Tengo un sueño

"La música puede ser la mejor escuela para la vida, y al mismo tiempo, el medio más eficaz para huir de ella". Así define Daniel Barenboim la pretensión de su libro: acercar la música a todo el mundo. Ofrecemos el capítulo "Tengo un sueño" donde imagina la paz entre israelíes y palestinos.

Por Daniel Barenboim

El pianista y director de orquesta demuestra que la música es un camino excepcional hacia el entendimiento entre los seres humanos, superando fronteras y diferencias culturales, económicas y políticas. Esta obra es un testimonio de fe en el ser humano, de esperanza en las salidas equitativas para los conflictos más complejos y, sobre todo, de confianza en el inmenso poder de la música para inspirar vida.

En estas las páginas de El sonido es vida se hace evidente de qué manera la música, como lenguaje universal y al margen del tiempo, es parte esencial e inseparable de la vida, y expresa, de la mejor forma, la relación del individuo consigo mismo y con el mundo.

Tengo un sueño

Sólo veinticuatro horas. Este es el plazo para cambiar el mundo. En mi sueño, soy el primer ministro de Israel. Mi batuta dirige una magnífica nueva sinfonía: un Tratado que celebra la coexistencia armoniosa de Israel y Palestina. En esta obra consigo lo que hasta ahora ha sido imposible: la igualdad de derechos de estos dos pueblos de Oriente Medio. En el tema de la obertura, Jerusalén es la capital común. Esta Ciudad Santa debería convertirse inmediatamente en el hogar compartido de cristianos, musulmanes y judíos. Para mí, Jerusalén es una ciudad en la que resuena una historia que va más allá de las antiguas civilizaciones de Roma y Atenas.

Son las ocho de la mañana del martes. El cielo es radiante y el aire suave. En este agradable día de otoño se respira la sensación de un momento histórico. El filósofo Baruch Spinoza llama a la puerta de mi residencia, que está delante del Muro de las lamentaciones. Aunque hace 300 años que murió, le he elegido como consejero. Me ha traído mi plato preferido: hummus. También un zumo de naranja y un café fuerte.

Apenas terminamos de desayunar, suena el teléfono. Es mi amigo Edward Said. En la vida real es profesor de Literatura de la Universidad de Columbia, pero en mi sueño ha sido elegido por los palestinos para firmar un tratado de paz. "Hola -le digo-, ¿dónde estás? ¿Vas a llegar tarde ahora que vamos a firmar la paz?". Cuando por fin llega, los tres sabemos que no hay marcha atrás. Para empezar, decidimos que el Tratado de Paz entrará en vigor el 15 de mayo: porque en este día, hace 50 años, nuestros dos pueblos estaban en guerra. Para los judíos era la Guerra de la independencia, para los palestinos era Alnakbah, la catástrofe. A partir del día siguiente, este aniversario de la guerra se conocería como el "Día de la Paz".

Tienen que cumplirse tres condiciones o el Tratado no tendrá más valor que el papel en el que está escrito. En primer lugar, ambas naciones están obligadas a trabajar juntas. Su cooperación será tan estrecha que no sólo se entrelazará nuestro futuro económico, sino también nuestro futuro cultural y científico. Esto garantizará que Palestina e Israel estén unidos como una familia. También implicará el principio de la solidaridad. Por ejemplo, ¿qué hay que hacer con el dinero que los bancos europeos robaron a los judíos durante la época fascista? Mi sueño es que, si no hay supervivientes a los que dar el dinero, Israel destinará los millones de dólares a los refugiados palestinos.

En segundo lugar, estoy a favor de armar a las dos naciones. Israel tiene que permanecer alerta contra el mundo árabe, pero lo mismo debe hacer Palestina (al menos para su propia tranquilidad). Aceptar esto será muy difícil para los judíos ortodoxos. En mi Tratado propondré separar la religión y el Estado, como en el resto del mundo occidental.
Haré todo lo posible a favor de los religiosos y del estudio de la religión. Al fin y al cabo, el judaísmo es casi una ciencia y el Talmud es mucho más que un simple texto que declamamos. Pero ¿qué voy a hacer con el espectro de los grupos religiosos radicales...?

Finalmente, el Tratado dispondrá la creación de un nuevo servicio secreto nacional que comprenderá el ejército y la policía. ¿Qué tal si lo llamamos "Ministerio de la Paz"? Lo dirigirá un juez, no un militar. Él garantizará la transparencia y una línea de conducta que no podría durar en manos de los halcones militares. En mi sueño, de este modo se crearía un nuevo horizonte para muchos, se iniciaría una época de entusiasmo general y las emociones estarían a flor de piel. Aquel que atentase contra la paz, sería condenado a cinco años en una especie de gulag. También a los palestinos se los enviaría allí. Sería una especie de expiación que garantizaría el cambio de comportamiento. Aprenderán a respetar la paz.

Mientras terminamos de elaborar los tres pilares del Tratado, empiezan a llegar los invitados: intelectuales, músicos, escritores y filósofos israelíes y palestinos. Sus opiniones son la piedra de toque de la paz. Flota en el aire el humo de los cigarros.

Hay mucho debate. De pronto llaman a la puerta. Se hace el silencio en la sala y, como un solo hombre, las cabezas de mis invitados se vuelven hacia la puerta. Ha llegado David Ben Gurion con Gamal Abdul Nasser. En mi sueño, han formado una alianza y están contra mi Tratado. Dirigen su desprecio contra Said y contra mí, agitando sus dedos en señal de amenaza y salmodiando palabras como "traición a Israel" y "traición al nacionalismo árabe".

Impávido, les explico que ha llegado el momento de abandonar el control sobre un millón y medio de palestinos. Tenemos la obligación de dar un paso. Es imperativo no sólo por razones morales sino también por el futuro del judaísmo. Si el Estado de Israel no aprende a abrazar la paz y a abrir sus fronteras, corre el riesgo de convertirse en un gueto. Es vital que mi gente entienda que no se trata de hacer un favor a los palestinos sino que es una oportunidad de evolucionar para los judíos. Los que agotan toda su energía en la guerra se quedarán sin fuerzas para un futuro de paz. Ben Gurion y Nasser están impresionados.

A continuación cuento un chiste judío que ilustra las luchas internas de mi pueblo. Cinco judíos se reúnen para decidir qué es lo más importante para la raza humana. Moisés se rasca la cabeza y dice: "La capacidad de pensar". Jesús se pone la mano en el corazón y dice: "La compasión". Marx se acaricia la barriga y dice: "La comida". Freud se agarra la entrepierna y dice: "El sexo". Einstein se toca las rodillas y dice: "Todo es relativo". El chiste permite ver por qué los judíos nos vemos tan a menudo consumidos por la duda.

El día termina con una celebración. Es la hora de la cena. El banquete es generoso: comida kosher junto a exquisiteces árabes. Albert Einstein está presente; anda un poco molesto porque está seguro de que los campos gravitatorios entre los dos bandos echarán a perder mis planes. Está sentado al lado de Spinoza, que cuenta que la creencia en una sola opinión puede socavar de raíz la fuerza intelectual. Naturalmente, también está el dramaturgo Heiner Müller. Fuma un cigarro puro largo y distinguido y hace afirmaciones del tenor de "Shakespeare usa a Hamlet como alter ego para cambiar el mundo". Se tolera la presencia del canciller alemán Gerhard Schröder porque se ha presentado con una caja de Cohibas.

Ludwig van Beethoven está sentado a la cabecera de la mesa con la cabeza gacha, tomando notas y componiendo un himno fantástico para los dos nuevos Estados. Richard von Weizsäecker, con su atractivo de siempre, gran estadista y amigo de Israel, habla de las similitudes entre Berlín y Jerusalén.

Yo estoy pensando precisamente si debería ser él el alcalde de la nueva capital, Jerusalén, cuando Martin Luther King cruza la puerta y exclama: "¿Estás soñando? ¿Eres Barenboim, no es cierto?". Me coge por los hombros, me acaricia la cabeza y dice: "No sé si reír o llorar: tú estás vivo y yo estoy muerto".

¿Es realmente un sueño? En realidad, yo ya he realizado este sueño a pequeña escala. Este verano este texto fue escrito en octubre de 1999 creé una orquesta en la que los jóvenes músicos judíos y palestinos tocan juntos como si lo hubieran hecho toda la vida. Por medio de la música arrinconamos la hostilidad. Es intolerable pensar que, a la entrada de un nuevo milenio, Oriente Medio siga siendo lo que ha sido durante el siglo XX: un barril de pólvora a punto de estallar, una tierra de odio en la que los pueblos buscan la supremacía nacional. En mi sueño, bastan veinticuatro horas para instaurar la paz. Los políticos pueden tomarse un poco más de tiempo, pero no un tiempo ilimitado.

De El sonido es vida. El poder de la música, de Daniel Barenboim. Bogotá, Norma, 2008. 208 páginas.

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