Las leyendas acerca del arbolito de Navidad

El árbol sagrado de los celtas era el roble, al cual adoraban como un dios durante diciembre. El rito consistía en “vestirlo” con frutas, antorchas y hojas de otros árboles.

La costumbre de adornar en diciembre el árbol de Navidad con soplillos, luces y guirnaldas, y de poner a sus pies los regalos, reconoce reminiscencias celtas; en tanto que la de armar el pesebre es netamente cristiana: se le atribuye a san Francisco de Asís haber armado el primero en 1223.

El árbol sagrado de los celtas era el roble, al que adoraban como un dios y al que en diciembre, en el más crudo invierno boreal, adornaban con frutas, antorchas y hojas de otros árboles.

Como el roble pierde sus hojas en invierno, ellos consideraban necesario "vestirlo" para reconfortarlo y darle fuerzas para que pudiese renacer en la primavera.

El nombre celta del roble es "druir", de donde deriva la palabra "druida" con la que denominaban a sus sacerdotes, quienes utilizaban el muérdago para proteger las puertas de los hogares contra los malos espíritus, tal como hacen hoy los cristianos.

Terminada la ceremonia de vestir al roble, los celtas se regalaban unos a otros las antorchas, para augurarse el verano, lo que pudo derivar en la costumbre actual de repartir obsequios. 

Pero los celtas no fueron los únicos: entre el segundo y tercer milenio antes de Cristo, una gran variedad de pueblos indoeuropeos tenían a los árboles como expresión de las fuerzas fecundantes de la Madre Naturaleza, por lo que les rendían culto.

Los griegos consagraban el pino a Dionisio, dios de la fertilidad y del vino, a quien se lo representaba con una varilla, el tirso, coronada con hojas de vid y de hiedras, terminada en forma de piña, el fruto del pino.

La piña cerrada era para los romanos símbolo de virginidad y no por casualidad se la utiliza en las mesas navideñas.

Latinos, babilonios, egipcios y griegos también adoraron al abeto, al que le rendían culto como árbol del nacimiento, algo que seguramente influyó en su elección como árbol de Navidad.  

Por su parte, los judíos poseen su árbol de la vida, que no existe materialmente, pero que se dibuja con diez redondeles, que representan las diez emanaciones espirituales o sefirots, a través de las cuales Dios habría dado origen a todo lo existente.

Otros árboles famosos son el del Edén, símbolo central del pacto entre Dios y el hombre; el Acvattaha, de los hindúes; el Haoma, de los persas; el de las Manzanas Aureas, del Jardín de la Hespérides; el del Vellocino de Oro, de Jason; el del Purgatorio,
de Dante; y el de la Cruz, del Nuevo Testamento.

También existió en el norte de Europa el árbol del universo o Yggdrasil, en cuya copa estaba el palacio de Odín, el máximo dios, de donde los primeros evangelistas tomaron la idea del árbol para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole el significado.

Ocurría que a Yggdrasil se le ofrecían sacrificios humanos, algo inadmisible para los cristianos, ya que Jesús había dado su vida en los maderos de la cruz (el árbol) para salvarlos.

Se cuenta que san Bonifacio, evangelizador de Alemania, sesgó con un hacha un árbol que representaba el Yggdrasil y ante el que se estaba por sacrificar a un niño; y que de allí brotó un abeto.

Mientras hoy los cristianos protestantes eligen el pino, los católicos prefieren el abeto y esto tiene que ver con que fue Martín Lutero, padre de la Reforma, quien impuso el pino como árbol de Navidad, porque a diferencia del roble, sus hojas, que simbolizan el eterno amor a Dios, debían ser perennes.

Una idea similar tuvieron los católicos: en el siglo VIII, bajo el poder del papa Bonifacio, la Iglesia adoptó al abeto como árbol de Navidad porque, además de no perder sus hojas, tenía una forma triangular que recordaba a la Santísima Trinidad.
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