Helena, de Nikos Kazantzakis

La llanura de Esparta ¿es sensual y tierna- sus laureles rosas y sus limoneros tienen un perfume embriagador-, o bien todo su encanto se desprende del cuerpo mil veces amado de Helena?

Sin duda, el Eurotas no tendría hoy esta seducción corruptora si no alcanzara, como un “afluente” de Helena, el mito inmortal. Tierra, mares, ríos de grandes y queridos nombres, se unen y se arrojan, inseparables en lo sucesivo en nuestro corazón. Ya que por donde ha pasado la criatura que ha inspirado a un gran poeta- Helena, Prometeo, Desdémona-, la orilla florece eternamente, la piedra grita eternamente, el sauce se inclina y se baña eternamente en el río.

Cuando seguís las humildes orillas del Eurotas, os parece que vuestras manos, vuestros cabellos, vuestros pensamientos se impregnan del perfume de una mujer imaginaria, pero mucho más real, más tangible que la mujer que amáis y tocáis.

Es el atardecer. Me paseo a lo largo del Eurotas, cansado pero feliz. No quiero levantar los ojos, por saber que si mi mirada se encontraba con el Taigeto, toda mi alegría me abandonaría. Este primer atardecer quería pasarlo solo con el lejano e inmortal perfume de Helena. Desde luego, yo no había venido por ella, pero siempre es un deber para el hombre olvidar por un momento su meta, por importante que ésta sea, a causa de Helena. Puede ser- ¿quién sabe?- que este momento de infidelidad sea el más seguro de los botines en esta tierra, Jamás carne alguna ha permanecido tan firme, tan dulce como esta sombra creada por Homero. Jamás carne alguna ha permanecido tan fecunda.

Cuando los griegos, como dice la leyenda, fueron a saludar al sabio nacido en el Ganges y a preguntarle el remedio que curaría a su patria, sumida en la anarquía, los severos ascetas de Buda los acogieron con alegría y uno de ellos dijo:

El asceta: “Así son los griegos, eternos hijos de la imaginación, peces aturdidos que, agitándose en la red del pescador, creen nadar libremente en el mar inmenso. Su historia no es más que un sueño constituido por mar azul, campos pobres, barcos y caballos. Con estos elementos inexistentes, representan, trabajan y crean en su sueño guerras, dioses, leyes e ideas.

“¡Desgraciados! Durante años luchasteis en Troya por Helena y jamás os disteis cuenta de que luchabais solamente por su sombra.

“Armasteis navíos y os pusisteis en camino con jefes, profetas y caballos. Viajasteis durante vuestro sueño. Divisasteis una ciudadela, estabais inflamados y gritasteis:¡He aquí Troya!”

“Y como distinguisteis algunos puntos negros que se movían sobre las murallas de las ciudadela, gritasteis:” ¡He aquí nuestros enemigos!”

“ Y vuestras sombras se mezclaron en el suelo, después se separaron y, nuevamente, se mezclaron durante diez años!

“Y todo esto, desgraciados, no era más que un juego de luz y sombra. Helena, por la que derramasteis vuestra sangre, vivía, intacta, invisible, muy lejos, en un templo a la orilla del Nilo. Y no era más que su ídolo lo que sitiaba en Troya.

“Era Mara, el Espíritu del Mal, el que había creado la ciudadela y los navíos y la generosidad, y la cólera de Aquiles, y vuestros corazones que gritaban venganza y pillaje. O, como vosotros os jactáis: venganza y libertad”.

Y entonces, me imagino que el primero de los dos griegos contestó más o menos esto:

Primer griego:” ¡Si Helena no fue más que una sombra, bendita sea esa sombra! Porque al luchar por ella, hemos ensanchado nuestro espíritu y fortalecido nuestro cuerpo. Al regreso a nuestro país, nuestro corazón estaba lleno de aventuras y de valor; nuestros barcos estaban repletos de copas de bronce, de telas bordadas y de mujeres de Oriente.

“Durante diez años, hemos dado nuestra sangre a esta sombra, para que bebiendo en abundancia de ella, recuperara fuerzas y volviera de Egipto, para que la carne humana se coagulara de nuevo, sagrada y caliente, alrededor de ella.”

“Y después de diez años de súplicas y de lucha, ella vino.

“Y cuando Menelao, llevándolo en brazos, salió del palacio en llamas, pasó por encima del cadáver de Príamo, franqueó el umbral de Troya, pisó los guijarros de la orilla, penetró en el agua hasta la cintura y depositó a Helena en su nave, los griegos quedaron deslumbrados por la belleza de esta mujer incomparable.”

“Estos diez años resplandecieron en sus espíritus como un solo momento y todas las montañas de Grecia fueron iluminadas, súbitamente inundadas, se dijo, por un sol que anunciaba la gran nueva.”

“Los siglos han pasado, pero Helena, inmortal, vive en las canciones, tiene su sitio a la mesa de los señores y en las reuniones de los pueblos. Por la noche, sube a las camas de los recién casados -pues es ella la verdadera, la eterna desposada- y todas las mujeres de Grecia se asemejan a ella.

“¡Es la novia de los griegos!”

Después, el segundo griego debió de hablar al asiático de la siguiente forma:

Segundo griego: “¡Los dioses sean loados! Antes de que esto conmoviera nuestro canto, Helena no era más que una sombra entre las demás mujeres, Sin ninguna esperanza de inmortalidad en esta tierra. Se paseaba por el cañaveral del Eurotas, se sentaba delante del bastidor, daba órdenes a las criadas, subía y bajaba los peldaños del palacio, igual que una sombra. Habría muerto como todas las demás mujeres y no habría quedado nada de ella.

“Pero de pronto pasó el poeta y su canto, levantándose como el mar, se la llevó.”

“He aquí como nosotros damos cuerpos a las sombras. He aquí como nos hacemos más fuertes que la vanidad de la vida.

“Toda la tierra, ascetas, se me aparece como una Helena, sumergida en las lágrimas y en los juegos, humeante al salir de su baño, inclinada, sigue a un hombre, el más fuerte y, mientras levanta su pie, su pequeño talón brilla, cubierto de sangre, como el de la Victoria.”

“Toda la vida, ascetas, es una sombra y solamente el hombre fuerte, por el combate y por la sangre, puede hacerla su esposa y fecundarla.”

Y el monje budista debió de contestar mientras sonreía irónicamente:

El asceta: “Por el combate y por la sangre, caéis todavía más irremediablemente en la trampa del Maligno. La verdadera Helena, sabedlo bien, no es más que una sombra en la gran frente de lo Inexistente.

“¡Oh vanos sueños de un espíritu ebrio y extraviado! ¿Hasta cuándo os enredaréis en pequeñas cuitas y os contentaréis con fáciles alegrías? ¿Hasta cuándo os retorceréis como escorpiones entre las pinzas de amor y de muerte de la tierra, el gran Escorpión?

“Levantaos, expulsad a la pesadilla de la vida, despertaos, desarraigad el deseo, arrancad los corazones, gritad: “ ¡No quiero más!” Venid, os confundiréis con la tierra, con la buena lluvia, con el viento sagrado. Os extenderéis al pie de los árboles, entraréis de nuevo en el seno de la tierra. Regresaréis a vuestra patria”.

Y el primer representante de Grecia debió de contestar:

El primer griego: “Oigo a toda la tierra, montañas, ríos, árboles, animales, que me grita: “¡Dame un rostro, pues no quiero desaparecer! Mírame: ¡quiero vivir!”

“Cuando estoy sobre la montaña y miro las ruinas desde lejos, oigo un gran clamor que se levanta por encima de los mármoles como si en sus entrañas de piedra se encontraran dioses y hombres extendiendo sus brazos en súplica para que yo los libertara.

“Vosotros, los ascetas, os cruzáis de brazos y, ociosos, pensáis…” ¡Helena no existe, Helena no existe! Pero nosotros, los griegos, advertimos profundamente que Helena significa: luchar por Helena.

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