Cómo hablar de los libros que no se han leído

El autor de este divertido ensayo se impone como tarea desenmascarar uno de los tabúes sociales más extendidos: el hecho de que en algún momento de nuestras vidas todos haya­mos fingido haber leído un libro que nunca fue abierto.

Por Pierre Bayard

Quienes acudan a este libro para encandilar a sus profe­sores, amigos o amantes con disquisiciones librescas ad­quiridas sin esfuerzo, habrán cometido un error: el ensa­yo de Bayard es en realidad una estimulante reflexión a propósito de qué significa la lectura.

Para resolver ese enigma, el autor se impone como tarea desenmascarar uno de los tabúes sociales más extendidos: el hecho de que en algún momento de nuestras vidas todos haya­mos fingido haber leído un libro que nunca fue abierto.

Bayard no sólo asume con naturalidad nuestra sempi­terna condición de no-lectores (por mucho que seamos devoradores de libros, el número de lecturas pendientes siempre será mayor), sino que convierte esa en aparien­cia vergonzante no-lectura en el núcleo mismo de la lec­tura y, mediante un bucle paradójico, no duda en invo­car las intuiciones contenidas en libros de Musil, Wilde, Valéry, Montaigne o Lodge acerca de la fecundidad del olvido, la inconveniencia de la lectura o la capacidad creadora del lector (o no-lector).

III. Los libros de los que se ha oído hablar

Donde Umberto Eco demuestra que no es necesario haber tenido un libro en las manos para hablar de él en detalle, a condición de escuchar y leer lo que los otros lectores dicen a su respecto.

Esa teoría de la doble orientación -la cultura es la capacidad de situar los libros en la biblioteca colectiva y de situarse en el interior de cada libro- hace que, en última instancia, no sea necesario haber tenido en las manos los libros de los que hablamos para hacerse una idea y pronunciarse acerca de ellos, y que la idea de lectura acaba por disociarse de la del libro material para remitir a la del encuentro, la cual puede llevarse a cabo con un objeto inmaterial.

Existe de hecho otra manera de hacerse una idea bastante precisa de lo que un libro contiene sin necesidad de leerlo. Basta para ello leer o escuchar lo que los demás escriben o dicen a su respecto. Ese método, al que Valéry no ocultaba haber recurrido en el caso de Proust, puede hacernos ganar mucho tiempo. Puede también resultar necesario cuando el libro resulta inencontrable o ha desaparecido, o incluso cuando su búsqueda pone en peligro la vida de quien desearía leerlo.

Con todo, la mayor parte de las veces es así como accedemos a los libros. Muchos de los libros acerca de los cuales hemos tenido que pronunciarnos, y que han desempeñado, para algunos de nosotros, un papel importante en nuestras vidas, no han pasado nunca por nuestras manos (aunque a menudo estemos convencidos de lo contrario). Pero la manera en que los demás nos hablan de ellos o hablan entre sí, en sus textos y en sus conversaciones, nos permiten formarnos una idea de lo que contienen, e incluso formular un juicio argumentado a su propósito.

En El nombre de la rosa, cuya trama transcurre en la Edad Media, Umberto Eco narra cómo un monje que responde al nombre de Guillermo de Baskerville, acompañado de un muchacho, Adso -que es quien escribe la historia muchos años después, cuando se ha convertido ya en un anciano-, acaba llevando a cabo una investigación en una abadía del norte de Italia donde ha tenido lugar una muerte sospechosa. Ésta no es en realidad más que la primera de una serie de siete muertes a la que Baskerville pondrá fin desenmascarando al culpable.

En el centro de esa abadía hay una biblioteca inmensa, la más importante en número de libros de toda la cristiandad, construida en forma de laberinto. Dicha biblioteca ocupa un lugar fundamental en el seno de la comunidad religiosa y también en la novela, a la vez como lugar de estudio y reflexión, y porque se sitúa en el núcleo mismo de todo un sistema de prohibiciones que regulan el derecho a la lectura, pues los libros no son adjudicados a los monjes más que tras la entrega de una autorización.

En su búsqueda de la verdad acerca de los asesinatos, Baskerville entra en conflicto con la Inquisición y su temible representante, Bernardo Gui, el cual está convencido de que detrás de esos asesinatos están los heréticos y, en es pecial, los adeptos de Dulcino, fundador de una secta hostil al Papado. Por medio de la tortura Gui logra arrancar a varios monjes testimonios que se ajustan a su opinión, sin lograr con ello convencer a Baskerville acerca de la equidad de su razonamiento.

En efecto, el investigador llega por su parte a una conclusión bien distinta. Considera que esas muertes no tienen relación directa con la herejía y que los monjes han muerto por haber tratado de leer un libro misterioso celosamente guardado en la biblioteca. Poco a poco, logra formarse una idea del contenido del libro y de las razones por las cuales aquel que prohíbe su acceso ha llegado al extremo del asesinato. No obstante, su confrontación violenta con el asesino, en las últimas páginas de la novela, provoca un gigantesco incendio de la biblioteca, que los monjes no salvarán de la destrucción.


La escena final del libro enfrenta al investigador y al asesino, que resulta ser Jorge, uno de los monjes más ancianos de la abadía, afectado de ceguera. Éste felicita a Baskerville por haber hallado la solución y, admitiendo en apariencia su propia derrota, le ofrece el volumen que tantas muertes ha causado. Heterogéneo, el libro incluye un texto árabe, un texto sirio, una interpretación de la Coena Cypriani -una parodia de la Biblia- y un cuarto texto en griego, por el cual se han cometido los asesinatos.

Ese libro, disimulado entre los otros, corresponde al segundo volumen de la célebre Poética de Aristóteles, una obra que hasta entonces no había sido catalogada en las bibliografías y en el interior de la cual el filósofo griego habría prolongado su reflexión acerca de la literatura interesándose esta vez por la cuestión de la risa.

Acusado por Baskerville, Jorge se comporta de un modo extraño. En lugar de impedir al investigador la consulta del libro, le incita a que lo lea. Baskerville obedece, pero toma la precaución de ponerse un par de guantes antes de manipularlo. Se encuentra entonces en disposición de descubrir las primeras líneas de un texto que, a su juicio, ha provocado ya varias víctimas:

En el primer libro hemos tratado de la tragedia y de cómo, suscitando piedad y miedo, ésta produce la purificación de esos sentimientos. Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración sea esta pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el hombre es -de todos los animales- el único capaz de reír. De modo que definiremos el tipo de acciones que la comedia imita, y después examinaremos los modos en que la comedia suscita la risa, que son los hechos y la elocución. Mostraremos cómo el ridículo de los hechos nace de la asimilación de lo mejor a lo peor, y viceversa [...] Mostraremos después cómo el ridículo de la elocución nace de los equívocos entre palabras similares para cosas distintas y distintas para cosas similares...

Parece confirmarse, pues, sobre todo por la evocación de los otros títulos de Aristóteles, que la obra misteriosa corresponde al segundo volumen de su Poética. Tras haber leído la primera página y haberla traducido al latín, Baskerville emprende la tarea de hojear apresuradamente las páginas siguientes. Sin embargo, se encuentra con una resistencia material ya que las páginas deterioradas se han pegado entre sí y, además, el paso de las mismas se ve entorpecido por los guantes. Jorge le exhorta a continuar con la lectura del libro pero Baskerville rechaza la propuesta con firmeza.

Comprende que para hacerlo sería necesario quitarse los guantes y humedecer sus dedos antes de pasar las páginas, y que se envenenaría entonces como el resto de los monjes que se habían aproximado en exceso a la verdad. Jorge había decidido desembarazarse de los estudiosos inoportunos aplicando veneno en la parte superior del libro, en el lugar donde habitualmente se ubican los dedos del lector. Asesino ejemplar, por cuanto la víctima se envenena por sí misma y en la justa medida en que, en su perseverancia por desafiar la prohibición dictada por Jorge, continúa leyendo.

De Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard. Barcelona, Anagrama, 2008.

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10 de Diciembre de 2016|07:48
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