Noticias del poder

¿Qué vínculo existe entre el poder político y el periodismo que lo corteja y lo ataca? ¿Qué tipo de relación establecen los políticos y quienes asumen el compromiso de informar? Jorge Halperín muestra cómo se construye la información, cómo se "instala" una agenda, cómo son las operaciones de prensa a las que el poder recurre para sostenerse.

Por Jorge Halperín

Jorge Halperín ingresa en los vericuetos de ese contexto para mostrar cómo se construye la información, cómo se "instala" una agenda, cómo son las operaciones de prensa a las que el poder recurre para sostenerse.

Profesional de reconocida trayectoria y autor de Lo mejor de la siesta inolvidable y La entrevista periodística, entre otros títulos, dilucida en este libro el complejo nexo que existe entre los medios de comunicación y la política, y entrevista a figuras de ganado prestigio.

El director de El País, de Madrid, Juan Luis Cebrián; Furio Colombo, ex-director de L`Unitá, de Roma; Jorge Lanata, Rodolfo Terragno, Oscar Raúl Cardoso, Eduardo Aliverti, Daniel Santoro, son algunos de los casi treinta entrevistados junto con quienes logra aclarar cuál es el verdadero rol del periodismo político en la sociedad occidental de hoy.

 

1. La “cocina” de la información

El exabrupto de un presidente

Era el mediodía del jueves 11 de marzo de 2004; faltaban apenas tres jornadas para los comicios presidenciales y España llevaba horas sangrando a causa del mayor atentado de su historia. Juan Luis Cebrián levantó el teléfono e interrogó a Jesús Ceberio, el director del diario El País: “¿Cómo va a salir la edición especial?”. El escritorio de Cebrián, que fundó el periódico hace dieciocho años, está en el sexto piso del edificio que el grupo Prisa posee en Gran Vía 32, a no más de quince cuadras de la estación central Atocha. Muy poca distancia del lugar que, desde los estallidos de cuatro trenes poco antes de las ocho de la mañana, se había convertido en una gigantesca morgue: cerca de 200 muertos y más de 1400 heridos, cuerpos mutilados o despedazados, caravanas de coches fúnebres llevando féretros para llenar; humo, vagones partidos en dos, cuerpos fundidos con hierros; el caos como trágico paisaje de la matanza terrorista.

“Atentado terrorista en Madrid: 192 muertos”, le leyó el director a Cebrián desde el tercer piso del edificio del periódico, que queda lejos de Gran Vía 32. El diálogo sobre esa edición especial —todos los periódicos lanzaron después del mediodía del 11-M ediciones especiales— era telefónico y formaba parte de una comunicación que, habitualmente, Cebrián, en su condición de publisher, mantiene con el director del periódico acerca de los contenidos principales (primera página, sección Opinión y otros espacios). Era la única actividad normal de ese día de
excepción. En casi todas las redacciones, la responsabilidad editorial del periódico le corresponde absolutamente al director, que goza de gran autonomía; pero la circunstancia singular y las diecinueve páginas que se dedicaron al atentado movieron a Cebrián a hacer un pedido: “Salgo para un almuerzo; por favor, envíame el periódico al restaurant”.

Cebrián llevaba media hora sentado a la mesa cuando llegó el envío y se topó con la primera página de la edición especial: “Matanza de ETA en Madrid”. Desde la mañana, todas las fuentes del gobierno de José María Aznar —su canciller, su ministro de Interior y su vocero— y aun los líderes de la oposición, incluido el candidato opositor, José Luis Rodríguez Zapatero, y hasta el mismísimo presidente del País Vasco, bendecían la versión oficial sobre la autoría de la ETA. Pero Cebrián no pudo evitar el sobresalto.

Marcó alterado el teclado de su celular y dijo: “¡Hombre, cómo has hecho este titular si me leíste otro diferente!”. La respuesta de Ceberio fue concluyente: “Es que me acaba de llamar en persona el presidente Aznar, con quien no hablaba por lo menos desde hace dos años, para decirme que fue ETA”. Cebrián consideró razonable la explicación. ¿Cómo dudar de las palabras directas del jefe de Estado?

“Ceberio actuó muy profesionalmente y muy bien como director: cuando me dijo que el propio Aznar le había asegurado la autoría de ETA, yo me quedé tranquilo, porque el presidente del gobierno me pareció una fuente fiable en un caso tan grave como éste, y no podía imaginar que fuera a mentir tan descaradamente y se portara como un rufián”, me confiesa hoy Cebrián, cuando Ceberio ha dejado la dirección de El País desde mayo de 2006, y el Partido Popular del ex presidente Aznar sigue insistiendo desde la oposición y sin base alguna en que la ETA fue parte del atentado.

No fue la primera ni la última ocasión en que un gobierno mintiera a los medios. Pero llama la atención constatar un hecho recurrente: los gobiernos que han afrontado en sus países algunas de las acciones terroristas más trágicas y espectaculares de los últimos tiempos han tenido una reacción calcada. Optaron por desviar la atención de los medios y el público construyendo falsos culpables.

Así lo hizo en 1996 la SIDE de Carlos Menem mediante la entrega de 400.000 dólares al juez Galeano para que sobornara al detenido Carlos Telleldín y que éste acusara falsamente a los comisarios de la Policía bonaerense por el atentado contra la AMIA de 1994 (la SIDE depende directamente del presidente, aunque su ex titular Hugo Anzorregui aseguró que Menem ignoraba el destino de los fondos).

Así también actuó el gobierno de George W. Bush al instalar, con la ayuda de los medios, la falsa certeza de que el dictador de Irak, Saddam Hussein, mantenía estrechas relaciones con Al Qaeda, responsabilizada —pero ni siquiera confirmada como autora— por los atentados que destruyeron las Torres Gemelas en septiembre de 2001, con la intención de justificar la invasión militar al país asiático.

Sin embargo, y aun comparándola con los enormes ejemplos citados, la operación de prensa sufrida por el diario El País es un auténtico leading case para abordar la compleja realidad del periodismo político en los tiempos que corren. Y esa condición especial no se debe sólo a la forma absolutamente primaria y, por lo mismo, inesperada, que tomó la operación montada por Aznar —el presidente afirmaba en persona una autoría del atentado que era falsa—; tampoco se debe únicamente al hecho de que esta maniobra fue realizada sobre El País, uno de los periódicos más prestigiosos y confiables del mundo (en realidad, el gobierno de Aznar operó sobre todos los principales diarios de la península).

Para quien sigue atentamente la evolución de los medios, las enseñanzas del caso “Fue ETA” tienen que ver también con el ingreso a escena de otros actores en las horas que siguieron a aquel fatídico titular que Jesús Ceberio sigue calificando como “el error más grave” de su carrera. Valdría recordar aquella imagen con la cual Rodolfo Terragno describió la reacción de los periódicos argentinos ante el golpe de Videla: “El 24 de marzo [de 1976] los diarios argentinos entraron en cadena”.

En España, recién a la media tarde del 11 de marzo se alzaba la única voz disonante, y no se trataba de un medio: Arnaldo Otegui, vocero de Batasuna, la coalición ya ilegalizada vinculada con ETA, rechazó que el terrorismo vasco fuera responsable de la matanza y sostuvo que el modus operandi le sugería que había sido una acción de la resistencia árabe como respuesta al apoyo que el gobierno de Aznar dio a Bush para su intervención en Irak.

El vocero del gobierno repudió los dichos de Otegui, pero, no mucho más tarde, informaba que se había encontrado una camioneta en Alcalá de Henares, la estación de donde partieron los trenes de la tragedia. El vehículo, que era robado, y cuyo hallazgo se mantuvo en secreto desde la mañana, tenía en su interior detonadores y versículos del Corán. Apenas cayó la noche, el ministro de Interior admitió que existían “varias líneas de investigación abiertas”. Poco más tarde, en la misma noche del jueves, llegaba desde Londres un cable informando que un mensaje dejado por Al Qaeda en la redacción de un periódico británico se atribuía los atentados de Madrid. A esa altura de los acontecimientos, la oposición y una sociedad que lleva décadas familiarizada con el terrorismo de la ETA propagaba una pregunta hasta cada rincón del país: “¿Quién ha sido?”.

Mientras tanto, a la página online de El País llegaban e-mails de España y del exterior, incluso de un periodista de la Argentina, dirigidos a la defensora de los lectores para cuestionar la forma de titular la edición especial. La atmósfera colectiva se fue crispando ante la sospecha de
que el gobierno de Aznar ocultaba información y que los medios eran cómplices del silencio. Por fin, el sábado 13 hubo un verdadero estallido de correos electrónicos y mensajes de texto en los celulares con frases como: “¿Aznar de rositas?”; “Hoy, 13M, a las 18hs., Sede PP C/Génova 13. Sin partidos. ¡Pásalo!”. Así, a menos de 24 horas de los comicios del domingo, miles de personas se autoconvocaron en la sede del Partido Popular en la calle Génova, en Madrid, hasta sumar cinco mil que se dirigieron luego a la estación Atocha en la madrugada del
domingo y se citaron para una nueva concentración en la Puerta del Sol. Mientras tanto, en los barrios se organizaban caceroladas de protesta “contra el apagón informativo del PP”. Y en todas las grandes ciudades de España hubo calles colapsadas por multitudes que habían apelado a Internet y a los móviles para organizar la resistencia.

Los medios tradicionales, en conjunto, vacilaron antes de darle al nuevo fenómeno la entidad que merecía. “El 13 de marzo fuimos testigos de un auténtico fenómeno de comunicación horizontal, [términos como] flash mob, Internet, teléfono móvil, nuevas tecnologías, resistencia [se conjugaron] para construir un espacio público contrainformativo”, se entusiasmaba el catedrático del País Vasco Koldobika Meso Ayerdi. Y no exageraba. No es difícil coincidir con su idea de que “desde un punto de vista comunicativo, el atentado del 11 de marzo supuso la pérdida de credibilidad de muchos medios de comunicación convencionales y la falta de solidez de la sociedad de la información”.

Los españoles del 11-M no inventaron esas fórmulas de comunicación alternativa en medio de la tragedia. La táctica de las convocatorias virtuales ya había sido empleada por ellos mismos un año antes para llenar las calles de multitudes que protestaban ante la inminencia de la guerra de Irak; y un recurso idéntico para movilizar a la gente fue usado para derrocar al régimen de Joseph Estrada, envuelto en un escándalo de corrupción en Filipinas. Además, ¿qué otra herramienta que Internet fue lo que distinguió a los animadores de las mal llamadas protestas antiglobalización para sus proclamas y convocatorias ante cada reunión internacional del G-8?

Sin embargo, como queda dicho, el episodio “Fue ETA” posee todos los ingredientes para examinar cómo discurren hoy algunos de los grandes temas del periodismo político: la manipulación y las mentiras por parte de las fuentes, las operaciones de prensa, los riesgos, pero también, en no pocos casos, las complicidades de los medios con el poder. Es una época cargada de novedades que desmiente aquella fantasía común de los públicos pasivos frente a los medios. Todo ello describe el escenario del periodismo político en los comienzos del siglo XXI: diarios extremadamente dependientes de las fuentes de “palacio”, y una “plaza” que se organiza con las nuevas herramientas de la tecnología para defender su derecho a conocer la verdad.

Para Cebrián, el episodio debería concluir con una vieja creencia: “Hay un mito muy querido por parte de todos los periodistas profesionales, incluido yo mismo, que es la suposición de que los periodistas estamos siempre fuera del palacio, y que en todo caso circulamos por los corredores del palacio, pero que nos gusta estar en la plaza pública, con la plebe. Esto es mentira. Es una ficción literaria en la que nos hacemos benévolos a nosotros mismos. El periodismo forma parte, para bien o para mal, del sistema político que emana de la Revolución Industrial y de las democracias llamadas burguesas por los marxistas, o, en cualquier caso, el sistema democrático parlamentario. Yo desconfiaría de esta mitología de que los periodistas informamos para el poder y debemos informar sobre el poder. Los periodistas deben informar sobre las cosas que pasan y no sólo sobre el poder. Formamos parte del aparato del poder, aunque no nos guste o aunque digamos lo que no nos guste”.

Lo cierto es que en los tiempos que corren las sociedades llegan a la misma conclusión, y eso se traduce en estados de indignación colectiva, como el que se expresó en las horas que siguieron al 11-M en España, y, más recientemente, en noviembre de 2006, cuando llegó el efecto retardado de la opinión pública estadounidense (durante años leyeron en los diarios sobre las mentiras de Bush para intervenir en Irak, aparentemente sin indignarse), que castigó en las urnas el engaño y quitó al Presidente el control del Parlamento.

Había aparecido ya mucho antes, en los incidentes de diciembre de 2001 en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, cuando los manifestantes, congregados espontáneamente, les pedían a los periodistas allí presentes que dijeran lo que realmente sucedía. La movilera de Radio Mitre, Mariel Di Lenarda, que cubrió aquellos acontecimientos, lo recuerda así: “Rápidamente, noté la agresividad de la gente hacia los medios, y, puntualmente, hacia Radio Mitre. Nos preguntaban a los gritos qué hacíamos ahí; nos pedían que nos fuéramos, ya que trabajábamos para el grupo Clarín, al cual acusaban de haber hecho todo para que cayera De la Rúa y se decidiera la pesificación. Nos acusaban de estar detrás de todo eso, y de ser unos hipócritas. Gritaban ‘digan la verdad’”.

De Noticias del poder. Buenas y malas artes del periodismo político, de Jorge Halperín. Buenos Aires, Aguilar, 2007. 424 páginas.

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