La Teoría de la Mente: ¿se puede "leer" la cabeza ajena?

¿Podemos leer la mente de los otros? ¿Tenemos la capacidad de saber qué piensan los demás? ¿Qué nos dice la neurociencia?

"Siempre es mejor que la gente hable cara a cara, surgiendo malentendidos. Y los malentendidos, ¿sabe?, son una fuente de infelicidad", Haruki Murakami 


Dicen que ella tenía la mirada distante y el ceño fruncido. Dicen que él pensó que estaba enojada. Le dio un beso y se fue. Dicen que nunca más volvió porque no quería saber nada de planteos. Dicen que ella ahí quedó, parada, porque aún pensaba en cómo le diría que era el amor de su vida.

Si hay algo en lo que los seres humanos tenemos maestría y doctorado, es en encontrar explicaciones. Todo el tiempo estamos leyendo intenciones en los demás. Y es que nuestro cerebro es una máquina predictiva, que necesita adscribir significados a lo que ocurre en el mundo que nos rodea para poder dar respuestas adecuadas. Con la finalidad de garantizar la supervivencia dentro del medio social constantemente manejamos explicaciones frente a lo que los otros hacen o no hacen. Para ello, contamos con una red de neuronas especializadas en interpretar los actos de los otros.

El concepto de "teoría de la mente" (ToM) hace referencia a la habilidad para predecir y comprender la conducta de otras personas, infiriendo intenciones y creencias. Esto quiere decir que como observadores, sólo tenemos acceso a la acción misma, no a los procesos mentales que la originan; sin embargo, concluimos en la existencia de esos procesos mentales basando nuestra experiencia en la suposición de que a ciencia cierta conocemos los motivos, pensamientos y creencias de la otra persona. Así, creemos que sabemos lo que ocurre dentro de la cabeza de los otros.

En la pequeña historia del principio, a partir de una conducta de ella (mirada distante y ceño fruncido), él no solamente buscó el motivo (enojo), sino que, además, se adelantó, y, previendo que esa emoción la llevaría a hacerle un planteo y que una pelea fatal se desencadenaría, decidió actuar (huir).

La ToM se basa en dos pasos: atribuir procesos mentales a la acción de los otros, por un lado, y razonar acerca de la mente de los otros, por otro.

Esto sería así. Supongamos que un niño toma una galletita. Yo lo veo y pienso que el niño tiene hambre. Es decir, basada en mis experiencias previas, estoy atribuyendo un proceso mental: el niño tiene hambre y entonces agarra la galletita. A lo mejor el niño no tiene hambre; la tomó porque quería saber si era rica o porque estaba aburrido. Pero yo atribuí un proceso mental a su conducta.

Luego de la atribución, yo necesito predecir conductas para interactuar. Entonces, tengo que razonar sobre los procesos mentales de los otros. Aquí es cuando yo creo que el otro cree tal o cual cosa. En el ejemplo, yo puedo creer que el niño cree que comer la galletita le quitará el hambre.

Desde las neurociencias, hoy se sabe que hay una porción del cerebro (ubicada en los lóbulos temporales y frontales), dedicada al razonamiento social. Es decir, a justificar la acción de los otros desde lo que creemos que creen.

En Inglaterra se han llevado a cabo numerosas investigaciones con chimpancés, que muestran que también ellos tienden a buscar causas a las conductas de otros simios y hasta de seres humanos.

La experiencia clínica y experimental señala que lesiones en el hemisferio derecho generan incapacidad para comprender el sarcasmo o la ironía, para empatizar y para llevar a cabo atribuciones acertadas.

El punto difícil es cuando uno razona en base a premisas falsas. En este caso, sería creer que el niño toma la galleta porque cree que así me deja sin comida a mí. Obviamente, este es el puntapié inicial para malentendidos, batallas y hasta guerras campales.

Todos nosotros razonamos basados en inferencias que nacen de nuestras experiencias (es nuestra forma de leer y estructurar la vida). Tenemos que tener en claro que creer en algo no significa que eso sea verdad. Además, el factor emocional juega un papel muy importante también. Hay días en que nuestro estado de ánimo tiñe lo que percibimos y pensamos.

Las personas actúan guiadas por sus creencias, no por "la" realidad. Entonces, que el niño tome la galleta o no, responderá a su experiencia interna, así como el que yo crea que él cree responde a mí experiencia interna.

Una de las tareas más difíciles de lograr en nuestra evolución personal es entender que mi forma de ver y pensar no es la única posible hay tantas verdades y realidades como personas en este planeta. Mi teoría es mía, y me sirve a mí para subsistir. No necesariamente tienen que ser así para el otro.

El diálogo, la puesta en común a través de la palabra, sirve para llegar a acuerdos. No importa que yo escuche tango y vos vals. Lo importante es que yo no interprete que tu vals está en mi contra y así te obligue a bailar tango; ni que vos tomes mi tango como amenaza, obligándome a bailar vals. Podemos quedar de acuerdo y bailar un rato cada uno, mientras coexistimos en un mundo de diversidad. Después de todo, ampliar la mirada, tener más de una opción posible, enriquece.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortiz@hotmail.com 

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15 de diciembre de 2017 | 04:21
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