La joya más preciada

Belgrano y España, Rosas y Roca e Inglaterra, Frondizi y Estados Unidos. La historia de nuestro país está simbolizada en tres etapas: tres siglos como colonia española, casi un siglo y medio bajo la égida británica y más de medio siglo sujeta a la hegemonía estadounidense.

Por Ricardo De Titto

A principios del siglo XIX Manuel Belgrano escribe orgulloso que "La España es la Señora de cuanto ha criado la naturaleza", “nada, nada, necesitaríamos del Extranjero, antes él necesitaría de nosotros”.

Casi medio siglo después, Juan Manuel de Rosas organiza festejos por el casamiento de la reina Victoria y brinda en su honor y, en 1887, Julio A. Roca, homenajeado por la Bolsa de Londres, se vanagloria:”Soy tal vez el primer ex presidente de la América del Sur que haya sido objeto en Londres, este clásico y vasto centro de la libertad, de una demostración semejante por un número tan escogido de caballeros…”.

En 1961 Arturo Frondizi es el primer presidente argentino que visita los Estados Unidos y, en adelante, Wall Street y Washington se convierten en nortes ineludibles de la política y economía argentinas.

Tres etapas de la historia argentina quedan así simbolizadas: tres siglos como colonia –o “provincia”- del Rey de España; casi un siglo y medio bajo la égida británica; más de medio siglo sujeta a la hegemonía estadounidense.

En esta historia del país, casi siempre dependiente de alguna metrópoli, se describen las consecuencias que estas relaciones tuvieron para el desarrollo nacional, tanto en el terreno político como en el económico, el social y el cultural. Asimismo, recoge y valoriza los más de diez mil años de historia de los pueblos originarios precedentes a la llegada de los europeos.

En 1933, un funcionario argentino recibió el título de "Sir" de la corona británica que afirmó que la Argentina era "Una de las joyas más preciadas de su graciosa Majestad". Esta afirmación, válida en su momento respecto a Gran Bretaña, bien puede extenderse como concepto hacia España antes y a los Estados Unidos después.

Ricardo De Titto es un conocido y ascendente investigador e historiador. Ha publicado Los hechos que cambiaron la historia argentina en el siglo XIX, Los hechos que cambiaron la historia argentina en el siglo XX. Es coautor de Los pioneros de la industria argentina, de reciente aparición.

Develar la Argentina

La Argentina es un país que para muchos aparece incomprensible, inasible. Quienes la miran desde lejos suelen preguntarse por qué sufre cíclicas y profundísimas crisis y convulsiones que la convierten episódicamente en noticia de tapa de los diarios del mundo. Similares inquietudes, por cierto, han acosado a sus propios pobladores, sometidos a vivir con permanentes sobresaltos, sin perspectivas firmes y duraderas. La cuestión se agrava cuando, en el análisis, interviene el pasado histórico, el cual, supuestamente, prometió una y otra vez un futuro venturoso y supo de épocas de creciente bienestar general de la sociedad, como cuando el país era denominado “granero del mundo”, a comienzos del siglo xx.

La Argentina es, además, bastante visitada por turistas de todo el mundo, porque su gran extensión territorial la convierte en uno de los pocos países que se prolonga desde el trópico hasta el polo, y porque contiene un inmensa variedad de biomas con variados paisajes, las montañas más altas del continente, cascadas formidables, selvas, lagos y bosques, llanuras extensas y un prolongado litoral atlántico. Además, el país se precia de ser culto y, por alguna razón, es patria originaria de personajes de reconocimiento mundial en la música –“clásica” y popular–, la literatura, la danza, las artes plásticas, la política, el deporte, la arquitectura, la ciencia, la invención tecnológica, el cine y el teatro... En fin, es muy fácil hacer rápidamente una lista de “argentinos”, desde Gardel a Guevara y Evita, desde Borges a Piazzolla pasando por Maradona y Favaloro o Fangio, Barenboim y el propio Perón, que son identificaciones inexorables.

El país que puede alimentar a 400 millones de personas –según se afirma–tiene más del 20 por ciento de su población sumida en la indigencia, la marginalidad y la desocupación. Como esta situación, desde ya, no admite una explicación racional, habrá que develar entonces dónde se esconden las irracionalidades, las cuestiones que afectan la lógica más elemental. Algunas de ellas, con seguridad, se pueden rastrear en su génesis como nación, en el desarrollo y estructuración del Estado moderno, en los violentos cambios sufridos en lo social, lo económico y lo político.

A este autor, repetidamente, le han formulado interrogantes que, si para los argentinos aparecen como cuestiones “naturales”, resultan sin embargo inextricables para quien mira a la Argentina desde una perspectiva lejana en el espacio y en el tiempo. Entre ellos hay tres temas recurrentes: qué es el peronismo, cómo ha hecho para sobrevivir como fuerza política dirigente tantos años; por qué gobernó en la Argentina una de las dictaduras más feroces de la historia de la humanidad, que asesinó en campos de concentración clandestinos a uno de cada mil habitantes –y cómo fue posible que eso sucediera a la vista de la sociedad–, y, finalmente, esa situación aparentemente rarísima de un país considerado “rico” pero, contradictoriamente, con una gran cantidad de “pobres”.

Las preguntas son muchas y las respuestas, por cierto, complejas, multifacéticas. Creemos que conocer la historia del país es un buen abordaje para comenzar a dilucidar cuestiones pendientes, problemas no resueltos –o mal resueltos–, precisar los dilemas, las contradicciones, las miserias “escondidas debajo de la alfombra”. En modo alguno se intenta aquí hallar respuestas lineales. Intentamos, en cambio, aportar una visión que facilite la mirada sobre el pasado argentino, y evite perderse en rencillas internas que no contribuyen a una visión de conjunto, o en atractivas anécdotas que, acumuladas, banalizan los acontecimientos y tienden a crear ideas poco serias que se convierten, sin embargo, en verdades inmanentes, que resultan funcionales a las visiones superficiales de la realidad.

La periodización que proponemos tiene un ordenamiento central: la relación del país con las metrópolis. Está claro que puede haber otras periodizaciones, realizadas desde otras perspectivas también válidas, pero la que elegimos, nos parece, sirve para definir grandes etapas de la historia argentina y ayuda a aclarar la visión de conjunto. En todos los casos, el momento de cambio –no por casualidad– coincide con un impactante acontecimiento de la realidad mundial. Aunque puedan existir algunos pequeños desajustes, por lo general –al menos desde hace unos 500 años– todo cambio decisivo en el mundo repercute al interior de todos y cada uno de los países.

Hay una “Argentina” anterior a la llegada de los españoles. Utilizamos en el libro el término “Argentina” –y esperamos condescendencia y pedimos disculpas por eso a los hermanos de los países limítrofes– para hablar de una región que rodea y engloba al país actual. No hay en esto ningún intento de soberbia, chauvinismo o desconocimiento de otras identidades. Todo lo contrario, se trata de la reafirmación de un pasado compartido y de una geografía común que se fue disgregando y dando origen, por lo menos, a cuatro países distintos: la Argentina, el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. Con Chile, también hermanados, la cordillera nos separó casi naturalmente durante siglos. Existe, entonces, un período de casi 10.000 años que es preciso conocer: los españoles no llegaron a una “tierra de nadie”. Los pueblos originarios, además, constituyeron en buena medida la mano de obra de los conquistadores; sin ellos no se puede explicar la época colonial.

El segundo período abarca tres siglos y es el de la dominación colonial. El gran cambio en el mundo fue, sin duda, el descubrimiento de América, acompañado por la reconquista española de su territorio y la unificación de las coronas de Aragón y Castilla, el nuevo espíritu renacentista y humanista que se extendió en Europa y, suceso fundamental, la invención de la imprenta. Solís llega al Plata en 1516 y, muy pocos años después, avanzaron los conquistadores también desde Perú y Chile. La región, como casi toda América, sufre cambios sustanciales. El capitalismo mercantil en ascenso introduce su régimen en el Nuevo Continente y, con modos de producción semifeudales –como el tributo impuesto a los indígenas– o esclavistas –con la introducción de mano de obra capturada en África–, explota minas, haciendas, campos de cultivo y elementales producciones, como el cuero o el tasajo, que destina al mercado mundial.

La “Argentina”, entonces, es un país capitalista desde sus mismos orígenes como estructura hispanocriolla-aborigen-negra. Potosí, por eso, fue la verdadera capital virreinal, más allá de que la autoridad residiera en Lima, al principio, y en Buenos Aires desde la creación del Virreinato del Río de la Plata. Damos especial relevancia a la experiencia de las misiones jesuíticas no solo porque merecen un estudio especial dada su originalidad, sino porque también fueron empresas concebidas como unidades productivas destinadas a la exportación y el intercambio en el mercado.

Al comenzar el siglo xix se acumulan varios procesos que modifican el rumbo del mundo. La independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa que deriva en el imperio napoleónico marcan a fuego un nuevo tiempo político; la revolución industrial, con centro en Inglaterra, los Países Bajos y Alemania, supone un cambio decisivo en el mundo económico: la producción en serie de manufacturas. Situamos, entonces, la batalla de Trafalgar, de 1805, como un punto de inflexión. En adelante, Inglaterra será la “reina de los mares” y saldrá a conquistar mercados. Solo un año después se apodera de El Cabo, en el extremo sur de África, pero fracasa en Buenos Aires. La derrota del intento de invasión inglesa abre, para la “Argentina”, la etapa de la revolución independentista. Abordamos entonces un tercer período, de transición, que se extiende entre 1806 y 1824, iniciado con la resistencia a la invasión de los ingleses y continuado con el grito de libertad del 25 de Mayo de 1810, la guerra a los españoles y la declaración de Independencia, en el marco del combate continental liderado por San Martín y Bolívar.

Este es un período caracterizado por la lucha militar, pero también por la discusión de proyectos: ¿qué país pensaron los patriotas?; ¿qué posiciones se enfrentaron entonces en el diseño de las “Provincias Unidas del Río de la Plata”, llamadas también “de América del Sud”? El polo geográfico cambia: de Potosí, con sus minas en decadencia, pasa a Buenos Aires, el puerto comercial. El poder porteño se impone al del interior, los proyectos federales son derrotados hasta que las Provincias Unidas quedan acéfalas. En estos años se esboza, además, el desmembramiento de los futuros cuatro países unidos en el anterior virreinato.

En 1824, simultáneamente –y, otra vez, no por casualidad–, dos acontecimientos cambian la perspectiva de la “Argentina”. En Ayacucho, en el Alto Perú (Bolivia), el 9 de diciembre, el ejército americano derrota definitivamente a los realistas españoles y los expulsa del continente. Pocos días después, el 1º de enero de 1925, Inglaterra reconoce la independencia de la República Argentina y el 2 de febrero se firma en Buenos Aires el primer tratado con una potencia extranjera. En adelante, Gran Bretaña será considerado “país más privilegiado” y sus súbditos conquistan un estatus especial, distinguido. Poco después, el Estado nacional contrae el primer empréstito internacional, con la casa Baring Brothers. Entre agosto y diciembre de 1825, Bolivia se declara independiente, y comienza la guerra contra el Brasil, que culmina con la secesión del Uruguay. El Paraguay, ya desde 1810, ha avanzado en un camino autónomo. El perfil del futuro territorio argentino se precisa así aún más.

La nueva etapa del país se prolonga casi 120 años y está signada por un factor común, la dependencia económica respecto de Gran Bretaña. Esta situación no es lineal; incluye períodos distintos. Al comienzo, el ciclo “rivadaviano”, fuertemente librecambista; luego, casi un cuarto de siglo bajo la gobernación de Rosas, durante la cual las influencias británicas se morigeran aunque continúan marcando el paso de la vida económica, cultural y social, sobre todo de la región bonaerense; tras la caída de Rosas, la definitiva organización constitucional del país redefine bajo términos muy favorables la injerencia británica, que, a partir de 1880, con la presidencia de Roca y su sucesor Juárez Celman, se hace desembozada. La llamada “conquista del desierto”, que aniquila o somete a las últimas poblaciones aborígenes indómitas, asegura y consolida las posiciones de un sector latifundista que entrelazará sus intereses con los de las casas y los bancos inversionistas de capital financiero, no solo británicos sino también belgas, alemanes, franceses, estadounidenses, holandeses e italianos: son los años del aluvión inmigratorio europeo.

Dos graves crisis, en 1880, político-militar, y en 1890, política y económica, desembocan en la definitiva estructuración del Estado nacional y el ingreso del país en la “modernidad”. El predominio británico, sin embargo, se mantiene incluso cuando las reformas democráticas de principios del siglo xx llevan al radicalismo al poder, con Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear, durante catorce años. Esta dependencia estructural preserva en el país el modelo agroexportador y productor de materias primas y atrasa indefinidamente su desarrollo industrial independiente, que solo encuentra atisbos de realización. La llamada “década infame”, inaugurada con el golpe de Estado de José F. Uriburu en 1930 y continuada en las gestiones civiles de Justo, Ortiz y Castillo, refuerza el pacto semicolonial que une a la Argentina con Gran Bretaña, con la firma del tratado Roca-Runciman de 1933, que empezó por ratificar los términos suscriptos en 1824.

Un nuevo suceso de inmensa envergadura, la Segunda Guerra Mundial, modificará los términos hegemónicos. Al concluir el conflicto, el gran imperio británico pierde su posición de privilegio en favor de una nueva gran potencia, los Estados Unidos. A pesar de que mucho antes se había acuñado aquello de “América para los americanos” –la doctrina Monroe es de 1823–, la Argentina pro británica se había permitido mirar con desdén al “gran país del Norte”. En efecto, sus economías no eran complementarias y, con sus granos y haciendas, pugnaban por abastecer a los mismos mercados. La tradicional anglofilia en lo económico y las fuertes simpatías culturales hacia Francia, asociadas también al gran flujo inmigratorio, habían hecho de la Argentina un país muy “europeo”. No obstante, el descalabro que se produjo tras la Segunda Guerra abrió resquicios para los países atrasados y la Argentina, en esa situación extraordinaria, se permitió una década de vida relativamente independiente.

El peronismo supo aprovechar la coyuntura internacional favorable y frenó los intentos de penetración norteamericana mientras, a la par, liberaba del dominio británico sectores económicos básicos nacionalizando buena parte de los servicios públicos, como los ferrocarriles, la energía y las comunicaciones. Para “mantener a raya” a los Estados Unidos, el presidente Juan Perón alentó la organización de sindicatos por industria y mantuvo una controlada movilización de la clase trabajadora. El modelo de sustitución de importaciones –forzado, en cierto modo, por las circunstancias– aisló al país y lo “protegió” durante unos años. Hacia 1952, el gobierno peronista comenzó a abrir sus negocios y a ofrecer al capital extranjero participación en distintas ramas de la producción, pero el régimen liderado por Perón no era el que Estados Unidos deseaba. Tal como el período de 1810-1824, la de 1945-1955 fue una década de transición entre dos épocas.

En 1955, finalmente, los planes de los Estados Unidos cristalizaron. Mediante un sangriento golpe de Estado, las Fuerzas Armadas desalojan a Perón del poder e instauran una dictadura militar que abre las puertas a la inversión extranjera. El país se incorpora al FMI y al Banco Mundial y asume los compromisos de Bretton Woods. En adelante, los sucesivos gobiernos, democráticos o dictatoriales, se conducirán –con diferencias de matices– aceptando los términos planteados por la nueva potencia hegemónica, lanzada a mover todos los hilos de la economía latinoamericana. A los pactos económicos se suman otros acuerdos internacionales que permiten una injerencia desproporcionada de los Estados Unidos en las decisiones políticas: los militares se perfeccionan en West Point o en la Escuela de las Américas; la mayoría de los políticos tiene a Washington como norte indiscutido; los ministros de Economía se repiten una y otra vez en el mismo cargo o en puestos similares –Alsogaray, Krieger Vasena, Alemann, Martínez de Hoz, Wehbe, Cavallo– y sus puntos de referencia básicos están en Wall Street.

La deuda externa es, tal vez, el signo máximo de esta etapa que registra dos momentos de especial sometimiento a los capitales norteamericanos: los años de la dictadura militar –entre 1976 y 1983– y la década de 1990, que gobernó Carlos Menem, en los que la desnacionalización de la economía se profundizó notablemente. Este modelo fracasó por completo. Aunque el “culpable” aparente sea Fernando de la Rúa –su ineptitud para gobernar fue ostensible–, su presidencia (diciembre de 1999-diciembre de 2001) no hizo sino heredar los problemas dejados por Menem: recesión, exorbitante desocupación abierta, empobrecimiento general de la población, especulación financiera.

La crisis que estalló a fines de 2001 es, con algunos años de retraso, consecuencia de otro hecho de importancia mundial: la caída del Muro de Berlín y de los regímenes llamados comunistas en el Este de Europa. En efecto, la desaparición de la Unión Soviética y su bloque, que de algún modo obraban como dique de contención a algunas iniciativas de los Estados Unidos, pone fin al mundo que se entendía como “bipolar”. Las políticas llevadas a cabo en la última década del siglo xx en la Argentina –el llamado “neoliberalismo” canonizado por el Consenso de Washington– fueron algo así como un “piedra libre” para el capital especulativo. Eso fue lo que estalló en 2001.

Estamos en la época de la “globalización” y se habla de un mundo “multipolar”. Es aún prematuro vaticinar si ese es el escenario que se avecina para el siglo xxi. La Argentina, próxima a cumplir el bicentenario de su primer gobierno patrio y de su declaración de Independencia, tiene ante sí el desafío de discutir un proyecto de país. El prolongado conflicto que sacudió a la nación en 2008, al enfrentar durante meses a los sectores agropecuarios –que discutían su “rentabilidad” y anticipaban un futuro dramático para miles de pequeños productores– con el gobierno nacional –que anteponía el argumento de la “distribución de la riqueza” y de la “equidad impositiva”–, replantea esa cuestión de fondo, estratégica. No se trata, entonces, de ceñirse a un modelo económico más o menos distribucionista o más “industrialista” que “agrarista”. El debate involucra, desde ya, muchos otros aspectos de organización constitucional, de estructura republicana, de régimen político y, en particular, el mismo que se plantearon los hombres de Mayo y que tantos otros replicaron después: la relación con las metrópolis en la construcción de un país orgulloso de su independencia.

Los índices que hacen a la calidad de vida e institucional de la República no resultan halagüeños y ubican al país en un tercer nivel –con una tendencia descendente–, aunque siga descollando en aspectos de su vida cultural y deportiva, que le otorgan relevancia, y haya sectores mínimos de la población completamente a salvo de la crisis y la decadencia. La comparación de la evolución del PBI per cápita de la Argentina de las últimas décadas con países vecinos y de historia similar, como el Brasil y Chile (que se presenta en las últimas páginas de este libro), es más que elocuente.

Esperamos que el estudio de las cuatro etapas que definimos en este libro –con la Argentina previa a la conquista, y después como colonia, país dependiente o semicolonia de España, Inglaterra y los Estados Unidos– permita observar un espejo del pasado y favorezca una reflexión consciente con la vista puesta, como nos gusta a los que amamos la historia, en el futuro.

De La joya más preciada, de Ricardo De Titto. Buenos Aires, El Ateneo, 2008.

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