Telefonía celular, de Antonio Skármeta

Los días de pago, Pedro Pablo Salcedo apartaba de su sueldo dos billetes azules y almorzaba en el mismo restaurant que sus patrones. Allí se ofrecía un “menú ejecutivo”, expresión que le causaba melancolía, pues como contador de la editorial lo único que “ejecutaba” eran órdenes de sus superiores: básicamente atrasar lo inhumanamente posible los pagos a los acreedores.

Doce veces al año se daba el placer de inaugurar ese almuerzo con el tequila de un “Margarita Jumbo” y de redondearlo con un cognac “Remy Martin”. El trayecto entre ambos licores lo cubría mediante una botella de vino tinto cuya marca variaba de menos a más. En diciembre había puesto el colofón gastronómico del año pagando por un “Don Melchor”, el mosto más caro que ofrecía la plaza.

Estos almuerzos finales lo reconciliaban con las asperezas de su trabajo y con esos sueños de grandeza inhibidos o secretos que larvados asomaban en sus ojos en chispas de envidia o resentimiento. Para su mala suerte, justo en lo que debiera haber sido su plácido balance mensual con el mundo y sus frustraciones, un episodio que se desarrollaba en la mesa vecina consiguió desestabilizarlo.

Una bella mujer se había inclinado sobre el mantel e intentaba con elocuencia convencer de algo al hombre que la oía mirando hacia la puerta del local con desesperada paciencia. El énfasis en sus manos pálidas, acentuadas por dos anillos con diamantes, la hacía intensamente expresiva, y desde su esquina Salcedo no lograba apartar la vista de aquellos desprejuiciados muslos a los que el fervor de su discurso y la escueta minifalda de cuero le habían dado una excitante plenitud.

De pronto sonó el teléfono celular junto a la panera de la pareja y el hombre de pelo rubio, visiblemente aliviado por esa interrupción, atendió raudo la llamada. La hermosa mujer miró al artefacto encendida por la cólera y echando hacia atrás la silla con violencia derramó la servilleta sobre los camarones ecuatorianos recién servidos y abandonó el restaurant haciendo tintinear las llaves del auto. El hombre interrumpió la charla telefónica, puso el celular sobre una silla, alargó dos billetes de diez mil sobre el mantel, y corrió tras ella.

Acariciándose un pómulo, Salcedo deseó haber sido actor de un drama como ése, un arrebato de pasión y celos que animara su vida, la voz de una amante próxima a sus lóbulos conminándolo a decisiones, la suave trama de aroma emanantes de esas mujeres que resbalaban a toda página en las satinadas revistas que leía en peluquerías o consultorios.

Mientras la sorprendida camarera despejaba la mesa de los amantes fugaces, terminó de servirse las papayas en almíbar y puso su atención en el celular abandonado sobre la silla. Cuando la sirvienta levantó el mantel y fue a la cocina, seguro ya de que no había advertido el artefacto, se animó a filtrarlo en un bolsillo de su chaqueta.

Al término de otra semana irrelevante, por fin había ocurrido una aventura.

En la oficina extrajo el teléfono del saco, se aflojó la corbata, y limpiándose las manos en los pantalones como si quisiera borrar las huelas de un delito, detuvo la vista sobre la abrumadora cantidad de boletas con que los oficinistas querían hacerse pagar gastos privados como actos de servicio a la compañía. Él hubiera preferido mil veces haber usado todos esos dineros en vez de ser el acucioso árbitro de lo legítimo, lo fronterizo y lo inaceptable.

Convencido de que los rangos dentro de la empresa eran más bien cosa del azar que de los talentos individuales, se propuso vagamente no permitir que toda su personalidad se agotara en la función que desempeñaba. Junto entonces la puerta se abrió y una ráfaga de aire produjo una sensación de hielo sobre su cuello húmedo. Era su jefe, quien procedió a tirarle informalmente un talonario de cheques sobre el escritorio.

-¿Almorzó bien, Salcedo?
-Sí, señor Mackenna -dijo, poniéndose de pie.
-¿Con postre y todo?
-Papayas, señor.
-Haga cheques sólo para los casos más urgentes. Los otros trate de aplazarlos cuanto pueda.
-Sí, señor.

La atención del hombre fue capturada por el celular sobre la mesa. Avanzó con autoridad, lo levantó en una mano y lo mantuvo a cierta altura balanceándolo para sentirle el peso.
-Es el modelo más liviano que ha salido -comentó.
-No lo sabía, señor.
-Y el más caro. Es usted todo un ejecutivo, hombre.

Salcedo se sintió simultáneamente confundido y halagado. Trajo a sus labios una sonrisa modesta y miró el artefacto disimulando su orgullo. El gerente se pasó la mano por el bien peinado cabello rubio y le hizo un gesto admirativo frunciendo la boca.
Cuando el señor Mackenna se hubo retirado, Salcedo cogió rápidamente el celular y lo balanceó en la izquierda imitando con exactitud lo que había hecho su superior. Con un cantito disimuló un bostezo siestero, y se hundió en los expedientes, el lápiz rojo censor entre los labios, un Bic verde para los okeys. El cabo de algunos minutos se detuvo al descubrir una boleta de Zúñiga que incluía la cuenta de un hotel en Viña del Mar, en circunstancias que su zona de venta era Osorno, ochocientos kilómetros más al sur. Pero Zúñiga era un fresco simpático, lo trataba a él, Salcedo, de “jefe” y se ruborizaba por cualquier cosa. Marcó la boleta con el lápiz verde. Depende de la ruta que se tome, Viña puede estar camino a Osorno, se dijo indiferente.

Entonces sonó el celular. Un tono más distinguido qye el del teléfono. Amable, pero también compulsivo. Se acarició la mandíbula replegándose sobre el respaldo del sillón giratorio. Estiró la mano sobre el aparato, hizo correr la vista sobre las distintas señales, y al pulsar el índice sobre la tecla verde, sorpresivamente quedó conectado.

-Soy Mónica.
Supo sin pensarlo, que lo más atinado sería no contestar. Dejó que el silencio creciera, intuyendo por el tono que había empleado la mujer que ésta iba a ser una pausa dramática.
-¿Estás enojado conmigo?
-No -se oyó decir.
-Me porté como una rota, ¡dejarte así de repente! Me debes odiar, ¿cierto?
-No, no.
-Es que todo es tan complicado. Bueno, no sólo para mí. Para ti también.
-Sí.
-¿Me quieres todavía?
-Sí.
-¿Con pasión?
-Sí.
-¿Me perdonas entonces?
-Sí.
-No puedes hablar ahora, ¿cierto?
-No.
-Quiero verte esta noche, Ernesto. ¿Lo puedes arreglar?
-¿Y tú?
-No me importa nada. Si tú puedes, yo puedo.
-Puedo.
-¿A las ocho donde siempre?
-No, donde siempre no.
-¿Dónde entonces?

Salcedo corrió con la mano derecha la cortina sobre el ventanal y estudió el paisaje del Barrio Alto, ese sector que le era conocido pero también ajeno. Este derroche de lujo hecho para otro, no para él con sus trajes de marcas menores y esos zapatos que parecían ir gritando su menguado costo en cada paso. La visión de la cúpula de un edificio cilíndrico sobre la Kennedy lo hizo volver a la llamada.

-En el “Highland” -dijo.
Te amo -dijo ella.
-Te amo -dijo él.
Puso el celular sobre la ruma de cuentas y comenzó a escribir los cheques del personal con una caligrafía vibrante, un trazo que difería en volumen y presión del rutinario.

A las cuatro de la tarde había concluido con los sueldos, y tras entregar los respectivos cheques la cajera, fue a lavarse las manos y la cara al baño. Se frotó las mejillas con vigor y luego le propinó ceremoniales golpes de peineta a su pelo áspero y tupido. Pude comprobar con un vanidoso gesto de las cejas que era más joven y acaso más alto que el amante de cabellos rubios.

A la salida del toilette, con un súbito impulso se abalanzó sobre el talonario e hizo un cheque a su nombre por una cantidad importante. Luego fue hacia la cajera y le pidió que se lo canjeara en efectivo. La mujer obedeció sin requerir detalles, aunque por mera rutina comprobó que el documento estuviera endosado.

A las seis, vio alejarse a los colegas rumbo a sus domicilios, contento por no tener que subirse a esos buses hostiles en esta hora de fatigoso tráfico. Tuvo compasión por ellos, y sintió que esta piedad era una prolongación natural de la tristeza de reconocerse uno más entre sus pares.
-Hasta ahora -se dijo en voz alta.
Detuvo un taxi y le pidió al chofer que lo llevara al “Highland”. En el tablero del coche vio que eran las seis y media, y puesto que el tráfico ya no era tan fluido, supo que estaría en su destino en unos quince minutos. Puso el fajo de billetes en sus rodillas y los fue contando mientras frotaba sus bordes para que no se pegaran.

“Me llamo Ernesto” pensó. “¿Pero Ernesto cuánto?”
-Ernesto Mackenna -dijo en voz alta.
El chofer lo miró por el espejillo.
-¿Cómo dijo, señor?
-No, nada.
-Vamos siempre al “Highland”, ¿no?
-Al “Highland”>.

En la puerta del edificio permitió que el elegante bedel le abriera el auto y tuvo la duda si se daba propina en esos casos. Decidió que no. La propina se la daría al chico uniformado que ahora se ofrecía a llevarle el maletín.

En la recepción puso el celular sobre el mesón y le dijo al conserje que quería un cuarto.
-¿Para una sola persona señor?
-Para dos.
-¿A nombre de quién?.
-Ernesto Mackenna.
-¿Va a cancelar con tarjeta de crédito?
-Al contado.

Le extendieron la llave, el botones le acompañé hasta el piso quince, y entonces lo condujo a la pieza 1500. En cuanto estuvo solo fue hacia la ventana a reconocer el terreno. En centro en su vaho de smog, el Manquehue y su cumbre rebanada, las horrorosas torres eléctricas de Cuarto Centenario que siempre le evocaban sitios baldíos ajenos a ese sector. Por los cuatro puntos cardinales todo en orden. Su Santiago de siempre, pero visto de una perspectiva novedosa.

-Novedosa -pronunció con claridad.
De la mesita de luz, tomó el índice de servicios e hizo contacto telefónico con el conserje.
-Le hablo de la habitación 1500. Quiero pedirle un favor.
-Dígame.
-A las ocho va a venir una dama a preguntar por mí. Por Ernesto. Dígale que suba directamente a mi habitación.
-Muy bien, don Ernesto. ¿Ernesto cuánto?
-Ernesto, no más. No me gustaría que esta dama supiera mi apellido. Se trata de una amiga, usted me entiende.
Sí, señor.
-Una diablura -dijo riendo.
El recepcionista rió con complicidad.
-No se preocupe, don Ernesto.
En cuanto hubo colgado, marcó los dígitos del “room-service”.
-Quiero hacer un pedido.
-A sus órdenes, señor.
-¿Tiene champagne?
-Sí, señor.
-¿De cuál?
-Nacionales e importados. Champagne francés. “Pommery”. Lo tenemos en Brut y en Demi sec.
-Es para compartir con una dama.
Si es una dama distinguida, le sugiero Brut. El Demi sec se sirve en Chile en todos los matrimonios. No es tan… -el hombre se interrumpió.
-Mándeme un Brut. Adentro de un balde con hielo y todo eso.
-Por supuesto, señor.

Se hundió en el lecho matrimonial estirando los brazos y las piernas y se detuvo en impecable cielo raso. Toda la pieza olía a nuevo y el tráfico de la Kennedy llegaba ahogado en un susurro eruditamente filtrado por los gruesos ventanales. Sin cambiar su posición digitó en el celular el número de su casa y le dijo a su esposa con prisa y autoridad, como molesto por tener que hacerlo, que un enredo económico lo retenía en la oficina.
-Un funcionario de confianza giró un cheque no autorizado -explicó antes de colgar.

El camarero trajo el balde con el champagne, lo puso sobre la mesa de caoba y encendió la lámpara insinuándole a Salcedo que apreciara las finas, sutilísimas copas elevadas junto al balde de plata. Al darle la propina el botones quiso saber si abría la botella.
-Por ningún motivo -lo detuvo Salcedo.
Hacer saltar el corcho del Pommery en presencia de la dama era algo estelar de su puesta en escena, un momento solemne en la intriga, sólo apto para los héroes de la historia. Por ningún motivo iba a dilapidar ese instante con un mozo común y silvestre.

Faltaban quince minutos y abriendo una botellita de Chivas Regal del mismo bar la bebió desde el gollete sin declinarla con agua o hielo. Hundió la cabeza en el cuello, reconfortado por el certero efecto del alcohol en su ánimo, e hizo estremecer su mandíbula emitiendo un “brrr” histriónico. Después fue al baño a lavarse las manos y la cara. Otra vez trabajó el peine en la áspera mata de su cabello y al ponerlo de vuelta en el bolsillo de la chaqueta ensayó frente al espejo algunas poses distinguidas tratando de encontrar aquella que más convendría a la personalidad de Ernesto Mackenna. Eligió una, levemente sinvergüenza, donde levantaba al mismo tiempo la ceja y el labio derechos.

“Como irónico”, se dijo. Como más allá de los hechos.
Diez minutos más tarde dispuso las luces. Los cenitales podían apagarse. El lamparón del centro, de todos modos fuera. Nada de luz en los veladores.
La lámpara de pie tenía tres intensidades. La contuvo en la menor y corrió las cortinas hasta dejar envuelto el ventanal en las ricas telas. Trajo las manos hasta la superficie del balde, las empapó en su frialdad y luego alivió con ellas sus mejillas ardientes.

Al hundirlas después en los bolsillos del pantalón para sacar los fósforos, comprobó que estaba excitado. Hizo sonar la caja en su puño y retuvo las ganas de fumar.
Se quedó junto a la puerta atento a los ruidos del pasillo y del ascensor que ahora se detenía en el piso con un armonioso timbre. Con la manilla entre los dedos, estudió el mecanismo del seguro. Presionando el cilindro la cerradura se bloqueaba, y si se ponía el cabezal de la cadena en la ranura metálica se evitaría que alguien con llave pudiera entrar desde fuera.

Otra vez pudo oírse la señal del ascensor, luego sus placas abriéndose muellemente, y en seguida los inequívocos pasos en dirección a la 1500.
Salcedo respiró hondo al oír el gong sobre su cabeza. Accionó la manilla delicadamente, entreabrió la puerta, y en ese espacio, semiclandestino, vio pasar a la mujer con un atractivo traje de noche. De inmediato cerró brusco la puerta y apoyando encima su espalda hundió el botón, y con una rápida maniobra insertó la cadenilla en la ranura.

Ella miró desconcertada el amplio espacio y volvió la vista al hombre.
-¿Dónde está Ernesto?
La voz de Salcedo sonó carrasposa.
-No vino. Es decir, no pudo venir.
-¿Le pasó algo?
Salcedo levantó el brazo y mostró con su índice la mesita y el champagne junto a la cortina crema.
-Es necesario que hablemos.
-¿Quién es usted?
-Un admirador.
Ella fue rápido hasta el baño, espió su interior, y luego revisó el closet.
-¿Por qué cerró la puerta con cadena?
-Para que estemos tranquilos.
-¿Qué quiere?
-Ayudarla.
-No creo que necesite ninguna ayuda.
-Sí necesita. Estamos frente a un caso de adulterio, ¿no es cierto?

La mujer hizo amago de avanzar hacia la puerta, pero luego se detuvo, y volvió junto al ventanal. Salcedo le indicó que se sentara, puso el champagne dentro de la servilleta y presionando el corcho lo hizo saltar con un estampido. Antes de escanciar en las copas, insistió con un gesto para que tomara asiento. Ella puso su cartera a los pies de la silla y se frotó los muslos bajo la minifalda.

-¿Qué quiere? -dijo, cruzando las piernas.
-Sírvase champagne. Es francés.
-No me interesa.
-Vamos, sírvase una copa.
La mujer probó un sorbo, pero ignoró el gesto con que él acercó su champagne proponiéndole que chocaran los cristales.
-No quiero que haga nada que pueda perjudicar a Ernesto, ¿comprende?
-No es mi ánimo perjudicar a nadie.
-¿Qué es lo que quiere entonces?
-Tomar un trago, charlar un poco.
Salcedo se aflojó el nudo de la corbata y desprendió el botón del cuello. Estuvo un momento acariciándose la barbilla y puso algo más de líquido en su copa.
-Yo a usted la he visto antes, señora.
-¿Antes?
-Hoy, sin ir más lejos.
-¿Dónde?
En un restaurante. Chino. Hasta le puedo decir el menú que pidió.
Con un pestañeo apreció el impacto de esa información en la faz de ella. Dejó crecer el silencio y luego añadió fríamente:
-Camarones.
La mujer acercó el vaso a sus labios y fue bebiendo lento su contenido hasta agotarlo. El hombre se apresuró a rellenárselo. Ella descruzó las piernas, y se hundió en el pequeño sillón, sacudiendo su cabellera.
-¿Qué es lo que quiere?
-Me cuesta decir lo que quiero.
-Dinero.

El hombre le indicó la copa rellena animándola con un gesto de las cejas a que se hiciera cargo de ella. Ella se miró las rodillas y decidió cubrirlas con la cartera que tomó de los pies del sillón.
Me gustaría que me dejara ir.
Puede irse cuando quiera.
-La puerta está trabada.
Usted sabe muy bien que no es eso lo que le impide irse.
-¿Qué entonces?
El doble adulterio, señora.
-No lo entiendo.
-Usted, su marido. Ernesto, la mujer de Ernesto.
Ella frotó el cuero de la cartera, como si quisiera protegerse en ese ademán.
-¿Cómo sabe todo esto?

Salcedo miró los muslos de la mujer, luego su frente, y finalmente su cabello castaño ligeramente desordenado.
-”Quiero verte esta noche. ¿Lo puedes arreglar?” ¿Y tú?” “No me importa nada. Si tú puedes, yo puedo”, recitó sin énfasis. La tecnología moderna, señora. Caen diputadas, senadores, generales. ¡Cómo no van a caer un par de amantes!
Ella abrió la cartera y extrajo un talonario de cheques enfundado en cuero azul. Lo abrió y alisándolo con las palmas, levantó conminatoria la barbilla hacia el hombre.

-¿Cuánto?
Salcedo adelantó una mano y la puso sobre el dorso de la de ella.
-No sabría decirle cuánto. No tengo la práctica.
Sin embargo, no parece un chantajista aficionado.
-Sólo ato una cosa con otra y saco conclusiones.
Ella liberó la mano y volvió a esgrimir la poderosa lapicera.
-Un millón. ¿Le parece bien?
-Con eso no pago ni el hotel, señora. Menos el champagne. Es francés.
-Millón y medio.

Salcedo fue hasta la cortina, la corrió con violencia, y luego abrió el enorme ventanal. El tráfico se atochaba en la desembocadura de Vespucio con la Kennedy y parecía que todos los conductores se hubieran puesto de acuerdo para tocar sus bocinas. Una ambulancia hacía girar la luz azul de su sirena sin que los vehículos lograran organizarse para cederle paso.
Prefirió no mirarla cuando dijo:
-Me cuesta mucho expresarme. Pero no es dinero lo que me interesa.
Ella se levantó y fue otra vez hacia el baño. Hizo correr el agua del lavatorio y se humedeció las mejillas. A través del espejo pudo ver que Salcedo se había acercado y la miraba. Puso dos dedos bajo el chorro y esta vez se mojó la frente apretando al mismo tiempo el ceño como si quisiera precisar el epicentro de una cefalea.
Volvió hasta su copa y se sirvió el último sorbo.
-¿Y usted no le llama “chantaje” a esto?
El hombre hizo sonar una sonrisa golfa.
-No, porque es la admiración lo que me mueve. No el dinero.
-Y si no es chantaje, ¿cómo podría llamarlo?
Salcedo levantó el labio y la ceja como Ernesto Mackenna.
-¿Un “trueque”? -aventuró.
Vino a su lado y con el dorso de la mano le acarició un pómulo. Ella levantó altiva sus ojos marrones enfrentándolo.
-Hace mucho calor -dijo.

Salcedo cogió entre sus dedos el botón superior de su blusa de seda y recorrió con las yemas su breve circunferencia cual si acariciara un pezón. Ese acto le reveló que el pecho de ella estaba convulso. Entonces rozó la parte superior de sus senos. Ella puso de súbito sus manos sobre las cejas, y luego se apretó las sienes con un gesto que parecía representar una descarga eléctrica dentro de su cráneo.

-¿Qué le pasa? -preguntó Salcedo, abriendo el segundo botón, con la vista fija en los encajes del breve brassiere.
La mujer observó la mano que manipulaba el resto de los botones y dijo con voz débil:
-Soy una persona con tantos problemas. Y ahora esto.
-Vamos, tómelo como una aventura.
-Todo es tan complicado.
-Eso mismo dijo en el teléfono.
Salcedo desprendió el gancho del corpiño permitiendo que ambas partes cayeran sobre los senos. Dudó entre acercar sus labios para morder un pezón o esperar. Se contuvo.
-Esta tarde estuve donde mi psiquiatra. Me encontró muy mal.
-¿Por qué?
-Por mis arrebatos. Me dejo llevar por mis impulsos. Hay veces que no puedo controlarme.
-¿Cómo está tarde cuando se fue de golpe del restaurant sin servirse la comida?
-¿También sabe eso?
-Y también sé que usted me gusta mucho.

Bajó la mano del pecho y acarició su vientre por encima de la falda.
Abrazándola la condujo hasta la cama y la puso suavemente sobre la colcha color crema. El pelo se esparció y su rostro vulnerable quedó aún más expuesto en la frágil luz que cedía la lámpara de pie. Cuando Salcedo aproximó su boca buscándole los labios, ella se los negó con un gemido. El mojó entonces su lóbulo derecho con la lengua y luego cogió vigorosamente su barbilla y la sostuvo para asestarle un beso. Ella apretó los labios y negó con la cabeza.

-Abre la boca -le ordenó Salcedo, ronco.
Ella obedeció con las mejillas mojadas por un violento llanto y el hombre entró con su lengua profundamente en su boca y lamió su paladar. Ella volvió a gemir, ahogada, y quiso desprenderse empujándolo de los hombros, pero él la contuvo imponiéndole todo su cuerpo encima. La mujer fingió que cedía, y cuando Salcedo aflojó la presión pudo resbalar por debajo de su tórax hasta caer del lecho. Se puso de pie de un salto y al ver el ademán de él ofreciéndole el brazo para volver a atraerla, retrocedió de espaldas.

-No quiero esto -dijo agónica.
-¿Qué es lo que quieres entonces? -preguntó Salcedo, levantándose.
La mujer calzó temblando los botones de su blusa, y recorriendo con la vista la penumbra de la habitación, pareció buscar una respuesta en ese espacio. Absurdamente hizo un repetido movimiento de negación con el cuello y hundió la barbilla en sus manos entrelazadas. Una brisa condujo su atención hacia la ventana abierta, y entonces, con un impulso que le pareció de una velocidad irreal se lanzó al vacío sin dar señales de su intención, sin agregar una palabra.

Salcedo se sintió súbitamente petrificado, frígido en el hielo y la lividez que le treparon de los pies a la nuca. Pensó “Dios mío”, pero no tenía sonidos en la garganta. Al turbulento tráfico de la avenida, se sumó ahora el de una alarma en los pasillos del hotel, estridente y sincopada como la bocina de una bomba de incendios. Recogió su chaqueta caída en la alfombra y sin ponérsela fue hasta la puerta de salida.
Mientras trataba de destrabar la cadena, oyó sonar la campanilla del teléfono celular.
Levantando el seguro, Salcedo salió hacia el corredor con la firme decisión de dejar esta vez la llamada sin respuesta.

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