La gran controversia: católicos vs. ortodoxos

En 1054 se produjo el cisma que separó el cristianismo en las iglesias de Oriente y Occidente, un hecho histórico que sigue repercutiendo hoy. Católicos y ortodoxos, latinos y grecorusos: polaridades que asentaron la noción de "hereje" y que han dado pábulo a una violencia muy poco evangélica.

Por Jean Meyer

En el año 1054 se produjo el gran cisma que separó el cristianismo en las iglesias de Oriente y Occidente, un acontecimiento histórico que sigue repercutiendo en el presente. La gran controversia explora las raíces de ese conflicto y analiza con detalle sus múltiples manifestaciones y transformaciones históricas, políticas o filosóficas.

Católicos y ortodoxos, latinos y greco-rusos: polaridades que han servido para asentar la noción de «hereje» y «enemigo» y que han dado pábulo a luchas feroces, a masacres devastadoras y, en definitiva, a una violencia muy poco evangélica.

Con el rigor del historiador y la pasión del profundo conocedor del tema, Jean Meyer describe la gestación del cisma y las tensiones medievales entre el poder temporal y el religioso, las turbulencias geopolíticas que suscitó la caída de Constantinopla en el siglo XV, el papel fundamental –a menudo subterráneo– de ambas iglesias en acontecimientos como la Revolución rusa o la caída del comunismo y llega a las perplejidades del más inmediato presente, con los intentos, todavía frustrados, de reconciliación entre el papado y el patriarcado ortodoxo y los peligros latentes de este desencuentro permanente.

El cristianismo oriental y el cesaropapismo (hasta 1453)

Presentación general (fragmento)

Con el catolicismo romano y las iglesias nacidas de la Reforma, la Iglesia ortodoxa es, hoy en día, una de las tres expresiones mayores del cristianismo histórico. En Europa oriental y en Rusia se repone difícilmente del largo ahogamiento totalitario (1918-1988). Desde las grandes migraciones socioeconómicas y políticas del siglo xx, ha salido de su territorio tradicional y se encuentra presente en todos los continentes. Sin embargo, sigue siendo mal conocida fuera de su zona histórica, identificada –en gran parte porque ella misma así se identifica– con las culturas que engendró o bautizó, por más que éstas hayan sido trágicamente truncadas por la historia; tales los casos de Constantinopla y la cultura bizantina, en 1453, y del Imperio zarista y la cultura rusa, en 1917.

 «Esas interrupciones trágicas, no espirituales sino culturales, ese silenciamiento recurrente de una Iglesia cuyos más altos testigos se llaman a sí mismos los “silenciosos” (“hesicastas”, del griego “hesiquia”, silencio, paz de la unión con Dios), vuelven difícil, hasta estéril, una descripción puramente externa.»2

Herencia del pasado lejano y reciente, la Iglesia ortodoxa del tiempo actual se organiza en quince iglesias autónomas bajo el primado honorífico del patriarcado de Constantinopla. La más numerosa obedece al patriarcado de Moscú, proclamado en 1589, a consecuencia de la toma de Constantinopla por los turcos. Los patriarcados históricos de Alejandría, Antioquía y Jerusalén han perdido mucho de su antigua importancia. El patriarcado de Bucarest (Rumania) nació en 1925. Luego siguen, en desorden alfabético para no herir las susceptibilidades, las iglesias de Albania, Bulgaria, Chequía, Chipre, Georgia, Grecia, Estados Unidos, Macedonia y Serbia (que tiene también su patriarca).

Durante siglos recibió la denominación de «Iglesia griega» y su titulación oficial es la de Santa Iglesia ortodoxa católica apostólica oriental, en la continuidad de las iglesias del Oriente cristiano antiguo. Agrupa las iglesias que aceptaron todos los decretos de los siete primeros concilios ecuménicos y se mantuvieron en comunión hasta hoy; eso incluye las iglesias que nacieron siglos después, como resultado de la labor misionera o del surgimiento de las naciones en los siglos xix y xx, sin pérdida de la comunión.

El cristianismo nació en Oriente («Ex Oriente, lux»), el griego fue la lengua del Nuevo Testamento y de la Biblia de los Setenta, traducción realizada por los judíos de Alejandría y de uso oficial para los cristianos. Fue también la lengua litúrgica utilizada en la celebración eucarística en los primeros tiempos de la Iglesia. Cuando el latín empezó a ser empleado en la parte occidental del Imperio, en una fecha indeterminada pero relativamente temprana, y más aún cuando desapareció el Imperio en Occidente y empezó la evangelización latina de los irlandeses, anglosajones y otros pueblos germanos, el término «griego» o la palabra «oriental» se emplearon para designar la parte de la Iglesia, todavía una, que dependía de los patriarcados de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.

Este fenómeno geohistórico que corresponde a una realidad humana, reflejada por la decisión del emperador Diocleciano, en el siglo iii, de dividir el Imperio romano en dos mitades geográficas, ha sido de la mayor importancia y explica en buena parte la evolución de la Iglesia oriental, matriz de la ortodoxia actual. En Occidente hubo un patriarca único, el obispo de Roma, el Papa,3 sin emperador a su lado durante más de tres siglos, con una autoridad y un prestigio sin rivales. En Oriente un emperador fuerte mantuvo sobre una Iglesia dividida en cuatro patriarcados la autoridad político religiosa de Constantino. Volveremos sobre el tema de la autoridad relativa del basileus sobre la Iglesia en el seno del Imperio, por lo pronto hay que notar que con todo y la fuerza que el patriarca de Constantinopla saca del solo hecho de residir en la capital imperial, no existe nunca en Oriente una figura comparable a la del Papa; no existe nunca un centro único, con un monarca (es decir, una sola autoridad, un solo poder) absoluto. La Iglesia oriental funciona como una oligarquía compuesta de numerosos obispos, representantes y defensores de las comunidades locales; por más que existiera una jerarquía que distinguía entre metropolitanos, arzobispos, exarcas y patriarcas, la colegialidad es la regla. Aún hoy, la cabeza de cada Iglesia autónoma –y poco importa que la Iglesia se llame patriarcado, exarquato o arzobispado– es suprema y no está sometida a ninguna otra autoridad que no sea la del concilio ecuménico.

La Iglesia oriental, como la occidental, no tarda en expandirse, por la vía misionera, más allá de las fronteras del Imperio, hacia África y Arabia, hacia el oriente persa y el norte eslavo, del Cáucaso a los Cárpatos y al círculo ártico. Organiza las nuevas iglesias en metrópoli descentralizadas, pero el metropolitano es consagrado por el patriarca de Constantinopla. Búlgaros y serbios, luego los rusos, cuando tienen la fuerza necesaria para oponerse al Imperio, consiguen la independencia eclesiástica, la «autocefalía», con un «primer obispo» local, electo por sus pares.

De La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes a nuestros días, de Jean Meyer. Barcelona, Tusquets, 2006. 488 páginas.

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