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Javier García asegura que "va a dar pelea" en el arco de Boca

El guardameta xeneize habló de un futuro refuerzo en su posición y no dudó en sostener que "el arco de Boca es mío".

Javier García terminó el año campeón, pero fue uno de los pocos en Boca que no tuvo una alegría completa. Los goles que recibió en los últimos partidos y la lesión que le impidió completar el último cotejo con Tigre, impidieron que su consagración sea como la del resto de sus compañeros.

Ante la posibilidad de un refuerzo en su puesto, García le manifestó a Olé que "Yo estoy disfrutando del campeonato que ganamos, así lo vivo. Siempre se habló, en los cuatro años y medio que llevo entrenando con la Primera. Aldo (Bobadilla) vino y ganó cosas. Caranta también. Mientras sea para sumar, está perfecto".

"Si yo hubiese sabido que Tigre no iba a patear más al arco en esos 20 minutos, yo me moría adentro de la cancha", reflexionó sobre el partido final que consagró a Boca como campeón del Apertura 2008.

"Fue muy injusto lo que me pasó. Por esa lesión no pude demostrar lo que yo sé que puedo dar", se queja. Pasaron 13 días. Pasó la vuelta olímpica, el brindis de Navidad y de Año Nuevo. También pasó su cirugía, la que por fin le sacó de encima la pubialgia que desde hacía casi 11 meses no lo dejaba dormir, literalmente. Y él, Javier Hernán García, aunque no se reprocha nada ni se arrepiente de sus decisiones, aún sostiene su pesar por su lesión, su bronca por no haber terminado el partido final en su primer torneo como titular. Por eso, dice, no lo piensa largar: "El arco de Boca es mío", avisa, a quien lo quiera escuchar, en España o en Colombia

Sobre el hermetismo a la hora de dar a conocer su lesión, García admitió que no la hizo pública "porque no me parecía tan importante. Al que me preguntaba cómo estaba, le contaba. A lo mejor mi error fue no vender un poco más de humo. Pero no quise darles de comer a los buitres, a los rivales y a los de afuera. Después de los partidos, no podía ni festejar, al día siguiente me quedaba en cama. Cuando empecé a atajar seguido, no me podía bajar de la cama, me tenía que ayudar con las manos. No podía manejar ni estornudar. Los martes trotaba un poco, pero no me bajaba el dolor. Calentaba con el Gringo (Civarelli) y él me cuidaba, lo hacíamos largo para cuidarme. Después de la práctica me hacía masajes y por la tarde también".
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10 de Diciembre de 2016|15:51
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