Cita a ciegas

Por Lucía González

A partir de un diario nacido en su blog, la autora narra no sólo una aventura personal sino la de millones de mujeres en el mundo: “conseguir” un novio. Cada cita es una oportunidad que no puede dejar pasar: un indigenista, un obsesivo del celular, un contador amarrete, un adicto a la televisión, un fanático del fútbol y toda la galería de ejemplares masculinos argentinos que se pueda imaginar. Leé, llorá y divertite.

Lost
July 5th, 2008 · Ezequiel de Robotech, Marcelo Ugly, Matías perfecto, Mi madre, Rodrigo, mi ex
Hoy finalmente es la fiesta de casamiento de mi hermana. Una fiesta que, durante el último año, imaginé cerca de doscientas veces. Primero, entrando con Matías perfecto, bailando borrachos, burlándonos de la gente y chicaneando a mi madre que estaría histérica por la derrota.

También me imaginé yendo con Ezequiel en dos variantes: la tranquila y la que se peleaba con Juan Pitt mientras la estúpida lloraba a moco tendido en el guardarropas. Me imaginé otra con Oscarcito, sólo porque estaba deprimida y quería autoflagelarme. Me imaginé una con Willy, el loquito del celular: yo me escondíano porque no lo soportaba más, y él me mandaba mensajes de texto y me llamaba durante toda la noche. Me imaginé una con Marcelo en la que él me corría la silla, me alcanzaba el abrigo, y yo le buscaba torta en la mesa de dulce con diligencia sumisa de novia almibarada. Y por último, me imaginé una fiesta con José. Una fiesta tan factible, tan cercana, que casi pude saborear la isla flotante y escuchar la música brasilera.

Pero no puedo negar que también me imaginé este final. Que en el fondo, mi gran miedo era que mi mamá tuviera razón justamente porque sentía que era cierto. Que, como dije mil veces, yo soy la que se tropieza con la mesa de dulces o se rompe un taco bailando en la pista. Nunca soy la que entra con un vestido colorado y llama la atención de todo el mundo con sus piernas largas y esbeltas.

Sin embargo, tengo que asumir que perder fue mi culpa. Y no porque lo haya dejado a José. Sino porque hice las cosas mal desde el primer día. Si quería ganar, nunca busqué ni elegí al candidato más adecuado para durar hasta la fiesta. Y si lo que quería era enamorarme, nunca dejé de buscar y de elegir como si estuviera comprando en una zapatería de ofertas.

Ayer le dije a Rodrigo que iba a ir sola, a José que no quería estar con él, y a Marcelo que por favor pasara a dejarme la cartera. Tenía esperanzas de que viniera. Tantas. Pero no vino. No quiso, no pudo, no lo dejaron. No sé.

Hoy se casa mi hermana y perdí. Y voy a tener que pasar por esa noche, por esa fiesta, de la peor forma imaginable: sola. Pero no es tan grave, porque entre perder una apuesta y perderme a mí, prefiero perder la apuesta.

La fiesta inolvidable I
July 6th, 2008 · Irina mi hermana, Mi madre, Rodrigo, mi ex
En las bodas, se supone que la novia camina hacia el altar emocionada, con la cara abollada por las lágrimas y las piernas temblorosas, apenas imperceptibles debajo de un larguísimo vestido blanco. Lo que no se supone es que alguien apueste que la hermana de la novia va a ir sola, gorda y vestida de negro al casamiento. Pero claro, son suposiciones.

Ayer mi hermana entró a la iglesia emocionada y caminó temblorosa como se suponía que camine, pero hasta la mitad del pasillo. En ese momento, me vio sentada entre mi madre y mi tía, y se quedo clavada en el medio de la iglesia, como si hubiera visto un fantasma. Podría jurar que abrió la boca y no la cerró hasta que terminó la ceremonia. Pero quizás estoy exagerando. Es muy difícil prestar atención si tu madre está preguntándote en dónde está tu novio durante toda la ceremonia.

LG
No lo quise traer. Me daba vergüenza mi familia.

MADRE
¡Mentira! ¡Seguro hiciste algo!

LG
No, no. Me daba vergüenza. Nada más

MADRE
No hiciste eso.

LG
Te digo que no va a venir. Si mi novio veía a Amelia babeada y tratando de agarrar un canapé con su mano artrítica de borracha temblorosa, a vos peleándote con Silvia por el micrófono, a la tía comiéndose los langostinos con cabeza y a papá haciendo trencito, me mataba. De hecho, Rodrigo me dejó por culpa de ustedes. Me dijo que estaba muy enamorado de mí, pero que le daba vergüenza ser parte de esta familia. Lo juro (y me besé los dedos).

MADRE
Si no viene perdés, lo sabías ¿No?

LG
¡Ahí viene Irina! ¡Mirá que linda está! ¡Debe ser carísimo ese vestido! ¡Pobre tu nieto, las penurias que va a pasar para pagar ese velo tan largo!

La fiesta arrancó con mi hermana llorando a moco tendido en el guardarropas y mi madre explicándole a la gente por qué no aparecía. Entre desconcertada y furiosa, Irina me mandó a llamar unas cincuenta veces a través de diversos parientes, pero como estaba ocupada tomando daikiris y comiendo sushi, no fui.

Finalmente, mi madre le dijo que ella iba a pagar todo y mi hermana se calmó. Desde que somos muy chicas mi hermana consigue todo llorando, incluso que le paguen una apuesta que perdió. Yo lloro la misma cantidad, pero no consigo dinero. Debería rever esa situación más adelante. Me parece que estoy perdiendo un montón de agua y de plata al mismo tiempo.

Cuando entró al salón, la cara de mi hermana parecía una piñata de colores marmolados. El maquillaje le dibujaba unas arrugas negras en las mejillas y le hundía los ojos como si estuviera enferma de tuberculosis. Yo sonreía y bebía como un cosaco. Incluso me divertía. Todos la estaban pasando mal, menos yo, que no tenía que pagarle nada a nadie ni suplicarle a otros que paguen mis cuentas.

Sin embargo, cuando quise agarrar el quincuagésimo roll, me dí cuenta de que todos me miraban a mí, y no a ella. Y cuando digo todos, digo todos. Desde mi abuela hasta los compañeros de oficina de mi cuñado. Todos susurraban, se codeaban, y me espiaban con una pena sigilosa y elegante.

ABUELA
Yo lo conocí a tu abuelo en el club. ¿Vos fuiste al club?

LG
No, abuela.

ABUELA
(Mientras se metía un cucurucho de kanikama entero en la boca)
Por eso perdiste.

LG
¿Qué?

Al parecer, mientras mi hermana lloraba a los gritos, le contó todo sobre la apuesta a su marido, a sus amigas, a una moza, a mi tía, a mi abuela y a su madrina. Y a su vez, éstas se lo contaron a todos los demás, que asombrados por semejante chismes, se pusieron a opinar con particular entusiasmo sobre mi derrota.

Atento al inminente desastre, Rodrigo se acercó con una botella de champagne y me dijo si quería sentarme con él. Al borde del llanto y sin otro panorama mejor, le dije que sí. Después de todo, de alguna forma rara y moderna somos amigos. ¿No?

Me acuerdo de esos instantes con terror infantil. Fueron, sin duda, el principio de una de las peores noches de mi vida. Y no es que yo no esté acostumbrada a la humillación y al papelón constante. De hecho, no conozco otra cosa. Jamás me fui de un festejo sin haberme caído encima de la torta, sin haber perdido un novio en el baño a manos de otra chica, o haberle preguntado a un sordo si era tarado porque no escuchaba el celular que sonaba en su bolsillo.

Pero la verdad es que nunca me había enfrentado a un desastre de tremenda magnitud. Era mi primer papelón masivo. Hasta ese momento, las vergüenzas más grandes de mi vida habían sido confesarle a mi novio que todavía era virgen, y que se me vuele una pollera pareo que me había atado mal antes de salir de casa, dormida, para ir a la facultad. Transitar esa noche si colgarme del baño, entonces, iba a ser, para mí, un gran desafío. Un desafío que superé, pero que me costó mi dignidad y mi vestido.

La fiesta inolvidable II
July 7th, 2008 · Irina mi hermana, Marcelo Ugly, Mi madre, Rodrigo, mi ex
A las diez y media de la noche, mientras comíamos el exageradísimo y reseco salmón millonario, yo ya estaba borracha como una cuba. Tan borracha, que cuando Rodrigo amenazaba con sacarme el vino, yo gruñía como un depredador. Mi abuela, mientras tanto, seguía con sus preguntas.

ABUELA
(Con las comisuras llenas de salmón grillado)
Yo no entiendo cómo es que con tanto estudio, tantos años, ahí no conseguiste un novio.

Por otro lado, mucha gente me manifestó su apoyo sincero, y en su afán por alentarme, me arrojó a los abismos de la depresión. No me acuerdo de todo el mundo. Sólo de una pelirroja que intentó un abrazo y me dijo que su mamá la había bañado con sus primos hasta los doce. Otra mujer me dijo una frase que no sé como tomar “Será lo que será, pero es tu madre”. Y por último, un viejito me dio su tarjeta para que lo llame. Rodrigo, por su parte, no paró de repetir que tendría que haber esperado para dejar a José.

Pero luego del período depresivo, cuando se acabó el vino tinto y empezó a correr el champagne, llegó una marea de enojo severo. De repente me encontré contestándole como la mona a mi abuela, al resto de los invitados, e incluso al barman porque el trago apenas si tenía alcohol.

LG
Minnovio está preso, apuela.

ABUELA
¿Cómo preso?

LG
Quso matr a mama.

Y como si fuera poco, mi madre se quiso reconciliar de una manera insólita. Vino por detrás, y animada por el alcohol, me empezó a cantar temas relacionados a la victoria y a la derrota, subiendo y bajando los brazos como si fuese una porrista universitaria.

MADRE
¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡Igual nos divertimos! ¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡Igual nos divertimos!

¿Esta mujer intuye lo mal que la pasé yo durante estos meses? ¿Tiene idea las cosas que hice para ganar? ¿Las veces que me humillé, que me sometí a situaciones destructivas, o que salí con gente impresentable sólo para cumplir? ¿Por qué, de repente, a todos les parece un chiste? ¿Por qué los demás lo cuentan como un chisme simpático y pintoresco de mi familia?

MADRE
Lo único que no había necesidad es de ponerse ese vestido de velorio.

Y empezó a tararear una marcha fúnebre más o menos de memoria.

LG
Mi vesitido es perfto. Fijte en el tuye que estás vestida comunarbol de Navidad. Tenés desinocho conores, mamá, panecés un cacatúa.

MADRE
Con estas figura (y dio una vuelta) se pueden usar todos los colores que quieras. El secreto es la silueta, hasta el verde manzana te queda lindo si estás delgada.

LG
No me gusptan los coliores, maam.

MADRE
¡Y como sigas comiendo, te van a gustar menos!

LG
Rbol de navidán.

Y me pegó en la mano para que soltara un profiterol. En ese momento me puse tan furiosa, pero tan furiosa, que me comí ocho profiteroles seguidos, uno atrás de otro, en su cara. Pero ella no se rindió.

MADRE
Genial, ahora ni ese vestido te va a entrar.

LG
Ptuuuuuf.

Y me fui al baño. Un poco a esconderme de ella, y otro poco porque los profiteroles me habían caído mal.

Yo no sé en qué baño me metí o cuánto tiempo estuve sentada en el inodoro, pensando en todo lo que había pasado en el último año. Me acordé de esa vez que me encerré a llorar en el camping con Marcelo, la vez que encontré a Matías con la otra chica en la otra fiesta y en el cepillo de dientes y la afeitadora de José que todavía descansaban en mi botiquín. Estaba borracha y pensaba desorganizadamente, emocionalmente, torpemente. Pero al menos pensaba. Me hubiese gustado callar a mi mamá. Hubiera estado bien verla tragarse todo su orgullo. Quizás Rodrigo tenía razón y tendría que haber esperado para hablar con José. Quizás podría haber tenido paciencia. Nunca lo iba a saber.

Cuando salí del baño, tambaleándome, me di cuenta que la toalla estaba tirada en el piso y, confundida, abrí un pequeño armario de chapa para buscar una nueva. No había toallas. Pero había unos bolsos, presumo, del personal de la fiesta. Quizás de los mozos, de los cocineros, o de algún empleado de mantenimiento. Eran sólo bolsos, pero en el medio de todos, brillando y destilando comodidad dominguera, encima del resto de las cosas, como si estuvieran acomodados sobre un almohadón real, descansaban un pantalón de jogging majestuoso con un viejo buzo imitación de Nike.

Las ganas de ponérmelos eran tan grandes. Tan grandes. Era como el anillo de Frodo. Era un imán, un hechizo, un reflejo. Me imaginaba mis piernas acariciadas por la frisa roñosa de la joggineta y me estremecía de placer. Podía ver la cara de mi madre al verme salir del baño con ese atuendo, y me moría de risa sola.

Así que no lo pensé más, me desvestí y me robé el jogging, el buzo, y unas zapatillas talle cuarenta y dos que me hacían lucir como un payaso de circo.

La salida, lo juro, fue triunfal. Si no hubiera estado tan borracha juraría que la música se detuvo y me iluminaron desde el techo.

Pasé por al lado de mi madre y trabada por el alcohol y la risa, me hice notar.

LG
Aper que te prece el vestido otro ahora.

De más está decir que durante el resto de la fiesta, mi madre me persiguió por todo el salón exhortándome a volver a mi atuendo inicial. La hice pedirme perdón, la hice repetir que era una cacatúa colorinche y que mi vestido era más elegante que el suyo, pero la engañé. Me quedé con el jogging hasta las tres de la mañana. Incluso mi abuela se indignó.

ABUELA
Nena ¿Qué hacés vestida de pintor?

Más tarde, sin embargo, quise volver a cambiarme. El chiste ya había perdido la gracia, la gente murmuraba demasiado, mi hermana fruncía el ceño, furiosa y mi madre había dicho “cacatúa” varias veces. Pero cuando volví al baño, el vestido ya no estaba. Alguien lo había guardado o se lo había robado descaradamente.

Para no soportar los reproches de mi madre, se me ocurrió ir a dormir al guardarropas arriba de todos los abrigos (en ese momento tenía lógica). Dormí profundamente, mientras Rodrigo me buscaba por todos lados y mi madre agradecía que yo hubiera desaparecido. Creo que pasaron dos o tres horas, porque descansé bastante bien. Cuando me desperté asomaba una resaca impresionante pero ya hablaba bien y me podía mantener en pie. De a ratos me sentía en mi propia cama. Hasta que tuve que compartirla con otra persona.

A eso de las seis de la mañana, se abrió la puerta del cuarto y me cayó encima una mujer. Mi madre, preocupada porque su amiga Silvia estaba borracha, efectivamente la había empujado adentro del guardarropas. Tal cual como había prometido. Silvia apenas podía articular una palabra entera, pero con todas sus fuerzas y con las vocales que pudo, sentenció:

SILVIA
Mir aa lu cí na que conscí hijiputan pero tu amaman es un caso apart, querida.

Y se prendió un cigarrillo encima de todos los abrigos y sacones de piel.

Asumí entonces, que era hora de irme. Agarré mi tapado, me lo puse arriba del jogging, y así completé mi atuendo de linyera para salir a la calle. Al dueño de las zapatillas le dejé una notita en un papel higiénico avisando que le iba a devolver sus cosas durante la semana.

Afuera, me esperaba un domingo gris. Un domingo como todos mis domingos. Un domingo que me encontraba otra vez soltera, en pantalón de jogging, con el estómago lleno de comida chatarra y alcohol.

Por un momento pensé que estos últimos nueve meses habían sido un mal sueño. Que nunca habían pasado. Que ese día yo me había puesto esa ropa para bajar a comprar algo al kiosco, mientras me sacudía una pesadilla de la cabeza. Una pesadilla que involucraba apuestas, candidatos ficticios, una dieta inconclusa y un poco de amor. Y me convencí de que ningún recuerdo era cierto. Que mi mamá no había sido capaz de tal cosa, o que si lo había mencionado, mi hermana se había indignado con semejante proposición. Pero mientras cruzaba la calle, la realidad me golpeó sin anestesia.

Entre el ruido de los autos y la música que venía del salón, alguien me chiflaba desde la esquina, muerto de risa: ¡Pero qué pinta! ¿Quién es el diseñador?

Atontada, giré solamente para confirmar la voz. Quería tanto que fuera esa. Y por primera vez en la noche sonreí de felicidad genuina. Crucé la calle, un poco torpe y un poco ansiosa, y fui caminando hasta la esquina.

LG
Pensé que no ibas a venir.

MARCELO
Te tenía que llevar. Yo siempre vengo al final de las fiestas.

LG
Es verdad.

MARCELO
(Extendiéndome el celular)
Tu hermana llamó veinte veces, llorando a moco tendido.

LG
¿Te contó algo… de la apuesta?

MARCELO
Hasta el último detalle. La tuve que calmar.

LG
(Incrédula)
¡Viniste!

MARCELO
Siempre vengo.

Marcelo se rió y me dio la mano con timidez. Nunca agarré una mano tan fuerte. Ni siquiera cuando era chica y cruzaba una avenida con mi mamá.

MARCELO
¿Y? ¿Ganaste o perdiste?

Me encogí de hombros, dudosa.

MARCELO
(Ansioso)
¿Ganaste o perdiste?

LG
Supongo que gané.

De Cita a ciegas. 227 días para conseguir un novio, de Lucía González. Buenos Aires, Aguilar, 2008.

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