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Ortega sólo fue negocio para Ortega

Ariel Arnaldo Ortega fue un negocio atractivo para Independiente por todo lo que representa su figura, aunque en lo deportivo su rendimiento ha sido opaco y tiene más cuentas pendientes que soluciones mágicas.

Ortega es, por tradición futbolística en la patria redonda y de infinitas gambetas, uno de esos íconos ineludibles a la hora de referenciar el prototipo del ser nacional apegado al juego - pasión de millones de argentinos.

Sus cualidades de juego desfachatado y desinhibido, secuenciadas en imágenes inolvidables en retinas fanáticas hasta el endiosamiento, se guardan en corazones de bienes compartidos de millones.

Ese freno reticente que desdibujaba las razones fue siendo, con el paso del tiempo, la más clara figura emblemática en cuanto a paladares gustativos del natural de estas tierras.

Pero como buen hombre de las pampas y el ombú, se chocaban sus cualidades geniales con una pelota con esa odiosa vida privada. Trastabillaba en sus pasos de bailarín cuando las luces de los estadios se apagaban, y se apegaba a un consuelo de ilimitados bordes. Tan argentino como el más argentino.

Y un día, un buen día, Ortega llegó a Mendoza.

Se instaló en territorio poco conocido para un trotamundo que marchó siempre al compás de una pelota, y se afincó en la ilusión agigantada de los hinchas de Independiente Rivadavia.

Millones de pesos se movieron en torno a su unión de civil con el color azul, separándose por un tiempo del rojo y blanco de su cuna. El dinero trajo a Mahoma y desde River  todos consintieron con esa vinculación de forma y parte.

Entonces el Burrito se puso los cortos y se mezcló entre los mortales de sangre azul.

Solo el hecho de descender una categoría y no interponerse en los caminos de adversarios calculadores y pretenciosos sirvieron para permitirle a Orteguita volver a jugar en este país.

Mucho invirtió la Lepra en el arribo del diferente. Y lo rodeó de hábiles y no tanto, de cerebros o no tanto.

Con los bolsillos asegurados y el amor fraterno de un tribuna ávida de cantos de esperanza, el hombre de Ledesma la empezó a tocar, pero no tan bien como antes, sin demasiados interlocutores que atendieran sus súplicas de jugar bien y con tropiezos a la hora de saber a quien pasársela.

Roth no era Gallardo, ni Tonelotto se asemejaba a Francescoli. Eran otras épocas que no volverán. No estaba bien, ni era él.

Y Ortega no respondía, y Ortega no respondió. Nunca pudo sentirse libre pensador. Estuvo demasiado atado en el nudo ciego de la inoperancia y su caudal invalorable de talento ilimitado se cercenó.

El negocio de millones no empezó a ser tan negocio, y más allá de los resultados y las experiencias personales de todas las partes, nada terminó siendo para siempre.

Está claro que la intención nunca pasó por recuperar rápido la inversión, pero estaba claro también que más allá de los dimes y diretes respecto a la contención, que por cierto la tuvo, todo pasa y pasará por dinero.

Los millones de reclamo por la vuelta del muchacho de ojos tristes al Monumental de parte de los que invirtieron en su persona y su mejora, así lo demostraron.

Ortega y su apellido siempre lo fueron un gran negocio donde las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas. En junio la novela llegará a su fin y la vuelta del hijo rebelde se concretará.

Ariel esta cómodo, sin aportar demasiado a la estrategia y con la tranquilidad de las cuentas claras y el corazón contento, es quien mejor sale parado de esta pirámide de dólares. 

Hoy en diciembre, Ortega sólo fue negocio para Ortega.
Opiniones (1)
9 de Diciembre de 2016|05:02
2
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9 de Diciembre de 2016|05:02
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  1. Y VILA, QUE PITO TOCA EN ESTA SERENATA.- POBRE LEPRA.-
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