La trama del fusilamiento de Dorrego

¿Por qué fue fusilado Manuel Dorrego aquella mañana del 13 de diciembre de 1828? ¿Cómo fue posible que el ejército que comandaba Juan Lavalle fuera derrotado por el alzamiento que protagonizaron sectores de la sociedad rural bonaerense? ¿Cuáles fueron sus implicancias y consecuencias?

Por Raúl Fradkin

Estas y otras preguntas han preocupado desde entonces a nuestra historiografía y miles de páginas se escribieron al respecto. Sin embargo, apoyándose en las más recientes investigaciones históricas que renovaron por completo los conocimientos disponibles sobre la economía, la sociedad y la política de esta convulsionada época, este libro intenta develar aspectos muy poco conocidos.

El lector podrá incursionar en este enigmático y multifacético fenómeno social y acercarse a las motivaciones y a las formas de acción que desplegaron sus protagonistas.

Concentrándose en cómo vivió la sociedad bonaerense las pasiones que desataba la lucha política se podrá tener una idea mucho más clara de ese alzamiento rural que cambió el rumbo de la historia.

Introducción

Cuando Gregorio Aráoz de Lamadrid regresó a Buenos Aires en marzo de 1828 no encontró sencillo tener una vida normal. Para ser sinceros, habría que decir que nunca había tenido una vida tranquila.

Pocos, muy pocos en esa época deben de haberla tenido. Por cierto, y aun cuando no hay dos vidas iguales, el itinerario de Lamadrid estuvo signado —como el de muchos otros— por la revolución. Este tucumano había nacido en 1795 en el seno de una de esas familias destacadas de las ciudades coloniales que gustaban identificarse como la "gente decente", el pequeño grupo de familias notables y destacadas que regían el destino de la población. A Lamadrid, como a otros jóvenes de esa pertenencia social, le esperaba una vida dedicada al comercio y un ascenso en la burocracia si tenía la suerte de conseguir un buen matrimonio; de lo contrario, sólo quedaba el clero o, en su defecto, quizás algún rango en la milicia. Pero con la revolución todo cambió, desde que en 1811 se incorporó al ejército y, desde entonces, no dejó de vivir en continua agitación.

La carrera militar le prometía nuevos e impensados horizontes sobre todo si le permitía abrirse paso en la política, pero estaba llena de azares e imprevistos.

Así, Lamadrid, como tantos otros oficiales, vio que su futuro se tornaba aun más incierto cuando después del convulsionado año 1820 fue pasado a retiro. La cantidad de oficiales que se habían forjado en los ejércitos de la revolución era desmesurada para las escasas oportunidades que tenían en la mucho más reducida fuerza militar que requería el estado de Buenos Aires, que se estaba formando. Y, sobre todo, para sus arcas.

Igual que otros oficiales Lamadrid intentó rehacer su vida y se puso al frente de una estancia en Buenos Aires, en el partido de Monte, pero al poco tiempo ya estaba entremezclado en nuevas luchas, esta vez contra los indios. Tiempo después se reintegró a las filas y fue enviado al norte, donde se le encomendó reclutar tropas para el ejército que debía marchar a la Banda Oriental. Sin embargo, Lamadrid terminó haciéndose elegir gobernador de su provincia natal en 1825 (como lo había sido hasta poco antes su tío Bernabé Aráoz). Otra vez, la guerra y la política le brindaban una nueva oportunidad y se convirtió en uno de los principales apoyos en el interior del presidente unitario Bernardino Rivadavia, que gobernó el país entre febrero de 1826 y julio de 1827.

Aunque Lamadrid era ajeno a la elite de Buenos Aires, de algún modo logró insertarse en ella a través de su matrimonio con la hija de José Miguel Díaz Vélez, miembro de una importante familia con propiedades extensas en esta y otras provincias y muy cercano a los círculos que por entonces gobernaban.

Tres años habían pasado y Lamadrid regresaba a una Buenos Aires en la cual la situación política había cambiado por completo. Ya no estaban en el poder los amigos de su suegro y ni siquiera existía más ese gobierno efímero. Por el contrario, ahora gobernaba la provincia
su más férreo adversario, el líder de los federales porteños, Manuel Dorrego. No sólo eran un viejo conocido de Lamadrid, con quien había compartido los avatares del Ejército del Norte, sino que, además, era su compadre. Sin embargo, la entrevista que mantuvieron lo desilusionó. Así deja ver, al menos, lo que relató Lamadrid en sus entretenidas e imaginativas memorias: "¿Y con trompetas como éste a la cabeza del Gobierno, pensaremos tener patria?", dijo haber pensado en ese momento. Pese a todo, las relaciones que tenía le permitieron sortear este frío recibimiento y terminó por ser reincorporado al ejército y agregado al estado mayor aunque, eso sí, sin mando de tropa.

La desconfianza de Dorrego hacia su compadre se justificaba y se extendía a toda la oficialidad del ejército que, mayoritariamente, era adicta a los unitarios. No se equivocaba. El 1° de diciembre de 1828 Lamadrid debió levantarse presurosamente ante las inquietantes palabras de su suegra: "¡Qué descansado está usted en la cama cuando todo el pueblo está en revolución!", cuenta que le dijo.

Los rumores que había escuchado los días previos se hacían realidad pues las tropas que, al mando de Juan Lavalle, regresaban de la recién finalizada guerra con el Imperio del Brasil acababan de sublevarse y habían depuesto al gobernador. Por suerte para Lamadrid, su suegro era uno de los ministros y, siguiendo su consejo, terminó por sumarse a los sublevados.

Dorrego no se rindió, escapó de la ciudad y logró reunir a las fuerzas que se mantenían leales para enfrentar al ejército unitario. Ambos bandos se enfrentaron en Navarro el 9 de diciembre y el saldo fue un triunfo completo de los sublevados. Pocos días después Borrego fue traicionado por algunos de sus oficiales y entregado al jefe insurrecto, quien, sin juicio ni sumario previo, dispuso su inmediato fusilamiento. Era el 13 de diciembre de 1828, un día que resultaría inolvidable.

Lamadrid fue uno de los testigos privilegiados de este dramático episodio. Y sus lazos personales lo pusieron en una situación bien problemática dado que era yerno de un ministro clave del gobierno de Lavalle y a la vez Dorrego era su compadre. No sólo de él: otro de sus compadres era Juan Manuel de Rosas, el comandante general de Milicias del gobierno de Dorrego y su principal apoyo para enfrentar a los sublevados. La situación de Lamadrid no era nada sencilla e intentó evitar la batalla que habría de librarse en Navarro a través de una fallida negociación con Rosas.

Más dramático aún fue su último encuentro con Dorrego. El prisionero le pidió que convenciera a Lavalle para que lo recibiera, pero sus esfuerzos fueron, otra vez, infructuosos. Y no debe de haber sido tarea sencilla llevarle la infausta noticia a su compadre, que le contestó: "¡Compadre, se me acaba de ordenar prepararme a morir dentro de dos horas! ¡A un desertor al frente del enemigo, a un bandido, se le da más término y no se le condena sin oírle ni permitirle defensa!". Luego de responder, Borrego escribió las cartas de despedida para su esposa, sus hijas y sus amigos más íntimos y entregóa Lamadrid su chaqueta encargándole que se la diera a su mujer."¿Tiene usted, compadre, una chaqueta para morir con ella?", le suplicó más que le interrogó el sentenciado. Lamadrid no pudo rechazar el pedido pero sí fue más firme para no aceptar otra petición que le hizo el condenado: acompañarlo ante el pelotón de fusilamiento y darle un abrazo antes de morir.

El dramatismo de la situación no puede ser obviado e ilustra con claridad la profundidad de las rupturas que los enfrentamientos políticos estaban generando en la trama más íntima de las relaciones tanto sociales como personales. Y la encrucijada de Lamadrid estaba lejos de ser única y excepcional. Su suegro, José Miguel Díaz Vélez aunque era uno de los ministros designados por Lavalle, no dudó en escribirle para comunicarle que el cónsul norteamericano estaba dispuesto a facilitar la deportación del gobernador —el mismo plan que Dorrego imaginó y le propuso a Lamadrid—. En una carta a Lavalle se lo recomendó afirmando que "esto es digno, más que fusilarlo, aun después de un juicio muy dudoso, si se han de consultar los ápices de la justicia". No era fácil su situación para quienes como él se reconocían, aun en esas dramáticas circunstancias, como "amigo suyo y de Dorrego".

Unitarios contra federales. Federales contra unitarios. Hemos escuchado y leído tantas veces este violento enfrentamiento que es imposible no pensar en que se trataba de dos bandos claramente diferenciados y opuestos. Con lo que hasta aquí hemos visto, ya podemos advertir que las cosas fueron bastante más complejas. En este sentido conviene recordar que las vidas de Dorrego y Lavalle —los protagonistas por excelencia de ese dramático momento— tenían varios puntos en común. Ambos habían nacido en Buenos Aires, el primero en 1787 y el segundo diez años después. Ambos pertenecían a su elite aunque no a las familias más encumbradas. Ambos estaban en Chile cuando se produjeron los acontecimientos de 1810 y se sumaron a las fuerzas revolucionarias. Ambos ascendieron en el escalafón militar durante las guerras de la independencia, Dorrego en el Ejército Auxiliar del Perú y Lavalle en el de los Andes. Así, el enfrentamiento que protagonizaban en 1828 era el signo más claro del desgarramiento profundo que sacudía a la elite revolucionaria tras veinte años de revolución y guerra.

No extraña, entonces, que el trágico final de Dorrego se transformara en un episodio emblemático de la larga guerra civil en que había devenido la lucha por la independencia y que habría de enardecerla. No casualmente, todavía en 1998 Pedro Orgambide podía dar a conocer una novela que, justamente, se titulada Una chaqueta para morir, recuperando el extremo dramatismo del episodio que hemos relatado. No casualmente, una y otra vez, este momento emblemático fue visitado desde la literatura, la pintura, el teatro o el cine. No podemos aquí abundar en ello pero conviene recordar que este episodio fue elegido por Max Gallo para desarrollar el primer film de ficción de nuestra filmografía en 1909. Es imposible resumir las múltiples lecturas que habilitó esta muerte en nuestra literatura, sea en las páginas que le dedicaron Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento o Bartolomé Mitre en el siglo XIX como las que en el siguiente le destinaron Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato o David Viñas, para no traer a colación la vastísima producción historiográfica que se ha ocupado de la trayectoria y muerte de Dorrego.

Sin embargo, no por transitado el tema puede darse por definitivamente resuelto pues muchos nuevos interrogantes pueden formularse. Por eso conviene partir de un reconocimiento preliminar: la muerte de Dorrego impactó profundamente en la sociedad de la época, aun entre quienes simpatizaban en ese momento con Lavalle. Y, mucho más, entre quienes habían sido sus seguidores. Así, en poco tiempo se multiplicaron las coplas y los cielitos populares narrando su drama y clamando venganza.

Por supuesto que no era la primera vez que se aplicaba la pena de muerte, aunque, bueno es recordarlo, esta forma de castigo se había tornado mucho más frecuente durante los años revolucionarios.

Tampoco era la primera vez que un grupo político triunfante apelaba a un expediente tan drástico para acabar con un líder opositor. Por lo pronto, en 1810 la junta revolucionaria se había desembarazado de este modo de Santiago de Liniers, el líder de la reconquista de Buenos Aires en 1806, que para entonces se había convertido en el jefe de la oposición al gobierno revolucionario. Dos años después, el mismo final había tenido Martín de Álzaga, líder de la defensa de la ciudad en 1807, acusado de tramar una conspiración realista contra la revolución.

Ambos eran, sin duda, enemigos de temer, quizás los únicos que podían darles a las fuerzas contrarrevolucionarias un basamento popular. Pero ahora no se ajusticiaba a un enemigo de la revolución. Por el contrario, Dorrego era una figura que había acumulado indudables pergaminos durante la lucha independista y quien había ordenado su muerte, también. Sin duda, las trayectorias políticas de Liniers o Álzaga tenían poco que
ver con la de Dorrego pero, sin embargo, algo las unía y no era sólo el destino: los tres tenían, en su momento y a su modo, un enorme ascendiente en los sectores bajos de la sociedad y por eso eran tan temibles.

Después de matar a Dorrego los sublevados deben de haber pensado que su triunfo era completo.

En definitiva, se habían apoderado de la ciudad y del gobierno sin demasiada dificultad y en pocos días habían derrotado a las fuerzas leales al gobernador, lo habían apresado y ultimado. Sin embargo, lo que parecía un triunfo total se transformó en muy poco tiempo en una violenta confrontación política, social e interétnica cuando toda la campaña de Buenos Aires fue sacudida por un masivo alzamiento protagonizado por fuerzas heterogéneas. Buenos Aires vivía una situación inédita: la guerra civil había estallado en el mismo territorio bonaerense y emanaba de sus entrañas.

Diversos actores entraron a tallar decididamente en el desarrollo de la lucha política definiendo su rumbo y su desenlace y mucho de lo sucedido no estaba en los planes de los conjurados. La situación era completamente inédita, no tenía precedentes. No era semejante a lo que había ocurrido en 1820, cuando fuerzas externas a la provincia, aquellas encabezadas por los gobernadores de Santa Fe y Entre Ríos, Estanislao López y Francisco Ramírez, respectivamente, invadieron la provincia y acabaron con el Directorio. Ahora todo era distinto: se estaba frente a un violento enfrentamiento entre fuerzas sociales y políticas porteñas. Y era un enfrentamiento de una violencia y una masividad que nunca antes
se había visto.

De este modo, lo que parecía ser el triunfo completo de los unitarios, comenzó a revertirse. Y no faltó mucho tiempo para que los sublevados de diciembre quedaran confinados al recinto de la ciudad adquiriendo plena conciencia de su aislamiento social. Así, a mediados de 1829 Lavalle debió iniciar negociaciones de paz con Juan Manuel de Rosas, quien ya se había transformado en el líder del alzamiento rural. Largas y complicadas fueron estas negociaciones pero a fin de año daban un resultado palmario: la legislatura, aquella que había elegido a Dorrego como gobernador, era reinstalada y ahora elegía a Rosas convertido en el jefe indiscutido de la facción federal porteña. La historia de Buenos Aires —y del país que se estaba formando— entraba en una nueva fase.

La deposición y el fusilamiento de Dorrego fueron un punto de inflexión en el desarrollo de las luchas políticas posrevolucionarias y así quedó grabado en la memoria colectiva. Este libro busca ofrecerle al lector una mirada sobre este decisivo acontecimiento apoyándose en las investigaciones que han renovado en los últimos años el conocimiento de la sociedad y la política de la época.

Pero para nosotros este dramático suceso será sólo un prisma a través del cual considerar las razones que llevaron a tal exacerbación de la lucha política, a la irrupción de formas novedosas de movilización, a las tensiones sociales que se expresaron a través de la lucha de facciones y a las condiciones históricas que hicieron posible la construcción de un liderazgo caudillista y su misma naturaleza. Por lo tanto, nuestra atención estará focalizada en la dimensión más opaca y a la vez más compleja de esta historia: centraremos nuestra mirada en las formas de movilización tratando —hasta donde nos sea posible— de develar las motivaciones que permitieron ese fenomenal alzamiento rural que se convirtió para los unitarios en una hidra de múltiples cabezas que terminó por acabar con sus planes.

Sin ella es incomprensible el triunfo de Rosas y la hegemonía que ejerció durante dos décadas. Tras veinte años de inestabilidad política, Buenos Aires conseguía de la mano de Rosas forjar un régimen estable pero ese régimen era el resultado primordial de la más amplia e intensa movilización social y de la más decisiva intervención de los sectores bajos de la sociedad en la lucha política.

De ¡Fusilaron a Dorrego!, de Raúl Fradkin. Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 224 páginas.

Opiniones (3)
9 de Diciembre de 2016|13:08
4
ERROR
9 de Diciembre de 2016|13:08
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. nos hubiésemos ahorrado si el fusilado hubiera sido Rivadavia. Ahora: Porqué la letra B de Borrego a Dorrego? Las letras están muy separadas para que sea error de tipeo. Ruben Darìo. Excelente lo suyo. Mejor que la nota principal.
    3
  2. * ¿Qué pensaba San Martín sobre Rivadavia? O%u2019Higgins, en una carta que escribió en 1828 a San Martín define a Rivadavia, como «el hombre más criminal que ha producido el pueblo argentino», que San Martín, con motivo del fusilamiento de Dorrego, contestó de la siguiente manera: %u201CLos autores del movimiento del 1º de Diciembre,- se refiere al fusilamiento de Dorrego - son Rivadavia y sus satélites y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo al país, sino al resto de América, con %u201Csu infernal conducta.%u201D... ...%u201CEn nombre de vuestros propios intereses os ruego que aprendáis a distinguir los que trabajan por vuestra salud, de los que meditan vuestra ruina%u2026 _______________________________________________________________________________ * LA HISTORIA CONTINÚA... * Dorrego. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, en su breve gobierno de Provincia de Buenos aires, en su breve gobierno de 16 meses, suspendió el pago de los servicios de la deuda externa. El 1ª de Diciembre de 1828, estalló el motín liderado por Lavalle, y fue fusilado. http://www.elfaronacional.com.ar/cuadernos/cuaderno3.htm
    2
  3. domingo, diciembre 03, 2006 LA MASONERÍA INTRUMENTO LA MUERTE DE DORREGO LA MASONERÍA INTRUMENTÓ LA MUERTE DE DORREGO Por ENRIQUE PAVON PEREYRA. Al promediar el año 1828, con mayor precisión, inmediatamente después de la entrevista celebrada en Buenos Aires entre Borrego y Lavalle, se acordó la eliminación de Borrego. En rigor de verdad, la suerte del gobernador de Buenos Aires se trataba por cuerda separada desde comienzos de ese año en una casa particular donde trabajaba en permanencia un Consejo de Estado o Consejo de los Diez ,si hemos de dar crédito a lo que fluye de los documentos coleccionados y publicados por el señor Carranza. Aparecen como principales órganos de este comité semioficial del Gran Oriente don Salvador María del carril y don Juan Cruz Varela%u2014A la logia o %u201C Comité Revolucionario de los 19 %u201C , correspondió preparar y realizar el motín del 1º de Diciembre, Cfr. Vicente Fidel López: %u201C Historia Argentina %u201C, t, X, p. 368. ¿ Quiénes integraban este singular organismo ? . Hemos conocido por lo menos tres listas de desigual parentesco, confeccionadas por testigos de excepción como Iriarte, Manuel Moreno, Roxas y Patrón, Luis Borrego- y como indiscutido dirigente del cónclave el consular canónigo Dr. Agüero, en cuya casa de la actual calle Lavalle, entonces del Parque, se gestó la conspiración de 1º de Diciembre, bajo la inocente denominación de %u201C Club de San Roque %u201C. López, Saldías, Carranza , Zúñiga, Lazcano, Báez, y en general todos los autores desde Manuel Moreno en adelante, aluden la existencia de ese comité de ese Comité semioficial, al que es menester referirse, siquiera de paso, para dar a conocer a los lectores algunas características del avanzado proceso de la Masonería en estos enjuagues- En la reunión decisiva se aconsejó igualmente drásticas providencias contra Rosas, y entonces Gallardo propuso, apoyado por Nelly y los Varela, que la primera medida era capturarlo y fusilarlo en el mismo patio de la casa. Lavalle puso dique a esta proposición exclamando espontáneo ; %u201C ¡ Eso sería una canallada !%u201D. Transó en el caso de Dorrego, %u201C la cabeza de la hidra %u201C, sobre cuya eliminación %u201C ya hemos estado de acuerdo %u201C antes de ahora, como se dice en la carta de Del Carril a Juan Lavalle. Todas las piezas de Del Carril, Varela, Alsina y de Agüero fueron legadas a la posteridad por el propio Lavalle, luego de enseñárselas a Rosas , cuando ambos conferenciaron en Cañuelas. Rosas destruyó la carta de Agüero, en homenaje a la investidura de este último.- en conexión con los propósitos británicos de neutralizar el Río de la Plata . Así es posible establecer que fue en la reunión de emergencia, celebrada al mediodía del 30 de noviembre, que se decidió sacar de escena a Dorrego, y donde quedaron superados los último escrúpulos que pudo oponerse el general Lavalle, en la tenida , Rodríguez declinó la presidencia de la reunión de los legistas en Agüero, contándose entre los asistentes a Del Carril Varela, Gallardo, Díaz Vélez, el general Martín Rodríguez ensombrecido por el odio mortal que profesaba a Dorrego y que ocupaba el sitial de jefe militar ( Rodríguez ya mandó en 1822 al matón Soto a que %u201C despachara %u201C a Dorrego ) ; Alvarez Thomas, que redactaría los partes de Brown; el ex ministro Cruz, que fue el que persuadió a Correa : el cura Ocampo, el paraguayo Juan Andrés Nelly, que actuó como secretario de la tenida y que, posteriormente, redactó el acta en que Lavalle asumías la responsabilidad del fusilamiento del Jefe de Estado ; Zenón Videla, Valentín Gómez en representación de Rivadavia; el francés Varaigne, como cabezas principales, amén de los jefes militares recién llegados del Brasil, como Niceto Vega, Pedernera, Maciel, Medina, Smith, etc., existiendo dudas en cuanto a la presencia de Olazába Rojas, Thompson, Olavaria, envueltos en el vértigo de acontecimientos que no pudieron o no quisieron prever. José Britos del Pino manifiesta en su conocido %u201C Diario de la Guerra del Brasil %u201C; %u201C Casi todos los jefes del ejército eran correligionarios de Lavalle en política y, a más, unidos por los vínculos masónicos .%u201D. ( Continuaremos con la 2da Parte: Inglaterra y el %u201C Taller de América %u201C. El Director.) http://cristiandadypatria.blogspot.com/2006/12/la-masonera-intrumento-la-muerte-de.html
    1
En Imágenes
15 fotos de la selección del año de National Geographic
8 de Diciembre de 2016
15 fotos de la selección del año de National Geographic