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Símbolo puma

Los Pumas, y el rugby en general en Argentina, representan el triunfo del amateurismo, sobre la profesionalidad, en un mundo en el que, en líneas generales, los “profesionales” han pasado por encima a los “amateurs”.

Para que algo se convierta en símbolo, antes debió ser anhelo, idea, pensamiento, necesidad, percepción profunda y colectiva. Los símbolos, para serlo, han de ser colectivos: o de todos o la nada. Los símbolos, entonces, aparecen como una forma de exteriorizar un apetito plural: son símbolos las imágenes de cacería de las cavernas, Cristo en la cruz, el himno y la bandera, Don Quijote arremetiendo contra molinos, la roja boca de Marilyn, la cara de El Che, el billete de un dólar y la Mano de D10s, en el mundial de fútbol de México.

En estos tiempos de vacas simbólicamente flacas, hace unos días, vivimos un acontecimiento extraordinario: de pronto, quince jugadores de rugby argentinos, cantaron su himno a los gritos, abrazados, encendidos de pasión y con su testimonio enmudecieron al mundo entero. Luego del asombro, llegó la maravilla: ante ochenta mil franceses, Los Pumas, siendo en los papeles más débiles, fueron en la cancha más fuertes y vencieron a uno de los candidatos a obtener el título mundial.

Así nacen los símbolos: cuando se deja un legado. Los Pumas, y el rugby en general en Argentina, representan el triunfo del amateurismo, sobre la profesionalidad, en un mundo en el que, en líneas generales, los “profesionales” han pasado por encima a los “amateurs”. Sin embargo, este grupo de jugadores mantuvo las banderas ancestrales de este deporte: la solidaridad, el respeto, el autocontrol, el amor a la camiseta, la noción de equipo y hasta el tercer tiempo, en sus eternos festejos con propios y extraños a un costado de la cancha. Y no olvidemos que hablamos de un plantel en el que la inmensa mayoría milita en el profesionalismo.

A esta altura, resulta imposible escaparle a la comparación con la selección de fútbol. Para muchos, en estos días, la selección de fútbol es sinónimo de dinero y sofisticación y, la de rugby, de entrega, de corazón.

Nunca es feliz una división como esta, pero, a veces, es bueno marcar las diferencias para saber de qué lado del mundo queremos construir el nido.

Por esto, este ejemplo enorme dado en Francia debe servirnos, entre otras cosas, para bajar esa nobleza de los mejores exponentes y repartirla entre muchos padres, dirigentes y jugadores mayores de Mendoza, a fin de que se sirvan siempre del contenido más genuino del “símbolo puma”, para que los chicos que se acercan a este, o a cualquier deporte, disfruten de él, sin padecer presiones ni echarse al hombro frustraciones parentales.

A nuestro país, desde hace muchos años, le viene haciendo falta un paradigma como el de Los Pumas: recuperar lo mejor del amateurismo y ejercerlo con profesionalidad. El mensaje es claro, argentinos: se puede cantar el himno fuerte, de cara al mundo; se puede sentir el orgullo nacer donde nacimos; se puede jugar en equipo; se puede ganar sin hacer trampas; se puede confiar en el de al lado; se puede hacer un país grande, uno de verdad. Y la única manera, es hacerlo entre todos.
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