Rusia y sus imperios

Los avatares de la nación rusa a lo largo de las dos guerras mundiales, la Revolución de Octubre, la tragedia del Gulag, la guerra fría, la caída del comunismo, la desmembración de la URSS y los retos de la irrupción del capitalismo salvaje y de los nacionalismos más agresivos.

Por Jean Meyer

Esta documentadísima obra analiza la historia de Rusia de los últimos ciento diez años, los que van desde los años finales del zarismo hasta la actual y difícil consolidación de la democracia bajo el mandato de Vladímir Putin.

Sus páginas ponen de manifiesto las contradicciones de un país que, a caballo entre Europa y Asia, ha padecido el despotismo en todas sus manifestaciones, pero que también fue capaz de elaborar una elevadísima espiritualidad y en el que las formas de opresión despiadadas han convivido con la cultura más refinada.

El historiador Jean Meyer, un gran conocedor del mundo eslavo, narra los avatares de la nación rusa a lo largo de las dos guerras mundiales, la Revolución de Octubre, la tragedia del Gulag, la guerra fría, la caída del comunismo, la desmembración de la URSS o los retos de los últimos años, como la irrupción del capitalismo salvaje y de los nacionalismos más agresivos.

Junto al perfil de personajes clave del siglo xx, como Lenin, Stalin o Gorbachov, el autor traza un preciso cuadro de la evolución social, económica y demográfica del país, así como de su deslumbrante universo cultural.

Cuadro del Imperio de Rusia en 1904

¿Un Antiguo Régimen?


Según la "vulgata" histórica, una revolución siempre tiene su "Antiguo Régimen", un sistema pésimo que justifica todos los excesos de sus destructores, que explica su voluntad de "hacer del pasado tábula rasa", según los versos de La Internacional. La Rusia zarista es el Antiguo Régimen de la Revolución bolchevique, como el Porfiriato es el Antiguo Régimen de la Revolución mexicana.

Los dos siglos de la nueva Rusia, inaugurada por el reino de Pedro, pesan más en la balanza de la historia que los siete siglos anteriores, en ciertos aspectos. El siglo XVIII fue un periodo de crecimiento, de expansión, de enriquecimiento material y espiritual; preparó el siglo siguiente, que fue el gran siglo ruso, la "edad de plata" que dio a Rusia su personalidad, su configuración única entre las naciones europeas. Al mismo tiempo, esos dos siglos vivieron una alternancia de crisis y progreso, reformas y estancamientos, sin encontrar nunca un equilibrio que no estuviese amenazado. Nunca se borró el recuerdo del gran levantamiento popular de Pugachov en tiempos de Catalina, nunca se olvidó la revolución pasada, la de Pedro, ni el presentimiento de una revolución por venir, dirigida, según la profecía de Joseph de Maistre, por "un Pugachov de universidad".

El reino del último zar, Nicolás II (1894-1917), ilustra todas las contradicciones, pero, para ser justos con la época, debemos olvidar que conocemos el desenlace, que lo conocemos como un "Antiguo Régimen", en consecuencia, condenado por el destino.

La población

Fieles a la idea de que la demografía es la base tanto del movimiento social como del movimiento económico, empezaremos por contar y situar a la población. La antigua sociedad rusa no se parece a ninguna otra, ni europea, ni americana, ni asiática. Sus problemas son euroamericanos: transición demográfica, revolución industrial, transformaciones políticas, pero se dan en un marco original.

La estadística demográfica rusa es tardía. Desde 1702 la Iglesia ortodoxa debe registrar nacimientos y defunciones; para las otras religiones, la obligación es aún posterior. De hecho, hay que esperar hasta 1843-1858 para que el imperio se dote de instrumentos estadísticos modernos, y hasta 1897 para tener el primer censo de toda la población del imperio. Fue el primero y el último. El siguiente es el soviético de 1926. En 1897 el imperio tiene 125,5 millones de habitantes, 116 si se excluye a Polonia y Finlandia. La natalidad es del 48 por mil, la mortalidad del 31 por mil. En la Rusia europea, dos hombres de cada cinco saben leer, y una mujer de cada cinco. La mayoría de los analfabetos son mayores; la instrucción se democratiza de manera que la mitad de los jóvenes campesinos sabe leer. Entre los obreros esa proporción sube a dos de cada tres.

Esa población crece rápidamente y alcanza los 173,5 millones en 1914. Los soviets heredarán el capital humano y la juventud de esa población. En 1914 una de cada tres personas es menor de edad. Esa aceleración del crecimiento se debe al descenso de la mortalidad. Los progresos de la salubridad no explican un fenómeno que se debe más bien a la desaparición de la hambruna. El ferrocarril (30.000 kilómetros en 1890, más del doble en 1914) permite la circulación de un trigo que aumenta en cantidad y calidad. Su producción progresa en un 80 por ciento entre 1898 y 1913. A pesar de las diferencias regionales, los rusos se alimentan correctamente en 1914, lo cual supone un progreso considerable.

Ese mundo que calificamos de vacío da en el campo, en la zona europea, una impresión de sobrepoblación. Un mal uso de la tierra provoca la saturación regional; sin embargo, en las regiones más pobladas existen amplias zonas vacías. El reparto de la población no es nada homogéneo.

La Rusia europea se divide en tres regiones naturales determinadas por el clima (por la latitud). Al norte la zona del antiguo bosque, en el centro las tierras negras y fértiles, al sureste las estepas. En el norte, en el bosque de Moscovia, región del Alto Volga y del Alto Dniéper, se constituye la sociedad moderna. En 1914 esa zona concentra 100 millones de habitantes, la décima parte al norte del paralelo 60. La mayoría de la población es rural, por más que Moscú y San Petersburgo crezcan rápidamente, y vive en pueblos alejados unos de otros. La densidad varía de 20 habitantes por kilómetro cuadrado en el distrito muy pobre de Minsk, hasta 50 en la provincia de Moscú. Las tierras son pobres y están mal distribuidas, por lo que los campesinos nutren una fuerte emigración hacia el sur, hacia Siberia y hacia las ciudades (sin contar América).

Las tierras negras entre el Dniéster y el Volga conocen, gracias a su fertilidad, densidades muy altas -de 75 a 90 habitantes por kilómetro cuadrado alrededor de Kíev, que es la densidad rural más alta del imperio-. Kíev es el único centro urbano y las tensiones sociales son fuertes en esa región de colonización reciente.

Las tierras grises de las estepas no son malas, pero el problema de la sequía es recurrente. La colonización no tiene ni un siglo y muchas tierras siguen baldías, mientras que las industrias crecen como hongos entre el Don y el Dniéster.

Por lo reciente de su poblamiento, es la zona más equilibrada del imperio, con un 25 por ciento de habitantes en ciudades y siete ciudades con más de 100.000 habitantes; la densidad rural oscila entre 30 y 60 habitantes por kilómetro cuadrado, por lo que la región sigue atrayendo a los inmigrantes.

Los 32 millones de personas que no viven en Europa se reparten casi por tercios entre el Cáucaso, Asia central y Siberia. El Cáucaso es un mosaico étnico, cultural, religioso, conquistado a duras penas a lo largo de los últimos 120 años. La guerra de Chechenia sigue presente en todas las memorias. Zona antigua y densamente poblada, no se presta a la inmigración rusa. La conquista de Asia central acaba de realizarse y el imperio practica una política de colonización demográfica sistemática. Así, entre 1900 y 1914 dos millones de rusos y ucranianos se instalaron en el valle del río Sir Daria. La naturaleza siberiana es más favorable a la agricultura, y los recursos naturales, bosques y minas sobreabundan. El obstáculo es la distancia, que el ferrocarril empieza apenas a vencer. Hacia 1890 Siberia no recibía más de 30.000 colonos al año, de los cuales la tercera parte moría en el primer año. El Transiberiano, construido entre 1891 y 1907, cambió la situación y permitió la salida de 500.000 colonos al año. Entre 1900 y 1914, 7,5 millones de rusos y ucranianos emigraron hacia el este, pero en el mismo tiempo la población creció en 38,5 millones.

Con esas cifras todo está dicho. Tal crecimiento, aunado a una geografía demográfica que concentra en exceso la gente en dos provincias rurales de Europa, explica el problema mayor de la sociedad. Europa noroccidental había conocido un problema muy semejante en el siglo XVIII, que la emigración hacia América o hacia la nueva Rusia no había podido resolver. La revolución industrial, con la concomitante urbanización, fue la respuesta al reto. Para los economistas y políticos rusos de finales del siglo XIX, ese modelo parecía ofrecer una solución fácil, pero ¿estaba preparada la sociedad para realizar semejante mutación?

"Beati possidentes": los privilegiados

Son los ricos, los grandes propietarios, los banqueros, los industriales, los financieros, los grandes comerciantes; poco numerosos en total. Están lejos de formar un grupo social solidario y homogéneo. Por un lado está la nobleza, por el otro la muy reciente plutocracia.

Los grandes propietarios (un millón de personas, contando a sus familias), vencidos definitivamente por el zar en el siglo XVII, se habían refugiado en sus haciendas, lejos de la política. En 1861, la abolición de la servidumbre había quebrantado el sistema social tradicional y precipitado una crisis profunda, tanto para la nobleza como para el campesinado. Pocos hacendados fueron capaces de pasar a una agricultura moderna y la mayoría tuvo que resignarse a vender poco a poco sus tierras. En 1861 la nobleza tenía prácticamente toda la tierra que existía en propiedad privada; en 1916, de aquellos 120 millones de hectáreas no le quedaba sino la mitad.

Sin embargo, el cambio mismo empujó a la nobleza a reencontrar el camino de la vida pública; las reformas de 1860-1880 concedieron una gran importancia a las nuevas asambleas regionales: los zemstva (singular: zemstvo), dominados por la nobleza provincial. Hasta 1905, hasta el gran susto causado por aquella revolución, esos hacendados eran reformistas y manifestaban su simpatía por la oposición moderada, partidaria de un régimen constitucional. Después de 1905, sólo una minoría permanece fiel a esas ideas, apoyando al Partido Constitucional-Demócrata (KD), mientras que la mayoría se alinea tras el zar. En conclusión, la nobleza terrateniente no representa una fuerza importante.

A su lado existe la nobleza llamada de servicio, estructurada por Pedro el Grande en los famosos 14 rangos del Chin (la jerarquía). Los funcionarios de cierto rango reciben automáticamente un título de nobleza hereditario. Es una nobleza abierta, de modo que un hijo de campesino puede integrarse en ella. Así, los hacendados desprecian a los que consideran pseudonobles. En 1897 hay 400.000 funcionarios. Francia tiene 1,2 millones para menos de 40 millones de habitantes. Se habla mucho, y mal, de la burocracia zarista, del peso del Estado ruso. En verdad, hay que reconocer que el Estado tiene muy pocos funcionarios y les paga tan mal que no puede contar con su lealtad.

¿Existe una burguesía? Apenas. Algunos grandes capitalistas, muchas veces extranjeros o rusos de la primera generación, controlan la industria y el mercado después de haber eliminado a las pequeñas empresas a finales del siglo XIX. La aceleración de la industrialización acaba de arruinar a los pequeños industriales y comerciantes. Esa elite del dinero vive a la hora que marcan Berlín, Londres y París, igual que los grandes propietarios. Este cosmopolitismo arrebatado está hecho a la medida de la distancia que separa al pueblo de las oligarquías. En 1906, la Secretaría de Hacienda estudió los ingresos: 100.000 personas tenían unos ingresos anuales superiores a 1000 rublos; 800.000, superiores a 800 rublos. Según la misma fuente, se necesitaban 650 rublos para mantener a una familia "burguesamente". La inmensa mayoría de la población, incluso la pequeña clase media incipiente, quedaba por debajo de esa barrera.

La clase media o, mejor dicho, las clases medias, débiles y famélicas, oscilaban entre el radicalismo de derechas, nacionalista, antisemita, zarista, y el radicalismo de izquierdas. En expansión gracias a los notables progresos de la educación logrados por el Gobierno, ese grupo social no encontraba trabajo en las profesiones administrativas o liberales, ya saturadas. Entre 1894 y 1914 se cuadruplicó el número de alumnos de secundaria y se quintuplicó el de estudiantes universitarios. Podemos así hablar de una proletarización, hasta de una lumpenproletarización de las clases medias.

El clero no participaba más que la clase media en el universo de los privilegiados. El clero ortodoxo no tenía nada que ver con el clero privilegiado de los "antiguos regímenes" europeos. Para empezar, no poseía ni el 1 por ciento de la tierra rusa, y, aunque es cierto que el cristianismo ortodoxo desempeñaba un gran papel en la vida popular y que era inseparable del sentimiento nacional ruso, no sacaba grandes ventajas materiales de su estrecha unión (y sumisión) al Estado. Como institución, la Iglesia formaba parte del Estado (lo pagaría caro con el triunfo bolchevique), pero era pobre. Existía un clero "negro", de monjes muy respetados, y un clero "blanco", de sacerdotes miserables y despreciados. La palabra pope, que a los extranjeros les gusta usar en el sentido de "sacerdote", es un término despreciativo, hasta ofensivo. Ese clero secular estaba casado y era pobre. Vivía entre los campesinos y no tenía otro ingreso que la parcela que trabajaba personalmente, además de lo que podían y querían darle sus parroquianos, que era muy poco. Normalmente, el sacerdote era hijo de sacerdote, sus otros hijos huían a la ciudad y engrosaban las filas del proletariado intelectual. La policía zarista desconfiaba mucho, y con razón, de los "hijos de pope". Custine profetizó (1839): "Esos hombres empezarán la próxima revolución rusa". En 1914, el imperio contaba con un 71 por ciento de ortodoxos, 130 obispos, 50.000 sacerdotes y diáconos, y 84.000 monjes y monjas.

Clases trabajadoras, clases peligrosas

Los campesinos y la cuestión agraria

El problema principal para el poder siempre ha sido el orden en el campo, más que la agricultura, hasta 1894, cuando los asuntos rurales dejaron de depender del Ministerio de Gobernación y se creó el Ministerio de Agricultura. De aquí en adelante se trataría de poner la agricultura al servicio de la industrialización, tanto bajo la dirección del ministro desarrollista Witte, como bajo el poder bolchevique. Entre 1861 y 1905, el campesinado pagó al Estado, en forma de anualidades debidas a consecuencia de la emancipación y del reparto de 1861, 1570 millones de rublos que sirvieron, como los impuestos indirectos, para el financiamiento de los ferrocarriles y de la industrialización. Los intereses de los empréstitos extranjeros fueron pagados hasta 1914 gracias a masivas exportaciones de granos a precios competitivos, es decir, a expensas del nivel de vida del campesino.

El asunto agrario entre 1861 y 1914 se planteó en términos lógicamente maltusianos: adecuación entre la población campesina y la superficie que trabajaba, desde el momento en que la abolición de la servidumbre le había costado una importante disminución de las tierras que consideraba suyas. La urbanización principiante no frenó el crecimiento de la población rural. En 1913, los habitantes de las ciudades no formaban más del 15,5 por ciento de la población y cada año, en la Rusia europea, la población rural crecía en un millón. Rusia seguía siendo campesina en más del 80 por ciento y su problema mayor era el agrario.

Cuando en la segunda mitad del siglo XIX la población rural se duplicó, para subsistir tuvo que buscar ingresos fuera de la agricultura o la manera de comprar y arrendar tierras. Así, entre 1877 y 1905, los campesinos compraron 20 millones de hectáreas a los nobles, cuya propiedad pasó del 78 al 52 por ciento. Esa "hambre de tierra" de los campesinos disparó los precios tanto de la tierra como de su renta, y ese fenómeno no se frenó hasta 1914. Si se piensa que, por la misma época, la competencia internacional de los granos americanos rebajaba los precios de venta y que el crecimiento demográfico contribuía a depreciar los salarios rusos, se entenderá la dimensión del problema.

Desde la óptica maltusiana había tres soluciones. La primera, la del ministro de Hacienda, Serguéi Witte, era hacer de Siberia el equivalente del Oeste estadounidense: un frente de colonización agrícola, abierto por el ferrocarril y capaz de absorber a millones de emigrantes. Así fue, pero los 760.000 emigrantes de 1908 quedaban muy por debajo del crecimiento demográfico del mismo año: casi dos millones.

Otra alternativa habría sido aumentar la tierra campesina (o sea, afectar la gran propiedad) según el modelo irlandés: nacionalizar los latifundios superiores a cien hectáreas y repartirlos entre los campesinos en usufructo a largo plazo. Los nobles habrían recibido indemnizaciones, como ocurrió después de 1861. La tercera solución: disminuir la población agrícola al disolver la comunidad agraria; así, la privatización de la propiedad campesina fue adoptada en abril de 1906 por Piotr Stolypin.

En 1905, en la Rusia europea había 105 millones de hectáreas de labor para 115 millones de personas, y la situación de los campesinos, globalmente difícil, variaba según las tres grandes regiones. Los de la región boscosa habrían conservado el sistema de la comunidad (mir), con reparto periódico de las tierras de labor, según el tamaño de las familias. Los rendimientos agrícolas eran los más bajos de Europa y la vida resultaba miserable.

Las tierras negras rendían bien, por más arcaica que fuese la agricultura campesina. El peso de la comunidad era menor y ya no se practicaba el reparto periódico; a su vez, los progresos de la ganadería beneficiaban, vía la porcicultura, el consumo rural. La situación, sin ser buena, era mucho mejor y, por tanto, ese campesino era más inconforme que el del bosque, hundido en su miseria.

Los obreros

El obrero ruso acababa de nacer, pero aún no terminaba de nacer. Caía directamente de la comunidad campesina en la grande, en la enorme fábrica ultramoderna, técnicamente sofisticada. Eso provocaba un choque cultural y social, engendraba un auténtico sentimiento de enajenación que correspondía a una explotación desvergonzada. En el siglo XIX no existía el derecho de huelga ni de asociación, la jornada de trabajo no tenía fin (de 12 a 14 horas), y el sueldo era irrisorio y las multas frecuentes. No era sorprendente la frecuencia de los motines, que culminaban a veces en huelga, como en San Petersburgo en 1896 con los algodoneros. En 1905, eran 2,5 millones concentrados en las grandes ciudades, en enormes fábricas, verdaderos cuarteles de miles de obreros. El contacto entre el campo y la fábrica existía no solamente por los orígenes del obrero, sino también por la inestabilidad de su condición, pues apenas estallaba cualquier crisis la fábrica despedía masivamente; el obrero no había olvidado el campo y a veces lo recordaba con nostalgia. Los obreros de Moscú y San Petersburgo, y los mineros de Ucrania eran verdadera y definitivamente desarraigados; por su parte, los obreros de Kíev, Járkov y Tula llegaban de lejos y no conocían a los campesinos locales.

El crecimiento industrial, que se aceleró a partir de 1890, no necesitaba, por su modernidad misma, mucha gente. Entre 1890 y 1914 la producción de carbón se multiplicó por ocho y la de hierro, por cinco; sin embargo, los 2,5 millones de obreros de 1905 no eran más de tres millones en 1914, cuando el 75 por ciento de los obreros llevaba ya diez años en las fábricas. Ese proletariado todavía joven empezó a madurar y a tomar conciencia de sus problemas. El alza de los precios y el estancamiento de los salarios, entre 1905 y 1914, se agravaron por la competencia de la mano de obra barata de las mujeres y los niños.

De Rusia y sus imperios (1804-2005), de Jean Meyer. Buenos Aires, Tusquets, 2007.

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