Piedra infinita, de Jorge Enrique Ramponi

(fragmento)

Porque compacta sombra,
o soledad,
perpetua soledad a plomo,
témpano de silencio,
rígido limbo y piedra,
tienen la misma réplica, oh cóncavo nefasto, igual
ecuación fría,
responden con un eco de margo símbolo en la
sangre.
Tembloroso, sonámbulo, tornasol, taciturno,
aguzo el corazón, palpo la piedra:
frío gesto unitario,
fruto cumplido en ámbito ya duro,
tiempo cerrado, autónomo, infinito.
Secreta mar prende en su acantilado -laurel de herrumbre- un alga cárdena.
La luz del mundo vela de tacto y ojos, ciñe de aureola
su proeza,
oh, graduada de quilate inmóvil
y cetro lívido de esfinge.

Déjame que afronte su oráculo,
que escuche su vertiginoso silencio,
que libe su fatídico polen, su planetario acíbar,
negra oveja de lápidas en redes de tinieblas.

En el viento frontal que inunda lampos de páramos
y olvido,
la carne siente su bisel de hueso,
esta premura misma de la sangre
es sólo fuga que se alcanza pronto.

Ampárame a reverbero, corazón, que arrostro el témpano infinito.
Los siglos le zumban en el núcleo a modo de un enjambre eterno.
No hay laberinto de más vértigo que el de su isla fría.

Piedra es piedra:
aleación de soledad, espacio y tiempo,
ya magnitud, inmemorial olvido.

El hombre quiere amar la piedra, su estruendo de piel
áspera: lo rebate su sangre.
Pero algo suyo adora la perfección inerte.

Hay durezas, caparazones, formas tristes, con agua o
grumo vivo dentro,
Ella, sin brizna de entraña, mármol lleno de mármol.

Acaso algo terrible habilitó su caracol profundo;
de esperar, siglo a siglo, la valva cerró por intemperie.
Caída al fondo de ese abismo palpable en sus márgenes de espanto,
árida espalda yerta, féretro de lo estéril,
ecuador de lo triste,
no es ni desdén: ignora redonda en su materia sorda,
íntegra, nada, nunca.
Geometría en rigor, sola en su límite,
ceñida cantidad, estricto espacio,
asignatura ciega, pieza hermética,
contrita y sin piedad, armada en temple,
cuadrada en su sostén, compacto término,
duro numen del número,
sin pórtico al sueño ni a la lágrima.
Si absorbe no incorpora, ajena al vello de los líquenes.
El fuego no es su dávida, es ardiente
secreto que el hombre le inventó buscándose.
Sentid: ni ruda música primaria,
cajón sordo, yunque seco, ataúd del sonido.

El hombre tiene ojo azul para la brizna,
tierno bisel, cándido escorzo al tornasol furtivo.
Puesto a pulsear lapiedra
-oh arpa negra de bruces
desolada, asolada-,
fulge un iris nocturno por su sangre,
y un pavo de liturgia le consterna como párpado lóbrego,
ya su recinto huésped de lo aciago,
porque la honda bóveda canta, requerida canta, fiel,
en eco puro.

Puesto ya a orar,
puesto a llorar orando,
tiembla de la inocencia que en fulgor le asiste,
como una melodía en el silencio que se dilata y la
circunda,
oh víspera del ángel sabio de la celeste fábula,
cuyo palor revuela cenital como un águila de arpegio.

Qué latitud, entonces, del corazón, qué zona dulce
emerge,
-ráfagas de memoria y márgenes de olvido-,
donde la piedra flota sin reverso en la luz,
diáfana pluma, copo azul de espacio.

Opiniones (1)
10 de Diciembre de 2016|19:19
2
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10 de Diciembre de 2016|19:19
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  1. ME TRAE MUCHOS RECUERDOS...
    Estuve presente cuando Enrique Ramponi leyó en público por primera vez este poema. Fue en la antigua imprenta de un mecenas de los artistas, Don Gildo D'Accursio. Como a las 2 de la mañana y después de haber comido y bebido como un cura -más o menos 20 personas- el pintor Hernán Abal le dijo a Ramponi -dígase algún poema maestro, Ramponi le contestó -La verdad no me he venido preparado; y sacó del bolsillo este poema que después fue un libro. Ramponi, de quién dijo Pablo Neruda: "Es la voz mayor de América Latina", permanece en la oscuridad, salvo en ocasiones como esta cuando alguien saca a la luz su cosmovisión de la madre tierra. Felicitaciones.
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