La ceremonia del porno

Por Andrés Barba y Javier Montes

Con este libro sus autores conquistaron el premio Anagrama de Ensayo, en el que ofrecen un recorrido por las distintas miradas al consumo de pornografía a lo largo de la historia y la cultura, de Sade a Santa Teresa, de Bataille a Barthes, de Madonna a Martin Amis, y un análisis de los hábitos privados del porno a la red y la webcam. Compartamos un puñado de fragmentos.

Se suele pensar en el porno como el más rudimentario de los géneros de ficción para el más rudimentario de los consumidores. Y sin embargo el porno es muy exigente con su usuario. Si ver porno es fácil, verse viendo porno es mucho más complicado. Es una de las muchas dificultades del hablar de porno: la de reconocerse sujeto susceptible a lo porno; más aún, sujeto que busca activamente lo porno; y todavía más, sujeto que se reconoce a sí mismo mientras ve porno. Sólo si se es capaz de realizar ese triple esfuerzo puede resultar interesante tratar el asunto.

De Sade a Santa Teresa, de Bataille a Barthes, de Madonna a Martin Amis, pasan por este ensayo quienes han hablado sobre el asunto a lo largo de su historia. Pornófilos y pornófobos se han enfrentado en guerras sin cuartel que quizá llegan ahora a una tregua indefinida: del porno en red a la webcam, el antiguo consumidor se está convirtiendo en productor y en sujeto porno. Y el consumo masivo de pornografía en países y sociedades oficialmente represores nos dice que quizá estemos llegando a una nueva fase en las relaciones privadas y colectivas con lo pornográfico.

“La pornografía es una ceremonia privada”

Es imposible no sentirse perturbado en lo más hondo de uno mismo al ver porno. No es cierto, claro, que todo el porno resulte para todos igualmente turbador y misterioso; pero sí que para todo el mundo hay al menos cierto porno profundamente conmovedor. Puede aburrirnos soberanamente el porno hetero o las gang bangs homosexuales, puede dejarnos frío el aparataje leather, el porno amateur, los disfraces de personajes Disney o los uniformes de colegialas. Pero sería estúpido –e involuntariamente revelador– apresurarse a concluir que de la indiferencia personal ante una modalidad del porno se deduce la indiferencia ante el conjunto, y que el porno nos es indiferente. Más aun, que nos aburre (la frase de buen tono por excelencia, la que mejor pone a salvo: hasta no hace mucho particularmente extendida en tertulias de sobremesa progres, aunque parece que ya va costando más dejarla caer sin que chirríe demasiado). El porno –el porno adecuado a cada uno– nunca es aburrido; como mucho puede admitirse que su grado máximo de interés se atenúe en el momento inmediatamente posterior a la excitación y el orgasmo que por todos los medios intenta provocar. Susan Sontag veía un producto eminentemente camp –es decir, antipornográfico– en “las películas pornográficas vistas sin lujuria”. Quizá tuviese algo de razón: para ser comprendido en toda su intensidad el porno exige –y, servicial, se encarga de proporcionar– un compromiso (en el que entra la excitación) por parte del espectador que permita la experiencia pornográfica y le dé su carácter de ceremonia. […]

Si ver porno es fácil, verse viendo porno es mucho más complicado. Hay una convención extendida cuando se habla de porno. Se acepta, sí, que es un asunto interesante desde puntos de vista filosóficos, antropológicos, sociológicos o cualesquiera otros. Y a la vez parece darse por hecho que por interesante que pueda resultar, sólo atañe a los demás. Que siempre son otros quienes conciben, producen, ofertan y consumen porno. En cierto modo, esto es verdad: siempre es otro quien consume porno porque incluso uno mismo, cuando consume porno, es otro. […]

La pornografía es una ceremonia. Y una ceremonia privada. Toda la seducción de la ceremonia está basada en la violencia que ejerce sobre la lógica del sentido. Se fundamenta en una suspensión de la lógica que permite su dialéctica mágica: se produce un vencimiento del mundo a través de la estructura mágica de la ceremonia. Es por tanto, un acto institucional tal como lo concebía Austin en su teoría sobre los actos del habla: un tipo de acto elocutivo que sólo funciona cuando lo realizan “personas autorizadas” en determinadas circunstancias previamente definidas. Yo puedo decir en mitad de una plaza: “Doy por inaugurado este Congreso”, pero mi declaración sería nula porque ni soy una persona autorizada, ni he pronunciado la elocución en las circunstancias necesarias para que se lleve a efecto. En lo que se refiere a pornografía, esa ceremonia mágica sólo se produce si soy una persona autorizada para que se produzca, es decir, si acepto el presupuesto de la revelación y me vinculo con el compromiso de la excitación. […]

Quizá la narrativa pornográfica habría sido mucho más comprensible para un espectador japonés de teatro Nô en el año 1000 que para el público para el que fue filmada masivamente en los setenta. Y lo mismo vale para el auto sacramental medieval o la propia tragedia clásica: cualquier estructura narrativa de carácter simbólico, en fin, que eluda el movimiento interior de los protagonistas y los desplace del hacerse al ser. Al mantener frente a las cámaras un encuentro sexual, los actores porno articulan una estructura narrativa en la que el interés reside más en la exposición que en la modificación. El rostro de una actriz excitada (o que interpreta su excitación) en primer plano es un rostro enmascarado, una personificación. Un rostro bajo una máscara no es un rostro que se esconde bajo una máscara, sino un rostro anulado, inexistente fuera de la máscara. El rostro es la máscara. (…) La mirada sin alma –sin conciencia: sin visión– del actor porno parece leer nuestra propia conciencia. Pero no hace sino lo contrario: invita a despojarnos de ella. En su mirada inocente –en su estado de gracia absoluta– contemplamos un reflejo de nosotros mismos. En su mirada el porno evoca ese estado de gracia a ojos del espectador (y la usa, con la astucia que bien conocía Bataille, como estratagema para inspirarlo).

La verdadera diferencia del actor porno respecto al espectador no reside, por tanto, ni muchísimo menos, en sus aparentes ventajas físicas –medidas en centímetros de miembro en erección, volumen de pecho, diámetro de bíceps o esbeltez de caderas. Es de otro orden, mucho menos evidente (y precisamente por eso, insalvable). Cuando el espectador del porno se pregunta, exasperado por la perfección física más o menos apabullante de sus actores, que dónde están esas tías o esos tíos en la vida real, está plan-teando, instintivamente, una pregunta muy bien encaminada. Esos tíos y esas tías no están en la vida real. (…) El hombre o la mujer reales, mediante su contacto con el porno y en virtud de su alquimia, se han transmutado brevemente en actores porno: títeres o dioses. […]

El desenlace al que tiende toda narración pornográfica es, sin duda, la eyaculación misma. Aquí se manifiesta el abismo que separa una narración tradicional de un sistema representativo como el porno. A nadie se le ocurriría desautorizar una secuencia porno por la previsibilidad de un final en el que “el chico siempre se corre”(…). Se asiste a la eyaculación más como a un cierre necesario que como a un desenlace que justifica la escena en retrospectiva. “Que el chico al final se corre” es, a la vez, una evidencia que no degrada la validez de la narración como tal, y una convicción que la sustenta. Debe verse aquello que se sabe que va a verse.

Toda la estructura de la película pornográfica se articula en torno a esta toma cumbre. El plano del semen manando que, muy elocuentemente, se llama en el mundillo el money shot: el plano por el que cobran los actores y que justifica el dinero pagado por el consumidor. No se simboliza ni se reproduce, se realiza ante la cámara. El término money shot o cum shot no deja de tener su justicia poética y brutal: el dinero y el semen son cosas absolutas: o se tienen o no se tienen, o se gastan o no se gastan. Para cumplir con su trabajo el actor porno no puede tener un poco de orgasmo, algo de erección. […]

Se ha dicho que el narcisismo juega un papel importante a la hora de explicar el deseo de transfigurarse en objeto pornográfico. Hay en ello un componente imitativo: el sujeto quiere verse transfigurado para habitar, siquiera brevemente, la dimensión de la pornografía que previamente ha consumido. Narciso no se enamora de sí mismo: se enamora de alguien a quien no reconoce y que resulta ser su propia imagen reflejada. Cuando una pareja se graba mientras mantiene relaciones sexuales y corre a dar al replay de su cámara digital aspira a una experiencia similar. Al preguntarse cómo habrán salido se preguntan, en realidad, dónde habrán entrado: quieren comprobar hasta qué punto su imagen sexual es ya, de pleno derecho, pornográfica. […]

“Arte pornográfico” es un oxímoron similar a “porno artístico”. La “percepción clara del límite y la insuficiencia” es el desgarro con que lidian arte y porno. Dice Proust en La prisionera: “Cuando veía yo un objeto externo, la conciencia de que lo estaba viendo flotaba entre los dos (…) y se volatilizaba antes de que pudiera entrar en contacto con él, lo mismo que un cuerpo incandescente nunca llega a tocar la humedad de un objeto mojado porque siempre va precedido de una zona de evaporación”.

Es en esa zona de evaporación donde trabajan el arte y el porno. Lo hacen, sin embargo, de formas muy distintas. Si el arte es sublimación de ese límite, merodeo en su torno, infinita complicación en la representación de sus rasgos, el porno es atajo, camino más corto y búsqueda del mínimo denominador. Si el arte enfatiza su relación con el deseo, el porno hace lo propio con su satisfacción. Si el porno reduce su objeto y lo despoja de lo accesorio hasta transformar la sexualidad compleja en puro sexo, el arte hará lo contrario con una imagen sexual: aludirá a la compleja sexualidad a partir del sexo puro.

De La ceremonia del porno, de Andrés Barba y Javier Montes. Barcelona, Anagrama, 2006.

Opiniones (0)
10 de Diciembre de 2016|07:48
1
ERROR
10 de Diciembre de 2016|07:48
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic