos, siguen guardando lo que verdaderamente son: seres humanos especialmente vulnerables en la edad de la vulnerabilidad, la indefensión y, en algunos casos, la estupidez, la rebeldía o la magia.

Volvamos a la vitrina: extrañamente para lo antepuesto, hay en ella una pretensión de popularidad. Se considera selecta y exige selección, pero quiere que todo el mundo hable de ella. Ahí tenemos al público convocado al teatro griego: ha sido elegido de entre lo más puro de la especie. Está en el centro de la escena y, a su alrededor, en las gradas más alejadas, hay una ínfima muestra de lo que pueden ser las hordas populares: algunos con el torso desnudo y otros con banderas; todos con ausencias dentales, una inexplicabe excitación y canastos con sánguches de fiambre de segunda selección.

Ni hablar de los cerros, allá lejos, en la noche salvaje, donde, dicen algunos, durante la fiesta se ha llegado al punto de asar animales muertos para deleite de los bárbaros, sentados en el suelo bebiendo vino barato y aguardando a que un locutor en smoking alquilado les de entidad tras la pregunta: “¿Y allá en los cerros están bien”, palabras mágicas para que un par de cañones de luces dé debida cuenta de sus existencia y los bárbaros agiten sus brazos desde el territorio de nadie.

Es hermosa la vitrina y fría como un puñal mental. Su voz es seductora: “Vení, vení. Mirame y no me toqués, pero mirame bien por favor. Y  no me toqués. Y jamás te atrevas a querer cambiar aquí el orden de las cosas: serás condenado, porque las cosas, desde tiempos inmemoriales, siempre han estado ubicadas en el mismo lugar”.

Naturalmente, las mejores vitrinas de la clase media eran aquellas que, por supuesto, venían con llave, lo cual agrega además el concepto de seguridad. O mejor: el concepto de inseguridad, no vaya a ser cosa que algún pariente de esos que uno tanto quiere se termine tentando ante tanta belleza acumulada y nos termine robando algo.

Miren. Ahí adentro, en la vitrina, está todo aquello que la clase media considera tesoro familiar: la vajilla y las copas, sobre todo, especies de alhajas domésticas para ser usadas sólo en ocasiones especiales, muy especiales, y sólo con invitados especiales. De este modo, la vajilla sólo será usada quizás en Navidad, si a la familia le tocaba jugar de local y a regañadientes, porque los invitados, los familiares de siempre, de especiales no tienen nada, especialmente el nuevo novio de la nena, que ya tiene 29 y no se quiere ir de casa, porque es muy apegada...

Tampoco falta en la vitrina un par de manteles con bordados que, claro está, jamás fueron usados. Hay alguna fuente invicta, tal vez con fondo de caballos y jinetes ingleses y tal vez, una cuchara de plata y una caramelera que desconocía por completo la existencia de los caramelos. Ya saben ustedes: se trata de un tesoro, algo que vale, pero es imposible saber cuánto.

La vitrina es, básicamente, una muestra de poder. Y la intención de tenerla ahí, a la vista, es la de mostrarse poderoso ante los demás. Es un poder que no se comparte, sino que simplemente se ostenta y de este modo, aunque no se ejerce, jamás se pierde. Ya llegará la ocasión, habrá momento para el despliegue. Será cuando determinadas personas estén capacitadas para disfrutar de él, personas que –con el paso de los años– nos vamos dando cuenta de que, en realidad –como en el cuento “El Mensajero del Rey”, de Franz Kafka– no existen o que quizás ya no son merecedoras del tesoro.

Algo semejante sucede con la vendimia, pero tampoco hay que decirlo. La vendimia, como el arte para los clásicos, sucede y todo el tinglado está armado para que nada sacuda la calma que la rodea. Por eso, en la aldea casi nadie quiere hablar al respecto, porque la vendimia es como un monstruo dispuesto a cobrar tributo.

No obstante, para otros, la vendimia, como la vieja y lujosa vitrina de la clase media, es una forma de superficialidad que amerita ser ahondada. Después de todo, es la fiesta de todos. ¿O acaso no?

 

 

 

 

Opiniones (4)
21 de noviembre de 2017 | 11:52
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21 de noviembre de 2017 | 11:52
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  1. NO ME PARECEN MAL LOS CAMBIOS Y QUE TODO NO SEA SIEMPRE LO MISMO , PERO LAMENTABLEMENTE ESTA DEJO DE SER LA FIESTA DE LOS PRODUCTORES Y OBREROS DE VIÑA , PARA SER SOLO LA FIESTA DEL TURISMO ES LOGICO Q ES MAS NEGOCIO UNA FIESTA DEL TURISMO , A MENDOZA ECONOMICAMENTE LE CONVIENE , Y AHI HAY UN GRAN CAMBIO LO LAMENTABLE ES Q QUIENES TRABAJAN LA VIÑA TODO EL AÑO NO SE SIENTAN REPRESENTADOS EN ESTA FIESTAS , Q QUIENES SON HOMENAJEADOS , NO SIENTAN ESTA FIESTA COMO SUYA , NI EL 1% DE LOS COSECHADORES DEBE HABER PODIDO ALGUNA VEZ CONSEGUIR ENTRADAS PARA SU FIESTA ES POSITIVO EN LO ECONOMICO PARA MENDOZA ESTA FIESTA , ES LAMENTABLE PARA QUIENES TRABAJAN Y PRODUCEN LA VIÑA ESTA FIESTA ULISES TE INVITO A Q VAYAS A FINCAS DEL INTERIOR DE LA PROVINCIA Y LE PREGUNTES A PRODUCTORES Y OBREROS , SI SIENTEN ESTA FIESTA COMO SUYA
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  2. Es Cierto que la sociedad quiere decir algo con respecto a la acartonada fiesta de la vendimia. Si no Daniela no sería noticia hoy. En algún momento esta fiesta pasó de ser la de las trabajadoras de la hilera y el tacho a la de las chicas de barrio o club o distrito a las cuales sus familias miran con grandes posibilidades por ser bonitas, tal como aquel que es habilidoso con la pelota y tal vez salva del estancamiento de la clase mendia si juega en Boca y no me refiero al de Bermejo. Entonces ¿por que no generar un cambio positivo que levante el nivel de esta fiesta, asi como sucedio cuando la cosechadora quedo en el surco y las ambiciones pasaron al frente? La actualización generaria que mas gente de todo el mundo se interesase por conocerla. ¿Alguien conoce como se festeja la vendimia en Bordeaux, Napa Valley, Bilbao Rioja, Melbourne, Porto, Cape Town, Firenze o Mainz- Rheinhessen? como para comparar sobre el tema, digo.
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  3. Obvio, para mi gusto. Pedro Zalazar ( un hombre que está más cerca de ser del staff de EMEDEZETA que cualquiera de nosotros ) redondeó a la perfección el concepto de vendimia que Ulises nos acerca.
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  4. NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO...
    Es cierto que el video de la reina de Luján sacudió un poco la modorra -pero un poco nomás- de la siesta vendimial. No obstante, creo que hay más olas que agua en este caso. Ni son tantas las manifestaciones en contra, ni tampoco el hecho es el hecho de todos. Además -y respetablemente- muchas voces reclaman cambios a la fiesta de la vendimia, sin darse cuenta que es un producto de exportación, y al igual que los otros productos, no se le pueden cambiar la calidad, el contenido y la etiqueta. Las mismas voces se escuchan en Pamplona con la corrida de San Fermín, pero ahí están por generaciones los vigorosos chavales corriendo delante de los toros mientras miles y miles de turistas y locales aullan de placer circense, mientras al fondo la misma música dibuja una letanía. Pero ostia, que bien la pasan estos tíos entre vinos, cervezas y jamones, día y noche festejando sin cesar. Sinceramente creo y comparto la idea de la vitrina de Ulises -todos los días aparecen representantes en sociales- pero no es solo patrimonio de los mendocinos, ni siquiera de los argentinos. Francia, la cuna de la fraternidad, igualdad y libertad, tiene una sociedad mucho más cerrada que la nuestra en temas protocolares-sociales y mientras han recibido miles de exiliados políticos, no reconocen como franceses a los nietos de argelinos nacidos en la propia Francia. En fín cada país tiene sus culturas e historias y eso hace que la gente se movilice, justamente para conocer algo distinto, comer y beber otros manjares y admirar paisajes y costumbres a los que los locales no le dan ni cinco de bola y horrorizarse ante ciertas modalidades o comidas, que la gente del lugar disfruta con enorme placer. Por eso, en cualquier parte del mundo, no todo lo que brilla es oro.
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