Aconcagua 09 / Nota 2: De Confluencia a Plaza de Mulas

Luego de la subida al primer campamento, la expedición Aconcagua 09 inicia el trabajoso ascenso hasta Plaza de Mulas, el base a 4300 desde donde se comienza el ascenso a los campamentos de altura. Plaza de Mulas es Babel, allí se mezclan todas las lenguas del mundo bajo un mismo cielo y bajo un mismo sueño: la cima.

A las 10 de la mañana, bajo un sol espléndido, nos despedimos de todos la gente guapa de Confluencia y emprendemos un día de marcha que siempre es duro, tanto por la cantidad de kilómetros a recorrer como por los 800 metros de desnivel que hay que sortear, con un último tramo particularmente duro conocido como la Cuesta Brava.

Así es que, luego de desayunar muchas calorías y mucho líquido, decidimos partir de Confluencia (3500) hacia Mulas (4300), una larga jornada cuyas tres primeras horas servirán para que concluya mi “proceso de limpieza” (he sentido que de esto se trata), manifestado en un atroz proceso diarreico que exigió la pronta atención médica, en dos ocasiones, del médico del campamento, Marcelo Straniero.

Le pregunta a Marcelo si está bien que suba y él, viejo conocedor de los males de la altura, me autoriza. En general, los médicos que trabajan en el Aconcagua son muy profesionales y, además, muy respetuosos de los deportistas.

Es que esta aventura significa muchísimo a nivel de esfuerzo superador personal, pero también a otros niveles como los emotivo y económico, que quienes trabajan aquí saben que los obstáculos están siempre y que hay que tratar de superarlos, paso a paso.

Como les comenté, la subida a Plaza de Mulas no es sencilla. De hecho, para quien no es andinista concretar este trekking supone un entrenamiento previo sí o sí, pues se trata de una ocho o nueve o diez horas de marcha, con un último tramo bastante pesadito.

Se inicia la caminata desde Confluencia con una gran descenso hasta el cauce del río Horcones, se lo atraviesa por un puente y se encara una gran subida hasta los pies mismos de Playa Grande, donde comienzan unas tres horas de marcha aburrida de muchos kilómetros sobre piedras sueltas, aunque sin pendiente.

Luego, hay que llegar a Piedra Grande, donde se recomienda almorzar algo liviano y beber mucho líquido, y luego comenzar un ascenso gradual, sostenido, hasta el Refugio Ibáñez. Ahí mismo comienza al  Cuesta Brava, una subida que, imaginarán por su nombre, no es especialmente simpática.

Con Diego hacemos este tramo cada uno en su mundo, escuchando música y tratando de concentrar la energía en el momento en que se vive. En algún momento, nos cruzaremos con una pareja de chicos de Buenos Aires que estaba exhausta antes de la mitad de Playa Grande. Luego nos enteraríamos de que su excursión al Aconcagua llegaría hasta ese lugar.

Llegando a Ibáñez, sentado en una piedra, encontramos a Rodrigo, un chico muy fuerte (hijo de un célebre andinista de Puente del Inca, Mario González). Rodrigo trae desde Horcones varios kilos más en su mochila que nosotros. Aunque nosotros, hay que decirlo, traemos un par de décadas más que él, fatigando nuestros huesos. Juntos, los tres, subimos la Cuesta Brava y, finalmente, llegamos a Plaza de Mulas tras seis horas y cuarenta minutos de marcha.

Luego del check in en Guardaparques, Vanesa y Carlos, los campamenteros de Lanko en Mulas, nos esperan con jugo e infusiones calientes, una especie de bendición necesaria. Nos reunimos con el resto de nuestro equipo, armamos nuestra carpa, no sin algún mareo de Diego, y después nos sentamos en una silla, otra bendición necesaria.

Estamos contentos. Durante meses, nos estuvimos preparando para llegar a este lugar. Hemos dejado de hacer muchas cosas y hemos debido hacer otras para sentir ahora que nuestra respiración es una respiración poderosa. Comenzamos a sentirnos parte de este lugar.

Ahí adelante, el cerro nos regala la visión de decenas de cerros dentro de sí mismo. Vemos glaciares, paredes de piedra, cascadas congeladas, nubes detenidas en sus faldas y una senda, brevísima a nuestros ojos, por las que suben y bajan puntos ínfimos en el acontece del universo.

Son andinistas. Han venido desde todo el mundo para encontrarse a sí mismos. No importa hasta dónde lleguen. El Aconcagua no les dispensará ningún gesto de simpatía; no hasta que vuelvan a casa y el tiempo comience a pasar y toda esta gesta vaya tomando para ellos la dimensión de respuesta que alguna vez buscaron.

El viento es frío, pero la respiración sigue siendo poderosa.

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