Marcel Duchamp o el arte de vivir

Luego de su muerte en 1968, la obra e influencia de Duchamp, a quien André Breton consideraba "el hombre más inteligente del siglo XX", no dejaron de imponerse en el arte contemporáneo. Del futurismo al cubismo, del Dadá al surrealismo, su arte acompañó las grandes aventuras estéticas del siglo.

Por Bernard Marcadé

Fue sobre todo a partir de los años ´60 que su obra se impuso como fuente insoslayable para las jóvenes generaciones. Mucho es lo que se ha escrito sobre Marcel Duchamp, mucho lo que se ha observado a propósito de sus obras y sin embargo, el interés por su vida ha sido escaso.

Henri-Pierre Roché escribió, en este sentido, que “la obra más hermosa de Marcel Duchamp [fue] el empleo de su tiempo”. La presente biografía desarrolla esta hipótesis, con la fuerte convicción de que la observación detallada de la vida de Marcel Duchamp permite un acceso privilegiado a su obra. Por medio de su vida, hecha de una multitud de reencuentros, secretos y resurgimientos, asistimos a la elaboración de un verdadero arte de vivir.

El mito, iniciado por Breton, de un Duchamp que abandona la partida del arte a favor de “una partida interminable de ajedrez” corrobora el aura de un artista cuya vida y obras estuvieron dedicadas exclusivamente a la paradoja y la elegancia.


Duchamp, el "anartista"

(...)

Así como Picasso perpetúa en este siglo la figura demiúrgica del artista inaugurada en el Renacimiento, a Duchamp le toca ser el modelo del artista contemporáneo. Son innumerables los procedimientos artísticos de la segunda parte de este siglo que se deben a su obra (Pop Art, Nuevo Realismo, arte corporal, arte conceptual, etc.).

Picasso no se equivocó al respecto. En ocasión de la muerte de Duchamp, declara a Hélène Parmelin a propósito de los artistas contemporáneos: "Saquean del local de Duchamp y le cambian los envoltorios".

Hoy, el nombre de Duchamp es sinónimo de radicalidad estética. Es decir, el artista es considerado a la vez como el heraldo de la aventura moderna, principalmente a través de la invención del ready-made, y como el gran responsable de las andadas contemporáneas del arte. En ese sentido, la Fontaine [Fuente] en forma de mingitorio, que Duchamp intentó exponer en el Salón de los Independientes de Nueva York en 1917, puede ser considerada el emblema de dicha radicalidad. Cuando Duchamp decide "abandonar" la pintura en la década del diez, su gesto opera una fractura radical en la modernidad.

De la invención del ready-made a sus búsquedas ópticas, de la gran maquinaria visual del Grand Verre [Gran vidrio] a su última instalación (Étant donnés… [Considerando…]),  elaborada en el mayor de los secretos durante veinte años, Marcel Duchamp nunca dejó de imaginar una obra en los límites del arte y la vida. El mito, iniciado por Breton, de un Duchamp que abandona la partida del arte "por una interminable partida de ajedrez" está allí para corroborar el aura de un artista cuya vida y obra siguen estando consagradas por completo a la paradoja y la elegancia. Desde la exposición del Centro Pompidou, el interés por Marcel Duchamp ha crecido aún más. Su influencia actual supera ampliamente las fronteras del arte occidental.

Mucho se ha escrito sobre Duchamp, mucho se ha glosado sobre sus obras, pero se ha prestado muy poco interés a su vida. Hasta hoy, sólo existe una biografía de referencia, escrita en inglés. Por supuesto, es menester mencionar la obra pionera de Robert Lebel y el extraordinario trabajo de Jennifer Gough-Cooper y Jacques Caumont, quienes, durante décadas, se dedicaron a establecer escrupulosamente el calendario de las acciones del artista. La empresa, publicada en el catálogo de la retrospectiva de Duchamp en el Palazzo Grassi de Venecia en 1993, resulta una base de datos indispensable, pero no por eso constituye una verdadera biografía.

Henri-Pierre Roché escribió una vez que "la obra más bella de M. D. [era] el empleo del tiempo". El presente libro desarrolla esta última hipótesis, con la firme convicción de que el examen detallado de la vida de Marcel Duchamp provee un acceso privilegiado a su obra. Cuando Duchamp define el ready-made como "una suerte de cita", pone en evidencia la importancia de los acontecimientos de la vida cotidiana (así sean mínimos o irrisorios) en la concepción de sus obras. Los elementos biográficos en juego no dibujan aquí simplemente el fuera de campo anecdótico y periférico de las obras, sino que constituyen, a modo de biografemas, dato esenciales de ellas.

A lo largo de numerosas entrevistas, Duchamp habló bastante sobre su vida. A través de sus comentarios, siempre muy cáusticos, se dibuja una verdadera filosofía, un auténtico arte de vivir. "Gracias a mi suerte –le confió a Pierre Cabanne– he podido capear la tormenta. En un determinado momento, comprendí que no había que cargar la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas para hacer, eso que llaman una mujer, hijos, una casa de campo, un automóvil. Y felizmente lo comprendí bastante temprano."

"Reducir sus necesidades. Poseer lo mínimo posible, a fin de seguir siendo en verdad libre. Tales son sus principios diogesianos." Esta observación de Henri-Pierre Roché pone de relieve que la ambición del artista supera ampliamente el mero dominio del arte. "He querido servirme de la pintura, servirme del arte como para establecer un modus vivendi, una suerte de modo de comprender la vida, es decir, probablemente, de intentar hacer de mi propia vida una obra de arte, en lugar de pasarme la vida haciendo obras de arte en forma de cuadros, en forma de esculturas. He pensado, lo pienso ahora [estamos en 1966], no lo había pensado mientras lo hacía, que uno podía ocuparse muy bien de su vida, es decir, de su manera de respirar, su manera de actuar, su manera de reaccionar con los individuos, uno puede tratar eso como un cuadro, si usted quiere, como un cuadro viviente, un cuadro, incluso como un cuadro de cine…".  "Soy mi propio ready-made vivo", dirá también en otra ocasión.

La vida de Duchamp constituye un testimonio particularmente esclarecedor de la vida artística e intelectual del siglo XX. Sus encuentros (en el París de principio de siglo, en la Nueva York de los años veinte y de la Segunda Guerra Mundial), sus idas y venidas permanentes entre Europa y el Nuevo Mundo, sus relaciones y colaboraciones (Apollinaire, Brancusi, Man Ray, Picabia, Breton, Satie, Cage, etc.), incluso sus amores (Mary Reynolds, Maria Martins, Teeny Matisse), contribuyen a trazar un cuadro completo de la situación de la vanguardia internacional de la que él mismo es una de las figuras sobresalientes.

Más allá de interpretaciones y exégesis, el objetivo de este libro es mantenerse lo más cerca posible de las vueltas y recodos de una vida llena de paradojas y repercusiones, de dar cuerpo (físico, sensorial y existencial) al pensamiento visual de Duchamp, demasiado comprometido a menudo con la ideología a la vez renacentista y modernista de la cosa mentale. El arte de Marcel Duchamp es considerado "inteligente"; seguramente es por esta razón que su obra suscitó (y aún suscita) gran número de escritos de carácter teórico. Ahora bien, paradójicamente, el artista siempre ha desconfiado de los enfoques "intelectuales". Sin encerrar a Duchamp en una lectura psicológica (o psicoanalítica), nuestro punto de vista está centrado en la propia personalidad de aquel que declaraba: "Me gusta más vivir que trabajar. No considero que el trabajo que hice tenga importancia desde el punto de vista social en el porvenir. Entonces, si usted quiere, mi arte sería vivir; cada segundo, cada respiración es una obra no inscripta en ninguna parte, que no es ni visual, ni cerebral. Es una suerte de euforia constante".

Gran admirador del pensamiento de Max Stirner (El único y su propiedad) y de Paul Lafargue (El derecho a la pereza), Duchamp construyó su vida en los límites de las categorías y de las matrículas imperantes, no como un artista o un anarquista, sino como –retomando el neologismo que solía emplear– un anartista. Por supuesto, la elegancia distanciada de Duchamp, al igual que su arte de "meterse sin comprometerse con alguien" (Sanouillet), dan muestras del dandismo, pero también de esta gracia desenvuelta (de esta sprezzatura) que Baltasar Castiglione califica como expresa cualidad del hombre del Renacimiento. Pero el dandismo de Duchamp también es un modelo propio. Libertad de indiferencia y cointeligencia de contrarios son las herramientas singulares y autónomas de un inédito modo de ser en el mundo y en las cosas. "[Duchamp] se pasea por el mundo como un zahorí inocente –escribe Henri-Pierre Roché– y encuentra, provoca, inventa nuevos manantiales."

La última nota hallada entre los papeles de Duchamp luego de su muerte representa, por sí sola, todo un programa: "La vida a crédito". Hay que entender esta fórmula (que invierte el título de una novela de Louis-Ferdinand Céline) en todos sus sentidos, desde el más económico hasta el más moral. En efecto, el arte de vivir de Marcel Duchamp será desprenderse de todas las vicisitudes sociales (vivir "como inquilino") otorgándole subrepticiamente a su obra una disponibilidad para la mirada de los otros. "El silencio, después de todo, el público siempre puede tomarlo. […] El silencio es la mejor producción que se puede hacer: uno no lo firma y todo el mundo saca provecho de él."

De Marcel Duchamp, de Bernard Marcadé. Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2008.

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