Tres mil ovejas, de Ignacio Padilla

Quienes ese verano me vieron correr a orillas del Cantábrico no perdieron la ocasión que luego les dio la prensa para elaborar las teorías más disparatadas respecto de lo sucedido: un escándalo, dijeron, de esos que a nadie importan en estos pueblos donde todos ignoran qué es el bálsamo de Fierabrás del que dicen que hablé en mi arranque de locura.

-Ignorantes, doctor, son todos unos ignorantes sabihondos como aquel imberbe estudiante de medicina que se albergaba en el mismo hotel que yo cuando perdí el control o bien, una pareja de turistas canadienses, que días antes del suceso tuvieron la desgracia de encontrarme en el bar de un hotel leonés e insinuaron en mal español un improbable desengaño amoroso musitado por mí a la sombra de cinco martinis (Sseooor venteru, póngale otro bálssamo a estos señores tan simpáticos) un bálsamo que habría hecho también las delicias de aquel viejo académico con quien intercambié palabras en un café de Salamanca. Fue él, doctor, quien luego telefoneó a la policía asturiana para sugerir:

-Ese hombre estaba mal de acá, señores, añadiendo luego que mi arrebato frente a aquellas tres mil ovejas sólo podría interpretarse como un curioso proceso de quijotización una qui-jo-ti-za-ción, volvió a decir cuando la policía no dio muestras de entenderle.

Bien es verdad, doctor, que todas estas teorías se encuentran matizadas por las deformaciones de los varios testigos, ya sabe usted, la verdad de las mentiras, como dijo el académico, quien la posible relación entre mi psicosis de lector de Don Quijote y las tres mil ovejas que, con ocasión de una feria en San Lorenzo, surcaron la península justamente durante el accidentado plazo que duró.

-El viaje de aquel hombre hacia la monomanía como dijo luego un articulista de Oviedo, un tal Sansón Carrasco, un seudónimo, desde luego qui-jo-ti-za-ción, he dicho, o quizás también, a juzgar por los datos proporcionados más tarde por la agencia donde preparé mi viaje, convenga atribuir los hechos a uno de esos juegos con los que la suerte suele espantar el aburrimiento de nuestras tardes de agosto en estas tierras donde nadie ha leído las desventuras de don Quijote, caballero de tan triste figura como la que yo mismo fui adquiriendo a medida que me aproximaba al mar:

Las cosas, doctor, debieron comenzar en aquella velada nocturna en Salamanca donde dirigí al académico algún comentario sobre la obra maestra del Manco de Lepanto, misma que el viejo recordó días más tarde en su charla con la policía  (-Póngale un bálsamo, amigo ventero, a este viejo tan simpático) este académico aseguró también a la policía que era abstemio y amigo entrañable de Torrente Ballester, tan abstemio que al día siguiente de nuestro encuentro despertó temprano sólo para encontrarse de nuevo conmigo, para verme soportando la lucidez opacada por un amasijo de tics que el viejo, a pesar de la evidencia, no quiso atribuir a la resaca, sino a un curioso proceso de quijotización sobre lectores voraces que nos lanzamos sin pudor a contarle entera nuestra historia a un desconocido en cualquier café de Salamanca:

-Mire usted, señor mío. Desde niño padezco un insomnio irremediable. Porque mi madre, enfrascada siempre en sus cosas, no se ocupaba nunca de apaciguarlo. De modo que en la adolescencia tuve que ahuyentar mi soledad nocturna con la lectura del Quijote, lo único que vale la pena en la obra de Cervantes, con perdón, señor. A lo que dicen que añadí que fue precisamente por insominio que la noche anterior, después de abandonar al académico, cometí la imprudencia de sustituir mi acostumbrada lectura del Quijote por el antiguo remedio de contar ovejas.

-Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir  mas no habría contado unas 200 cuando sentí que el rebaño se negaba a permanecer dentro de mi sueño y me desbordaba en millares de bestias algodonosas que balaban por mi habitación, doctor, con un ruido de 3.000 demonios que me obligó a abandonar el lecho buscando el aire fresco de la noche, y entonces, sólo abrir la ventana, vi el rebaño de mis pesadillas-

-Vuélvase, ¡desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? ¡Un rebaño de verdad, doctor, como en el Quijote! Yo al académico y el académico a la policía, orgulloso de haber descubierto un caso de quijotización, por lo que en ese momento no supo responder a mis intimidades más que con una sonrisa complaciente, mientras una lógica asociación de ideas le llevaba a recordar la batalla bovina del capítulo XVIII de la Primera Parte. Mire usted que no hay gigante ni caballero alguno.

Un conflicto que, por otra parte, sólo podía ser la pugna de mi cerebro aprisionado entre la sinrazón y la cordura, peregrina sinrazón que el académico juzgó más bien de divertida, pues también don Quijote deliró por obra de un rebaño y se las arregló para vencer al ejército de Alifanfarrón, para mayor gloria de Pentapolín.

Buena carne de fiscal habría sido esta última confesión del académico si al final yo hubiese muerto en San Lorenzo, pero puesto que las cosas no han pasado de un par de muelas perdidas, no habrá nunca quien pueda condenar a aquel anciano como incitador intelectual de los sucedido.

Como dijo o escribió el alcalaíno, cuyo espectro quijotesco, justo es decirlo, estaba arraigado en mi mente enferma desde mucho antes de aquella tarde salmantina. De otra forma, doctor, mi transformación habría sido tan inverosímil como un gigante transformado en cuero de vino,

-Señor ventero, póngale otra copa a este gigante tan simpático otra copa de vino o de martini, que vienen a ser lo mismo cuando se trata de culpar a encantadores o a la lectura o al azar, en suma, que seguirá siendo el autor intelectual de mi historia, como lo demuestra el hecho infausto de que mi siguiente escala fuese el castillo de Fernando II, cuya imponente Torre del Caracol debió alimentar mi manía quijotesca, y tanto, que ya para entonces traté al gerente de castellano y dirigí al botones un rapapolvo que más bien parecía dirigido a Sancho Panza pues
...luego que vio la venta se le representó que era un castillo

Aunque no fue allí sino en León donde descubrí que las tres mil me aguardaban con bovina paciencia a orillas del Bernesga. Fue allí donde los canadieneses creyeron ver en mí algo como un desengaño, lo cual, doctor, debió de ser porque en ese preciso instante me lancé río abajo en pos de una pastora a quien declaré mi amor.

-Reina y princesa y duquesa de la hermosuratra, su altivez sea servida de recebir en su gracia y buen talante al cautivo caballero vuestro cuya respuesta fue la risa de los pastores arriando a las ovejas para que riesen con ellos, doctor, y la pastora tratándome con un despecho que yo bañé en un penitencial llanto de martinis ante los ojos de la pareja canadiense y así, de esta suerte preso entre las paredes del insomnio que me siguió provocando el rebaño, llegué hasta el mar y divisé la polvareda de mis lanosos ejércitos pastando al fin cerca de la playa. Fue allí, donde el estudiantillo pudo verme para extraer luego la más precisa descripción de mi último estallido: aquel loco, dijo, leía tranquilamente su Quijote cuando de pronto sintió de nuevo la presencia de las ovejas que avanzaban por la playa como en una pesadilla. Entonces, sin tiempo ni fuerzas para detenerme, el estudiante me vio arrojar el libro, desnudarme y lanzarme furibundo contra las huestes de Alifanfarón.

¿Adónde estás, soberbio Alifanfarón? Vente a mí, que un caballero solo soy...  para que unos instantes más tarde lloviesen sobre mí imprecaciones en repuesta al denuedo de quien alanceaba ovejas como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Vuélvase vuestra merced, señor Don Quijote, que son carneros y ovejas.

El estudiante a mí mientras me llovían moros y mojicones, y luego otra lluvia, esta vez de piedras con las que los pastores comenzaron a saludarme hasta que una peladilla de arrollo le sepultó dos costillas en el cuerpo y le dejó entre muerto y malferido sobre la playa de San Lorenzo, donde corrió la voz de alarma y los agresores fueron arrestados y luego liberados con el salvoconducto de estar defendiendo a sus ovejas, mientras que yo, con la mirada aún detenida en mis tres mil ovejas, era conducido por los encantadores a este hospital tan simpático, donde al fin pude dormir el sueño de mi infancia cuando un hada blanca y maternal, compadecida al fin de mis soledad y de mis insomnios.

-Póngale un martini esta hechicera tan simpática, doctor me eximía de contar ovejas inyectándome el dulcísimo e intravenoso bálsamo de Fierbrás.

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