Mendocinos denunciaron ser víctimas de la corrupción de la Bonaerense

Omar Gerardi y su esposa viajaron el 20 de octubre a la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, ni bien llegaron, efectivos de la policía provincial los detuvieron, alegando que la camioneta tenía pedido de captura. Los tuvieron 4 horas detenidos y los liberaron tras pagar una coima de 300 pesos. A la mujer la obligaron a desnudarse.

La Policía de la Provincia de Buenos Aires –más conocida como La Bonarense- no integra precisamente el listado de fuerzas con mejor imagen del país. Precisamente, es de las peores vistas, por no decir la de peor imagen en todo el territorio nacional. En el libro “La Bonaerense: historia criminal de la policía de la provincia de Buenos Aires”, los periodistas Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer describen con extrema precisión cuáles son las irregularidades que hacen esta imagen de corrupción, algo que salió claramente a la luz cuando se descubrió la conexión entre uniformados y civiles comprometidos en la muerte de José Luis Cabezas, reportero gráfico asesinado el 25 de enero de 1997 en Pinamar.

Omar Gerardi (35) y su esposa, 31 pueden dar fe de los abusos de los que, en reiteradas ocasiones, se acusa y denuncia a La Bonarense. El pasado lunes 20 de octubre, Omar y su mujer llegaban a la Provincia de Buenos Aires para comprar mercadería, que luego comercializarían en su Santería, ubicada en calle Buenos Aires, pero de Mendoza. Y cuando tan sólo habían transcurrido unos pocos minutos desde que pisaban suelo bonaerense, comenzaron a vivir una pesadilla que se prolongaría por casi 4 horas, que tendría a la policía de esa provincia como protagonista con maltratos, abusos y hasta el pago de una coima.

“Llegamos a eso de las 16 y entramos a Buenos Aires en nuestra camioneta por calle Díaz Vélez, que separa Ciudadela de La Matanza. Yo me bajé unos minutos para hacer unos trámites y, cuando salí, vi que mi mujer se había bajado del vehículo y estaba mostrándole a unos policías la mercadería que llevábamos en la parte de atrás”, destacó Gerardi.

Sin que ellos lo sepan en ese momento, ese sería el inicio de una seguidilla de hechos nefastos. “Nosotros entramos a Buenos Aires y nadie nos seguía, ni siquiera nos hicieron señas para que nos detengamos. Cuando yo vi a los uniformados revisando la mercadería, me acerqué y quise averiguar qué pasaba. Allí me dijeron que la camioneta (una Mercedes Benz Sprinter) era un ‘flan caído’ –un vehículo que se adquiere en cuotas y que nunca termina de pagarse- y que íbamos a tener que acompañarlos a la comisaría. Yo les mostré la documentación del vehículo, pero ni la vieron”, destacó Gerardi a MDZ, quien aclaró que él compró la Sprinter 0 km. “La compré acá, en Nihuil Motors”, agregó, intentando dar las explicaciones que La Bonaerense no quiso oir hace poco menos de un mes.

“Empezaron a hacer llamados, hablaban mucho entre ellos y hacían como que hablaban por celular. Era todo un circo y se notaba que era trucho”, retomó David, con el relato de la pesadilla. Y, en un abrir y cerrar de ojos, Gerardi y su esposa ya estaban en la comisaría de La Matanza, rodeados de policías e incomunicados. “Uno de los policías me sacó el celular y lo apagó. Ni siquiera me dejaban llamar a la concesionaria para que manden un fax con todos los papeles para que vean que estaba todo en regla y pago”, continuó la víctima. Ya eran las 16.30 y estaban encerrados, ellos dos solos con un grupo de policías que vigilaban atentamente cada uno de sus movimientos.

“Uno de los policías se acercó, me habló y, de manera indirecta, me dijo que querían plata. Yo sabía que no había otra alternativa, estábamos los dos solos con ellos y me ofrecí a pagarles una coima. Pero él me dijo que tenía que hablar con ‘el canoso’, que era el comisario. Entré a su oficina y le ofrecí 100 pesos. El me mostró que en una de sus manos tenía una pulsera y un anillo y me contestó: ‘Con estas dos cosas tengo 15.000 pesos, ¿pensás que me vas a apretar con 100 pesos?’. Saqué 100 más y me volvió a decir que no, que tenía que comprar los artículos de limpieza para la comisaría y que tenía que repartirlo con los otros uniformados”, destacó Gerardi

El panorama era cada vez más desolador para el matrimonio mendocino en tierras bonaerenses, encerrado entre las cuatro paredes de la seccional. Con más miedo que otra cosa, Omar salió de la oficina del comisario canoso y se acercó a su mujer. “Ella tenía más plata escondida en la cartera y le pedí 100 pesos más. Volví a la oficina del comisario y le ofrecí los 300 pesos. ‘Te tengo que dejar un rato más para que te sigas ablandando’, me dijo el canoso. Ya eran 18.45, y nos tuvieron media hora más encerrados, finalmente le di los 300 pesos y nos dejaron ir. Pero cuando salíamos, el comisario se puso uno de sus dedos índices debajo de un ojo, me dijo que si me volvía a agarrar, no salía más”.

La pesadilla para Gerardi y su esposa estaba terminando. Durante casi 4 horas debieron someterse a la caprichosa voluntad de un grupo de uniformados que, en su afán por hacerse con unos pesos extra, hicieron vivir un calvario al joven matrimonio local. Incluso, una vez afuera, algunos detalles les resultaron escalofriantes y se percataron de que a la pesadilla aún le restaba un capítulo más.

“Salimos y nos dijeron que no vayamos a contar nada, que no prendiésemos el celular. Y en las 3 cuadras siguientes que hicimos en la camioneta, encontramos en cada esquina una camioneta de la policía que nos estaba observando para ver si hacíamos algo raro. La verdad que fue terrible”, agregó el hombre, destacando que en la primera oportunidad que tuvieron salieron de La Matanza y se cruzaron hacia Ciudadela, escapando –al menos física y geográficamente- de tan terrible situación que, además de toda una tarde encerrados, incluyó hasta una falsa requisa de un médico forense. "A mí mujer la obligaron a bajarse los pantalones, fue todo muy degradante", sentenció.
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19 de septiembre de 2017 | 14:47
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