Dios no es bueno. Alegato contra la religión

Por Christopher Hitchens

Siguiendo la tradición de "Por qué no soy cristiano" de Bertrand Russell, el autor presenta el argumento definitivo contra la religión. A través de una serie de agudas lecturas de los principales textos religiosos, demuestra cómo la religión es producto del hombre, peligrosamente represiva en la cuestión sexual y distorsiona hasta los orígenes del universo. Una lectura polémica.

Con claridad y fuerza, Hitchens presenta la opción para una vida más laica, basada en la ciencia y la razón, en la que el infierno deja su lugar a la impresionante visión del universo del Telescopio Hubble y Moisés y la zarza en llamas desaparecen ante la belleza y la simetría de la doble hélice. Este es un elogio a la posibilidad de una sociedad sin religión y que defiende que la idea de que un Dios omnisciente ha dañado profundamente a la humanidad.

“Esta es la cuestión acerca de mis ideas y de quienes piensan como yo. Nuestra creencia no es una creencia. Nuestros principios no son una fe. No sostenemos nuestras convicciones dogmáticamente. Creemos firmemente que se puede vivir una vida ética sin religión. Y de hecho sabemos que el reverso es cierto: que la religión ha hecho que muchas personas no sólo no se comporten mejor que otras, sino que consideren aceptable comportarse en modos que harían que el gerente de un burdel o un genocida torcieran el gesto”, dice el autor de Dios no es bueno. Alegato contra la religión.

Capítulo 1. Dicho sea suavemente (fragmento)

Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he percibido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón suelen tener tendencia a adoptar este curso de acción), entonces no tendrá únicamente que discrepar con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendrán también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.

Cuando era un niño de unos nueve años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme con sus lecciones de ciencias naturales y también de las escrituras. Nos llevaba a mí y a mis compañeros a dar largos paseos por una zona particularmente adorable de la hermosa tierra en que nací y nos enseñaba a distinguir entre sí las diferentes especies de aves, árboles y plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos; la maravilla de un puñado de huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos) crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.

Más adelante, en otras clases, se nos entregaba un pedazo de papel impreso encabezado con el epígrafe de «Busca en las Escrituras», el cual remitía a la escuela la autoridad nacional competente encargada de supervisar la enseñanza de la religión. (Junto con las oraciones diarias, esta actividad era obligatoria y venía impuesta por el estado.) Aquel papel presentaba un versículo aislado extraído del Antiguo o del Nuevo Testamento, y la tarea consistía en localizar dicho versículo y, a continuación, contarle a la clase o a la maestra, de forma oral o por escrito, qué contaba el pasaje y cuál era la enseñanza. Yo adoraba este ejercicio e incluso destacaba en él hasta el punto de que (al igual que Bertie Wooster)* solía aprobar la asignatura siendo «de los mejores». Aquella fue mi primera introducción a la crítica práctica y textual. Yo leía todos los capítulos que precedían a aquel versículo y todos los que le seguían para asegurarme de que había captado «lo importante» de la pista inicial. Todavía soy capaz de hacerlo, en buena medida para incomodo de algunos de mis enemigos, y todavía respeto a aquellos cuyo estilo se desprecia a veces calificándolo de «meramente» talmúdico, coránico o «fundamentalista». Este es un ejercicio mental y literario óptimo y necesario.

Sin embargo, llegó un día en que la pobre y querida señora Watts se extralimitó. Tratando ambiciosamente de fundir sus dos papeles de instructora de la naturaleza y profesora de la Biblia, nos dijo: «Así que ya veis, niños, lo poderoso y generoso que es Dios. Ha hecho que todos los árboles y la hierba sean verdes, que es justamente el color que más descansa nuestra vista. Imagináos lo desagradable que sería si, en lugar de hacerlo así, la vegetación fuera toda morada o naranja».

Y fíjense en lo que aquella piadosa y anciana adivina consiguió con ello. La señora Watts me agradaba: era una viuda cariñosa y sin hijos que tenía un perro ovejero muy viejo que, de verdad, se llamaba Rover. Después de clase nos invitaba a golosinas o a merendar a su vieja y destartalada casa, que estaba cerca de la vía del tren. Si Satán la escogió a ella para tentarme con el error, tuvo mucha más imaginación que la de recurrir a la taimada serpiente del Jardín del Edén. La señora Watts jamás nos levantó la voz, ni nos amenazó con la violencia (cosa que no podía decirse de todos mis profesores) y, en general, era una de esas personas cuya memoria se honra en Middlemarch, de las que se puede decir que «el que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos, se debe en buena parte al número de los que vivieron fielmente una vida escondida y descansan en tumbas que nadie visita».

En todo caso, quedé francamente horrorizado por lo que nos dijo. Mis pequeñas sandalias con correa se erizaron de bochorno. A la edad de nueve años yo no tenía la menor idea de lo que era el argumento del diseño inteligente, ni su rival, el de la evolución humana, ni de la relación entre la fotosíntesis y la clorofila. Los secretos del genoma permanecían tan ocultos para mí como lo estaban en aquella época para todos los demás. En aquel entonces, no había visitado enclaves naturales en los que casi todo se mostraba espantosamente indiferente u hostil a la vida humana, cuando no a cualquier tipo de vida. Yo simplemente sabía, casi como si tuviera acceso privilegiado a una autoridad superior, que mi profesora había conseguido confundirlo todo en tan solo dos frases. Son los ojos los que se adaptan a la naturaleza, y no al contrario.

No voy a fingir que recuerdo perfecta u ordenadamente todo lo que sucedió tras aquella epifanía, pero en relativamente poco tiempo empecé a reparar en otras curiosidades. Si dios era el creador de todas las cosas, ¿por qué se suponía que teníamos que «alabarle» de un modo tan incesante por haber hecho algo que le salía de una forma tan natural? Aparte de otras cosas, me parecía servil. Si Jesús podía curar a un ciego con el que se topaba por casualidad, ¿por qué no curaba entonces a todos de la ceguera? ¿Qué había de maravilloso en expulsar a los demonios si acababan entrando en una piara de cerdos? Aquello parecía siniestro: era más propio de la magia negra. Con tanto rezo continuo, ¿por qué no había ningún resultado? ¿Por qué tenía yo que seguir diciendo en público que era un desgraciado pecador? ¿Por qué el asunto del sexo se consideraba tan pernicioso?

Desde aquel entonces, he descubierto que todas estas objeciones ingenuas e infantiles son extremadamente habituales, en parte porque ninguna religión puede atajarlas con ninguna respuesta satisfactoria. Pero también se me presentó otra objeción más importante. (Digo «se me presentó», en lugar de «se me ocurrió», porque estas objeciones son ineludibles, además de insalvables.) El director del colegio, que oficiaba las misas diarias, dirigía las oraciones y se aferraba al libro, y además era un sádico y un homosexual encubierto (al que hace mucho tiempo he perdonado porque despertó en mí el interés por la historia y me prestó mi primer ejemplar de P.G. Wodehouse), estaba una tarde dándonos una charla absurda a algunos de nosotros. «Tal vez ahora no encontréis sentido a toda esta fe», nos dijo. «Pero algún día lo encontraréis, cuando empecéis a perder seres queridos».

Además de incredulidad, sentí otra vez un aguijonazo de pura indignación. ¿Por qué? Eso era como decir que tal vez la religión no fuera verdadera, pero que no importaba, porque se podía encontrar consuelo en ella. Cuán despreciable. En ese momento yo tenía unos trece años y estaba empezando a convertirme un poco en un pequeño intelectual insoportable. Jamás había oído hablar de Sigmund Freud (aunque me habría resultado muy útil para entender al director), pero me acababan de mostrar un atisbo de El porvenir de una ilusión.

Les cuento todo esto porque no soy una de esas personas cuya posibilidad de vivir una fe saludable haya quedado destruida por los abusos infantiles o el adoctrinamiento salvaje. Sé que hay millones de seres humanos que han tenido que sufrir este tipo de cosas y no creo que se pueda, ni se deba, absolver a las religiones de haber impuesto semejantes calamidades. (En el pasado muy reciente hemos visto a la Iglesia de Roma contaminarse con su complicidad en el imperdonable pecado de los abusos de menores o, como se diría en una variedad de pig latin, por «ningún trasero de niño abandonado».) Pero también hay organizaciones no religiosas que han cometido delitos similares, o incluso peores.

Sigue habiendo cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: que representa de forma absolutamente incorrecta los orígenes del ser humano y del cosmos, que debido a este error inicial consigue aunar el máximo de servilismo con el máximo de solipsismo, que es causa y consecuencia al mismo tiempo de una peligrosa represión sexual y que, en última instancia, se basa en ilusiones.

De Dios no es bueno. Alegato contra la religión, de Christopher Hitchens. Barcelona, Debate, 2008.

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