Bradbury memorias parvularias de Green Town

La editorial Minotauro edita "El vino del estío" junto con "'El verano del adiós". El autor de esta obra,  tiene una inventiva verbal increíble y una adjetivación que puede recordar más a Neruda que a Asimov.

Alguno que pueda acudir a las 'Crónicas marcianas' sólo en busca de aventuras y ciencia ficción tiene muchas razones (quizá felices) para sorprenderse. Ray Bradbury tiene una inventiva verbal exuberante, adjetivando puede recordar más a Neruda o a Umbral que a Isaac Asimov.

 


A principios de los 50, después del éxito de la novela antedicha y de su 'Farenheit 451', volvió su plástica reveladora de las palabras hacia los manzanos fragantes de su niñez, hacia las tibias tartas de calabaza, hacia las nocturnas casas con ojos eléctricos que, cuenta, describen Green Town.

El niño Douglas Spaulding (seudónimo con el que Bradbury firmó varios títulos) protagoniza este díptico parvulario que Minotauro saca. Así la labor editorial se ve justificada por la intención primitiva del autor, que guardó la segunda parte en su escritorio hasta tiempos recentísimos.

Así que este lote trae un rescate obligado del fondo de un cajón. Junto a su célebre 'El vino del estío', temporal de soles, flores, centellas y ocios en la piscina elemental de la niñez, los señores editores han adjuntado 'El verano del adiós'. Si la anterior se recreaba y desplegaba en muchas de esas "pequeñas cosas", instrumentos maleables por el verbo exótico del Bradbury memorialista, el segundo episodio es un envase literario de visible trama, de conflicto.

"Y la revelación es: ¡Ya que me parece que los viejos nunca fueron jóvenes, es que nunca lo fueron! ¡Así que no son humanos!", dice Douglas (Doug, para sus afines de su banda del "Gran Ejército". Miran él y sus correligionarios a los hombres provectos que se balancean en las mecedoras de mimbre de los cobertizos y se indignan.

Contra el viejo Quatermain
Sólo el señor Calvin C. Quatermain, de 78 años, némesis de "Doug", se apercibe de la guerra que incendia las cabezas fantasiosas de los chiquillos. El señor Quatermain clamará cuando roben las fichas de ajedrez que usen los ancianos, culpará al joven Spaulding de la muerte del viejo Braling (muerto de un ataque al corazón cuando el niño le apuntaba con un juguete), y se declara contendiente.

En la segunda parte, 'El verano del adiós', nos hayamos en una frontera y en un otoño que comienza. Hay guerra residencial (léase a este respecto 'El Napoleón de Nothing Hill') y fanfarrias infantiles. Y también está el Tiempo, sutil exhalación en vilo, loco por sucederse a sí mismo y por apagarlo todo como una manguera a presión. Claro, "Doug", lúcidamente, firmará también la guerra contra el reloj, culpable genético del final de las cosas:

"El enorme reloj lunar era un molino, dijo. Batía todos los granos del Tiempo (los grandes granos de los siglos y los granos pequeños de los años, y los granos chiquititos de las horas y minutos) y el reloj los pulverizaba, deslizaba el Tiempo silenciosamente en todas las direcciones convertido en fino polen, impulsado por los fríos vientos para cubrir el pueblo como polvo, por todas partes".
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3 de Diciembre de 2016|08:55
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