Orlando Siliotti: "Quiero que mis alumnos sean libres"

El pintor, grabador y escultor mendocino habla de su personal modo de entender la vida del artista y analiza la profunda relación que lo une al deseo de romper los esquemas para construir una nueva mirada respecto del consumo del arte.

Por Gisela Carniello

Orlando Siliotti es un artista que conoce bien el oficio. Cursó la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Cuyo además de incursionar en numerosos cursos de Historia del Arte, pintura y grabado.

Viajero por naturaleza, ha sabido explotar al máximo su alma aventurera y ha dedicado gran parte de su vida a recorrer el mundo. Europa, Centro América y sobre todo México han dejado una notoria impronta en su obra y en su sensibilidad.

Siliotti ha conocido la idiosincrasia de cada lugar que ha visitado, transformándose en certero transmisor de antiguos secretos, acortando distancias, asumiendo la comprometida labor de la enseñanza sin egoísmos, entregándolo todo, como los grandes maestros.

Desde la intimidad de su taller, preciso y claro, dialogó con MDZ sobre su obra más reciente, expuesta hasta mediados de diciembre en Immagina (Belgrano y Emilio Civit, Ciudad). Además adelanta algunos detalles del Segundo Salón de Arte Erótico en Vendimia y se anima a polemizar opinando sobre la pacata sociedad mendocina y la ardua pero gratificante tarea de vivir de su pasión, el arte.

Desde abajo (2003).


- ¿Cómo empezaste en el mundo del arte?

- Son esas decisiones que tomás cuando decís “hay que hacer algo en la vida”. Yo estaba viviendo en Europa en ese momento y volví a Mendoza, me tomé mi tiempo para volver, y en el camino me dije: “Voy a hacer lo que quise hacer siempre, lo que me gusta” y me puse a estudiar Artes Plásticas en la UNCuyo. Antes de terminar la carrera me di cuenta de que tenía que salir al mundo y ver, investigar un poco sobre lo que había visto en la facultad. Estuve diez años afuera, luego volví, trabajé un tiempo acá y viajé a México. Siempre creyendo en esto de tener en claro lo que uno vino a hacer al mundo. Y yo vine a pintar. Con ese objetivo fui disfrutando, sufriendo. Es una mezcla de cosas, momentos en los que no se lo pasa muy bien, otros que sí. Pero básicamente es una elección que se hace y eso te pone en la categoría de “elegido” y eso yo lo valoro mucho y me hace muy feliz.

- ¿Qué han significado en tu vida y en tu obra los viajes?

- En total fueron casi 15 años fuera de Mendoza, y te marcan, te dan una perspectiva diferente. Yo con la gente que trabajo siempre comento que es importante salir, verlo de otra manera, alejarse y tomar distancia te hace ver otras cosas. Creo que no te podés limitar al mundillo artístico de Mendoza, donde casi siempre es lo mismo. Hay avances como por ejemplo la fiebre del turismo, del vino, pero sigue siendo una provincia muy clásica y esquemática. Hay proyectos que no logran sostenerse en el tiempo como la tienda del MUCHA que va a cerrar. Es el único museo con una tienda y bueno, no funcionó o sólo anduvo bien un tiempo y entonces se cierra. Las modas destruyen la creación, cuando una sociedad se mueve por modas la parte creativa está postergada y Mendoza funciona mucho así. De todas maneras hay un pequeño mercado que se está moviendo y que de alguna manera nos permite vivir de esto. Yo no hago otra cosa, respeto al artista que vive pura y exclusivamente de esto, creo que es el auténtico. El otro es un señor que a veces es funcionario y en los ratos libres pinta, pero no es un artista.


Así en la tierra (2007).


- ¿Qué identificación sentiste con la cultura mexicana que tanto se ha reflejado en tu obra?

- A mí siempre me pinto México,  y por el 2000 surgió la posibilidad de ir y hacer una muestra con un grupo de artistas de toda la Argentina y nos fue muy bien. En esa oportunidad nos ofrecieron volver al año siguiente y así una vez más y la tercera vez me quedé. Es un país de arquitectos y pintores, entonces te sentís en tu casa, es maravilloso. Hay toda una cultura de consumo de arte que a mí me encantaría que algún día pasara en Mendoza. Allá cuando alguien alquila una casa se compra sus muebles, electrodomésticos y cuadros. Acá cuando llega el tema “cuadros” se terminó la plata. Que no me la creo tampoco. Yo le digo a los clientes que es una cuestión de prioridades y que prefieren gastar su dinero en otra cosa. México es un país sorprendente, tremendamente creativo desde cómo se buscan la vida, cómo resuelven cosas, con una historia muy fuerte, muy viva, con mucho color. De todas maneras, yo el color lo venía trabajando de antes, me tiraban para atrás los ocre y tierra de Mendoza y cuando fui a México yo era demasiado colorista. Me fascina el color, creo que la vida es en color.

- ¿Y ahí también nace el interés por los alebrijes?

- Sí, fue todo un tema ese porque yo di un taller de murga en un centro cultural y a los mexicanos por la problemática social del Distrito Federal les vino de maravillas y recibí a cambio un taller de alebrijes que me pareció algo maravilloso. El alebrije es un poco la mezcla de los animales que tenemos adentro, de hecho cuando comenzás a hacerlo se toma un camino pero llega a un punto en que el animalejo empieza a mandar, a definirse solo, pide orejas, patas, es un animal fantástico. Lo continué en Mendoza, di talleres de alebrijes y ahora se ha incorporado a la currícula del DAD, uno de los colegios de la universidad.

- ¿Por qué te has quedado en Mendoza?

- Mirá, es donde mejor he vivido de lo mío. En Europa es muy difícil vivir del arte cuando no sos europeo, siempre sos un sudaca. Después en México siempre fui muy bien recibido y allí  aprendí también sobre lo comercial del arte, que acá parece un pecado pero el artista necesita también vivir. Y después por cuestiones familiares y personales, y estoy bien aquí. Apuntando al estudio y a la galería que es el esfuerzo mío y de la gente que trabaja conmigo y me permite vivir de esto.


Un globo y 23 canastas (2007).


- ¿Hacés de tu taller un lugar para compartir con la gente?

-  Sí, eso sí. Creo que es la manera porque también cuando uno habla de las preferencias de la gente a la hora de invertir en arte también hay una cuota de culpa del artista. Hay muchos que están en esto que se sienten la última coca cola del desierto y no es así, este es un laburo como cualquier otro. En la medida en que te acerqués y posibilités el encuentro y los puentes con la gente, vas a vivir mejor, se va a conocer tu trabajo, se va a difundir. Creo que esa actitud de artista en su nube no conduce a nada, te aísla más y después te quejás.

- Todos los fines de semana toca en tu taller una banda de jazz. ¿Qué relación tenés con el jazz?

- Lo de los recitales fue medio casual. Cuando tenía el estudio en la calle Clark hacíamos un recital una vez por mes. El jazz me gusta mucho y me acompaña en buena medida, de hecho en mis muestras pongo una banda de sonido, llevo mi música porque tiene que ver  con el momento que uno está viviendo, con la producción. La música tiene todo que ver a la hora de producir y cuando lo mostrás está bueno que acompañe también.

- ¿Con qué se encuentra el público en tu muestra en Immagina?

- El año pasado hice una muestra en la Alianza Francesa de Buenos Aires y nunca la había mostrado acá, así que, por un lado están esos cuadros más cosas que he producido este año que no tienen mucho que ver, o sí, tienen que ver con el color, he vuelto a la figura humana. Y la idea es ensamblar las dos cosas.


Corazón enchilado (2007).


- ¿Cómo te llevás con el arte digital?

- Bien, para mí es una herramienta más. Yo siempre digo que si no tenés talento, por más computadora que tengás no vas a hacer milagros. De todas maneras, en lo mío, sigo creyendo en la mano, que se sienta la mano, el modo de poner la pintura. Creo en el viejo bastidor.

- ¿Vuelve para el año que viene el Segundo Salón Internacional de Arte Erótico en Vendimia?

- Sí, en febrero. Seguramente el jueves anterior a la Vía Blanca haremos nuestro salón que en la edición pasada estuvo de maravillas. Metimos en mi taller a 300 personas, una locura. Sucede que esta vez uno de los mentores que es Alejandro Crimi se ha ido a Barcelona asi que lo haremos, gracias a la tecnología, con participaciones desde Barcelona, desde México, dándole un carácter internacional. Convocaremos a videoartistas, plásticos, músicos. Sobre todo la idea es recuperar lo pagano de la vendimia, buscarle la otra parte, de hecho el vino tiene un carácter festivo y tiene una carga de sensualidad. En Mendoza hay mucha represión y conservadurismo, pero en cuanto mostrás otra cosa la gente se prende. El año pasado fue muy divertido e interesante, hay que generar ruido para que se mueva un poco y hay respuesta porque hay necesidad, te sorprendés de lo que hay debajo de la alfombra. El año pasado salió muy bueno, cosas muy zarpadas, está bueno hacerlo en una casa porque llegás a los lugares más íntimos, movés a la gente por diferentes lugares. Es interesante.

- ¿Cuál es el sello que tratás de dejar en tus alumnos?

- Que sean libres. No creo en los alumnos que pintan igual que el maestro o todos iguales. Yo les doy una base y trato de llevarlos por el camino que van. A veces soy medio cruel pero cuando veo que alguien no funciona trato de que no pierda más tiempo ni esa persona ni yo. Trato de enseñarles todo lo que sé, que tal vez no todos tuvimos esa suerte. Yo la tuve con un par de maestros que no se guardaron nada y yo siempre he querido ser así, uno le acorta camino al alumno, no tiene sentido guardarse cosas. Son clases de dos o tres alumnos las que yo doy porque no creo en las clases masivas, funciona mejor la relación maestro – alumno que la cosa masiva de las universidades.

Tren de la vida (2007).


- ¿Qué sentís frente al lienzo en blanco?

- Asusta, pero también tenés todo por delante, es largarse. Generalmente cuando uno arranca te planteás mucho qué hago, cómo lo hago, por qué lo hago, qué quiero decir y hay un momento en el que se produce un clic y deja de importarte todo eso y empezás a manchar, a pintar y a dialogar con la tela y le das para adelante. O quizá tenés la suerte de un encuentro mágico, por ejemplo la producción de 2008 parte de un encuentro genial de interacción increíble con una modelo que apareció. Cuando tenés onda, empezás a producir sin parar. Además creo que con el tiempo uno va haciendo como una síntesis de formas, colores y con la vida misma. Te quedás con lo más sabroso.

Opiniones (1)
9 de Diciembre de 2016|22:03
2
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9 de Diciembre de 2016|22:03
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  1. ¿Dónde queda su taller?
    1
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