Fima, de Amos Oz

(fragmento)

Cinco noches antes de la tragedia, Fima tuvo un sueño que escribió a las cinco y media de la madrugada en su libreta de los sueños. Esa libreta, de color marrón, estaba siempre en el suelo, debajo de un montón de periódicos y de revistas viejas a los pies de la cama. Fima había adquirido la costumbre de escribir, con las primeras luces del alba, que se colaban por las rendijas de la persiana, lo que veía por la noche. Si no veía nada, o si veía algo y lo olvidaba, también encendía la luz de la lámpara, parpadeaba, se sentaba en la cama, usaba alguna revista gruesa a modo de mesa sobre las piernas dobladas y escribía por ejemplo:

“Veinte de diciembre: noche en blanco”.

O: “Cuatro de enero: algo con un lobo y una escalera, pero los detalles están muy borrosos”.

Las fechas solía escribirlas con letra y no con número. Luego se levantaba para ir a orinar y volvía a acostarse hasta que llegaban desde fuera el zureo de las palomas, el ladrido de los perros y el sonido de un pájaro cercano que parecía asombrado, como si no creyera en lo que veían sus ojos. Fima se prometía levantarse de inmediato, a los dos o tres minutos, o a los quince como máximo, pero a veces se volvía a dormir hasta las ocho o las nueve, porque su trabajo en la clínica no comenzaba nunca hasta la una del mediodía. Durmiendo encontraba menos falsedad que cuando estaba despierto. Aunque había comprendido hacía tiempo que la verdad no estaba al alcance de sus manos, quería alejarse lo más posible de las pequeñas mentiras que llenaban la vida diaria, que como un polvo fino penetraban en cada rincón, hasta en los lugares más recónditos. El lunes de madrugada, cuando un turbio fulgor naranja comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana, se sentó en la cama e hizo en su libreta la siguiente anotación: “Una mujer atractiva, aunque no guapa, en vez de acercarse al mostrador de recepción donde yo estaba, apareció por detrás de mí, a pesar de que ponía ‘Reservado para los empleados’. Dije: ‘Señora, preguntas sólo por delante, por favor’. Ella se rió y dijo: ‘Ya lo hemos oído, Efraim, ya lo hemos oído’. Aunque no tenía ningún timbre, dije: ‘Señora, si no sale, tendré que tocar el timbre’. Y también esas palabras le provocaron una risa tan agradable como un chorro de agua limpia. Era estrecha de hombros, tenía el cuello algo arrugado, pero el pecho y el vientre eran redondeados y llevaba medias de seda con una costura sinuosa. La redondez y la debilidad eran sensuales y conmovedoras. O quizás lo conmovedor era el contraste entre la cara de maestra desdichada y el cuerpo escultural. Tengo una hija tuya, dijo, ha llegado el momento de que nuestra hija te conozca. Aunque sabía que estaba prohibido abandonar el puesto de trabajo y era peligroso seguirla, y más descalzo, porque de repente estaba descalzo, se produjo una señal interior: si se pasaba el cabello con la mano izquierda hacia el hombro izquierdo, había que ir. Y ella lo sabía, y con un ligero movimiento se pasó el cabello por delante hasta caer sobre su vestido y cubrir su pecho izquierdo, y dijo: Ven. La seguí por varias calles y callejuelas, por varios portales y escaleras, y de nuevo por patios empedrados de la ciudad española de Valladolid, aunque de hecho era más o menos el barrio de los bújaros de aquí, de Jerusalén. A pesar de que la mujer del vestido de algodón infantil y las medias sensuales era una completa desconocida y jamás la había visto, a pesar de todo yo quería ver a la niña. Así caminamos a través de portales que conducían a patios interiores llenos de tendederos cargados de ropa, desde los que desembocamos en nuevas callejuelas y de allí en una especie de plaza antigua alumbrada con una farola bajo la lluvia. Porque había empezado a llover, no con fuerza, no a cántaros, casi sin gotas, sino con la profunda humedad del aire que iba oscureciéndose. No nos encontramos ni un alma por el camino. Ni un gato.

Y de repente la mujer se detuvo en un corredor con vestigios de un esplendor decadente, como la entrada de un palacio oriental o un simple túnel entre un patio mojado y otro patio mojado, con buzones rotos y azulejos destrozados: entonces me quitó el reloj y señaló una manta militar hecha jirones en un rincón de las escaleras, como si con el reloj hubiese comenzado una especie de destape y ahora yo tuviese que engendrarle una hija, y pregunté dónde estábamos y dónde estaban esos niños, porque durante el camino la niña se había convertido en niños. Y la mujer dijo: Carla . No pude saber si Carla era el nombre de la niña o si Carla era el nombre de la mujer que presionaba mi mano contra su pecho o si Carla era la desnudez de las niñas delgadas o era la palabra que invitaba a abrazarla para darle calor. Cuando la abracé, todo su cuerpo se estremeció, no de deseo sino de desesperación, y me susurró, como después de la desesperación, Efraim, no tengas miedo, conozco el camino y te haré pasar con vida a la zona aria. En el sueño ese susurro sonó lleno de confianza y benevolencia y yo continué confiando en ella y creyendo y siguiéndola con exaltada alegría y sin que en el sueño me cuestionase cómo se había transformado en mi madre y dónde estaba la zona aria. Hasta que llegamos al agua. Al borde del agua, con un rubio bigote militar y las piernas abiertas, había un hombre con un uniforme oscuro que dijo: Hay que separar.

Así supe que ella tenía frío por culpa del agua y que no volvería a verla. Y me he despertado apenado y ni siquiera ahora, que he concluido este escrito, ha cesado esa pena”.

(...)

Efraim se levantó de la cama con las sábanas sudadas, subió un poco la persiana y vio por la ventana el despuntar de un día de invierno en Jerusalén. Las casas cercanas no le parecían cercanas sino alejadas de él y alejadas entre sí, separadas por jirones de niebla. En la calle no había ningún signo de vida. Era como si el sueño continuase. Pero ahora no era una callejuela empedrada sino una calle descuidada en el extremo sudoccidental de Kiryat Yovel, una hilera de edificios anchos, vastos, construidos con celeridad y materiales baratos a finales de los años cincuenta. Los inquilinos habían cerrado casi todas las terrazas con ladrillos, planchas de amianto, cristal y aluminio. Había algunas macetas vacías y plantas secas sobre barandillas oxidadas. Al sur se veían las montañas de Belén, que se amalgamaban con la nube gris y esa mañana parecían feas y hasta mugrientas, como si en vez de montañas fuesen grandes montones de residuos industriales. A uno de los vecinos le costaba arrancar su coche por culpa de la humedad y el frío: el motor zumbaba, se paraba y volvía a zumbar como un enfermo terminal con los pulmones destrozados que sigue fumando sin parar. Fima volvió a tener la sensación de que se encontraba ahí por error y que debía estar en otro lugar completamente distinto.

Pero cuál era el error y dónde se encontraba ese otro lugar no lo sabía esa mañana, y, de hecho, no lo sabía nunca.

Los carraspeos del motor le provocaron las típicas toses matutinas y se apartó de la ventana porque no quería empezar el día con apatía y con pesar. Por eso mismo se dijo: ¡Holgazán! Y comenzó a hacer unos ejercicios gimnásticos sencillos, estirar y encoger, frente al espejo salpicado de islas negras y de continentes negros con una costa escarpada y llena de golfos y fiordos. El espejo estaba pegado por fuera a la puerta del armario marrón, inmenso, que le compró su padre hacía unos treinta años. Tal vez tendría que haberle preguntado a la mujer qué debía separar, pero había perdido la ocasión.

Normalmente Fima detestaba asomarse a la ventana. Sobre todo no podía soportar la imagen de una mujer en una ventana, de espaldas a la habitación y de cara a la calle. Antes de divorciarse, solía enfadar a menudo a Yael, por reñirla cada vez que se asomaba y miraba la calle o las montañas:

–¿Qué pasa, he vuelvo a violar la ley?
–Sabes que me pone nervioso.
–Es tu problema, Efi.

Pero esa mañana, también los ejercicios gimnásticos frente al espejo lo pusieron nervioso y lo agotaron, y al cabo de dos o tres minutos dejó de hacerlos, no sin antes volver a llamarse holgazán. Jadeó y añadió con sarcasmo:
–Es tu problema, amigo.

Tenía cincuenta y cuatro años. Y a lo largo de sus años de soledad se había acostumbrado a hablar solo. Era una más de sus costumbres de solterón, como la de perder la tapa del tarro de la mermelada, cortarse el pelo que asomaba por una de sus narices y olvidarse de la otra, abrirse la bragueta por el pasillo de camino hacia el retrete para ahorrar tiempo, no atinar en el váter al empezar a orinar... [...]

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