Galileo, el cortesano

Por Mario Biagioli

Galileo comienza su carrera como integrante de una cultura socioprofesional específica: la de los matemáticos. Sin embargo, cuando se instala en la corte de los Medici logra recrear su identidad para pasar a ser una especie atípica de filósofo, que en el momento no tiene atribuido ningún rol social ni cuenta con ninguna imagen establecida.

Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo rastrea la articulación de esa nueva identidad socioprofesional (el “nuevo filósofo” o “astrónomo filosófico”) dentro del ámbito de la corte y analiza la relación entre esa identidad y la obra de Galileo.

A través de un brillante análisis de la relación entre poder y conocimiento, enmarcado en una fascinante reconstrucción de la cultura de la corte, el autor se ocupa de identificar y examinar los procesos, las condiciones, los recursos y las limitaciones que dan forma a la vida cotidiana de Galileo y a su actividad científica, aunque sin concebir el poder como un factor limitado a sus formas materiales ni como una “cosa” externa al proceso de creación de conocimiento.

La cultura de la corte y la legitimación de la ciencia

No es una novedad que Galileo pasa la mayor parte de su vida adulta en la corte de los Medici como matemático y filósofo del gran duque de Toscana. No obstante, el carácter fundamental de ese puesto en la corte para su producción científica es un dato que no ha llamado la atención de los filósofos e historiadores de la ciencia. La tendencia a trazar una distinción entre el Galileo “científico” y el Galileo “cortesano” no se limita sólo a los estudios académicos. Bertolt Brecht, por ejemplo, le atribuye el ‘ethos’ y la cultura de un artesano más que de un cortesano, aunque en su profunda obra ‘Vida de Galileo’ no lo presenta como un científico “puro” y desinteresado. Para Brecht, los artesanos representan a las fuerzas progresistas, mientras que los cortesanos simbolizan al ‘ancien régime’: una cultura que el autor considera opuesta a los valores potencialmente positivos y modernos de la ciencia.

La representación habitual de la identidad y la producción científica de Galileo como elementos ajenos a los valores de la corte no deriva solamente de la distinción tajante entre ciencia y sociedad que realizan algunos autores. Esta representación también aparece en los textos de aquellos que aceptan vincular el desarrollo de la ciencia moderna con el cambio social, pero no consideran a la corte como una institución que encarne las fuerzas “positivas” de la modernidad.

La relación que detecta Brecht entre la tradición de los artesanos y el desarrollo de la ciencia moderna (en especial como la articulan Edgar Zilsel y Paolo Rossi) es comprensible, ya que da cuenta de ciertos aspectos importantes de la revolución científica; pero no por eso deben desconocerse las numerosas pruebas disponibles hoy en día que señalan el papel fundamental de la cultura aristocrática en ese proceso, un papel que no se limita a la incidencia de los aristócratas individuales como mecenas o como científicos. En especial, la corte contribuye con la legitimación cognitiva de la nueva ciencia porque ofrece un espacio para la legitimación social de quienes la practican, lo que a su vez aumenta el estatus epistemológico de la disciplina.

El desplazamiento del interés en el taller del artesano hacia una mirada más concentrada en la corte de los príncipes como ámbito fundamental para el desarrollo de la nueva ciencia refleja una inquietud cada vez mayor acerca del funcionamiento de los rituales, las representaciones y el discurso, no sólo en la historia de la ciencia sino en el marco más general de las ciencias sociales y las humanidades. Por otra parte, también refleja un enfoque más complejo para el análisis de las relaciones entre conocimiento y poder. En este libro, el poder no se concibe como un factor limitado a sus formas más materiales ni como una “cosa” externa al proceso de creación de conocimiento. Quienes están familiarizados con las cortes del Renacimiento y el Barroco, con su cultura y sus normas de protocolo, saben que allí el poder se encuentra muy arraigado en los modales, la disciplina y la cortesía del discurso. Asimismo, saben que a pesar de su apariencia delicada, éste es un factor muy eficaz para la formación de las ideas, la conducta y la identidad individual. A su vez, el poder no existe por fuera de esas prácticas, como una especie de causa independiente, sino que se constituye en ellas.

Esta perspectiva sobre la relación entre poder, conocimiento y autoconstrucción se puede aplicar con buenos resultados a un análisis de la carrera de Galileo. En muchos sentidos, lo que se presenta aquí es un estudio sobre la autoconstrucción de un científico. Aunque la categoría de autoconstrucción no ha sido muy utilizada por los historiadores de la ciencia, sí ha resultado útil en los estudios históricos y literarios sobre la modernidad temprana en Europa. Ahora bien, la elección de este enfoque para dar cuenta de la carrera científica de Galileo refleja el carácter de su propia trayectoria social. En efecto, Galileo comienza su carrera como integrante de una cultura socioprofesional específica: la de los matemáticos. Sin embargo, en el proceso de migración a la corte, logra recrear su identidad para pasar a ser una especie atípica de filósofo, que en el momento no tiene atribuido ningún rol social ni cuenta con ninguna imagen establecida. Se podría decir que Galileo se reinventa alrededor de 1610 cuando se transforma en el filósofo y matemático del gran duque de Toscana. Aunque en el proceso toma elementos prestados de los roles sociales y los códigos culturales existentes y los renegocia, la identidad socioprofesional que construye para sí es definitivamente original. Galileo hace un ‘bricolage’.

En este libro se rastrea la articulación de esa nueva identidad socioprofesional (el “nuevo filósofo” o “astrónomo filosófico”) dentro del ámbito de la corte y se analiza la relación entre esa identidad y la obra galileana. Para ello, se reconstruyen la cultura y los códigos de la conducta cortesana que enmarcan las prácticas cotidianas de Galileo, sus textos, la presentación de su persona y sus hallazgos, y su interacción con otros cortesanos, mecenas, matemáticos y filósofos. Esta obra no es una biografía ni una historia social de la carrera de Galileo. Si bien sigue a Galileo en varios años de su vida, rastrea varias de sus disputas científicas y analiza varios de sus textos, lo que pretende así es ofrecer un estudio pormenorizado (en algunos casos, hasta microscópico) de las estructuras de su actividad y sus inquietudes cotidianas, para mostrar luego cómo éstas enmarcan su actividad científica.

De hecho, a pesar de que la organización del libro refleja en cierto modo el orden cronológico de su carrera, no se trata de un análisis primordialmente diacrónico. Aunque algunas tensiones importantes recorren todos los capítulos cronológicamente, aquí no se presenta la carrera científica de Galileo en tanto pasaje de la infancia a la madurez intelectual, ni se adjudica más valor a sus últimos trabajos, como el ‘Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo’ o el ‘Discurso sobre dos nuevas ciencias’, que supuestamente son los más significativos. Lo que interesa en este libro es identificar y examinar desde una perspectiva sincrónica los procesos, las condiciones, los recursos y las limitaciones que dan forma a su vida cotidiana y a su actividad científica y que, con el transcurso de los años, producen ese artefacto histórico que hoy se conoce como la carrera de Galileo. A modo de conclusión, se presentan algunas reflexiones sobre la posible relación entre la cultura de la corte, el absolutismo político, la legitimación de la ciencia y el desarrollo de las primeras instituciones científicas.

De Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo, de Mario Biagioli. Buenos Aires, Katz, 2008.

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