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Rafael Nadal, la máquina de ganar

Roland Garros, Wimbledon, Juegos Olímpicos y, ahora, el Príncipe de Asturias. Nada se resiste a la inagotable ambición del tenista español, cuya privilegiada cabeza y talento lo llevó hasta el número uno del mundo.

Rafael Nadal recibió hoy en el Teatro Campoamor de Oviedo el Príncipe de Asturias, considerado el "Nobel español", con lo que ingresó en un club en el que ya hay nombres como los de Michael Schumacher, Hicham El Gerrouj, Miguel Indurain o Carl Lewis.

Aunque lleva siete temporadas como profesional, Nadal apenas tiene 22 años. Sin embargo, en los últimos cuatro, al tenista le dio tiempo de acumular cinco títulos de Grand Slam, entre ellos cuatro consecutivos en Roland Garros, donde nunca perdió, y un Wimbledon. Además, tiene la posibilidad de lograr en noviembre, ante Argentina, su segunda Copa Davis.

El título en Londres fue, posiblemente, el punto de inflexión en su carrera. El español era, sin discusión, el mejor jugador en tierra, donde llegó a encadenar el récord de 81 partidos seguidos ganando, pero seguía por detrás del suizo Roger Federer en el ranking mundial.

Hasta 160 semanas estuvo en el número dos del escalafón, siempre por debajo del suizo. Nadie estuvo antes tanto tiempo en el segundo peldaño sin perder la concentración y el deseo de seguir ganando.

Obseso de los números y las estadísticas, Nadal no dejó nunca de hacer sus cuentas con objeto de asaltar el número uno en cuanto Federer diese muestras de debilidad.

Y las dio en Wimbledon, a principios de julio, en una final memorable en la que ambos tenistas pelearon casi hasta el anochecer por un título que parecía más que un título.

El privilegiado físico de Nadal siempre parece hacerle aguantar algo más que sus rivales, pero la clave de su perseverancia está en la cabeza. Al final, el suizo dobló la rodilla y se inclinó ante su rival, que poco después, el 18 de agosto, arrebató el número uno a Federer tras más de cuatro años en la cima del tenis.

Es la mejor temporada de Nadal desde que es profesional, pero no había señales de eso cuando empezó. Primero por las sorprendentes declaraciones de su tío-entrenador, Toni Nadal, en las que abría serias dudas sobre el estado físico del jugador, afectado por una lesión crónica en el pie. Y luego por la explosión del serbio Novak Djokovic, el "tercer hombre" tras Nadal y Federer, al conquistar en enero el Abierto de Australia.

Tras pasos dubitativos a comienzos de año, Hamburgo definió probablemente gran parte de lo que sucedió después. Nadal se enfrentaba a Djokovic en las semifinales, un choque en el que se jugaba mantener el número dos del mundo. Si perdía, el nuevo desafiante de Roger se llamaría Novak.

Nadal no sólo ganó ese partido, sino que lo hizo de forma brillante. Conquistó el torneo derrotando a Federer en la final y encadenó luego los títulos de Roland Garros, Queen's, Wimbledon y Toronto.

El nuevo rey nació en Manacor, una localidad carente de atractivos, insólita para el surgimiento de una estrella del deporte. Ubicada en el centro de la isla de Mallorca, lo mejor de Manacor está en las cercanas playas de Porto Cristo, en las que cuando puede Nadal se relaja pescando.

Allí vive el número uno, en una casa de tres pisos que concentra a buena parte de su familia. El "clan" Nadal es sólido, unido, y tiene como figuras clave a Sebastiá, el padre del jugador, Toni, su entrenador, y Miguel Angel, ex internacional con la selección española de fútbol, el deporte que verdaderamente enloquece al tenista.

Su éxito desde que explotó como jugador en 2005 no le salió gratis. Sus músculos, que resaltan más aún con la estrecha camiseta sin mangas que Nike le impuso como imagen, fueron centro de periódicas acusaciones veladas de doping.

"Me preguntas por qué no me dopo...", dijo a dpa durante una entrevista realizada hace dos años. "Simplemente uno no se dopa porque uno ama al deporte. Yo prefiero mucho más perder que ganar haciendo trampas. Mucho más", enfatizó con gesto serio.

El jurado del Príncipe de Asturias destacó su compromiso con los "nobles valores deportivos dentro y fuera de la pista". "Tanto en la victoria como en las escasísimas ocasiones en que conoce la derrota, se manifiesta como gran deportista. Es particularmente impecable su reacción en los triunfos más importantes y el modo en que destaca la labor de sus oponentes", señala el acta de los jueces.

Poco tiene que ver el Nadal de hoy, que aún se confiesa admirador de Federer, con el que en marzo de 2005 se paseaba tímido y con una camisa demasiado amplia por la discoteca de Acapulco, en la que se celebraba su tercer título como profesional.

Aunque la playstation es todavía una de sus principales diversiones, el español, que acumula ya 31 torneos ganados, ha mostrado su lado más duro al enfrentarse a la dirección de la ATP y al presidente de la Federación Española de Tenis (RFET).

Y antes del US Open, no dudó en dar publicidad a su lado más sexy en un reportaje fotográfico para "New York Magazine". Nadal ya es un hombre y su imagen se cotiza muy alto.
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