Cuando el sufrimiento se vuelve fuente de vida

Desde una mirada amplia y humana, este artículo nos muestra cómo podemos transformar el sufrimiento en una nueva vida.

Darnos cuenta del "final", de un proyecto, meta, relación e incluso del final de nuestra vida, constituye uno de los momentos de mayor dolor. Esto se debe a que en sus fauces nos enfrentamos con la impermanencia, la fragilidad y la mortalidad. Y aunque sabemos que todo lo que nace debe morir, nos duele; porque no siempre hemos resuelto nuestros asuntos como para emprender una retirada vital digna. Por ello, ante la presencia de la muerte o de las pequeñas muertes diarias nos replegamos, huimos, negamos, rumiamos o simplemente nos entregamos.

Pero, ¿por qué no esperamos estas pequeñas muertes con los brazos abiertos, si es destino seguro? A veces, se debe a que cuando llega esa "crónica de una muerte anunciada" sentimos la necesidad de más tiempo, porque no hemos alcanzado nuestras metas y deseos. Entonces decimos: "si tuviera un año más, un día más, una hora más...". La percepción de una narrativa incompleta, donde nos quedan asuntos pendientes y no contamos con los recursos para resolverlos, puede dar origen al más intenso de nuestros sufrimientos: el final inconcluso de un proyecto, de una relación o de una vida hermosamente vivida, para quien esperamos el mejor de los desenlaces posibles.


El dolor y el sufrimiento

El sufrimiento surge cuando enfrentamos una situación dolorosa y asumimos que no podemos afrontarla, porque creemos, pensamos o sentimos que carecemos de herramientas para poder lidiar con ella. En ese momento, el dolor deja de ser una emoción de corta duración para convertirse en un estadio doloroso de largo plazo que nos lleva al padecimiento.

Resulta clave comprender que el dolor tiene un sentido físico y el sufrimiento un sentido metafísico. Por ello, sólo el sufrimiento nos abre las puertas al conocimiento profundo de la vida. Esto se debe a que en su interior habita un sentido de trascendencia que debe ser descubierto. Como canta la India Martínez: "abriendo los ojos y cancelando los enojos".

Entonces, nacemos con dolor y sufrimos porque olvidamos, en ocasiones, resignificar esas experiencias.

Resulta clave comprender que el dolor tiene un sentido físico y el sufrimiento un sentido metafísico

De espectadores a protagonistas

¿Qué sucede cuando abordamos el dolor con nuestros recursos internos?, ¿qué pasa cuando usamos las herramientas adquiridas durante nuestra vida o cuando decidimos salir en busca de nuevos recursos? En mi experiencia, los dos caminos han sido fundamentales para volverme resiliente de mi propio dolor y poder acompañar a otros, que han sido o son atravesados por la vida, sus dolores y sus alegrías.

Sin embargo, la pregunta central de este texto es: ¿cómo podemos transformar una experiencia de sufrimiento en una vivencia que origine una nueva vida? La exposición al dolor es justamente una invitación a salir de las zonas de confort, si logramos resignificar la experiencia en un llamado a la aventura, a la creación y a la recreación de nuestra humanidad, vínculos y lugar en el mundo.

Foto: Matías Torres

Foto: Matías Torres

Una de las enseñanzas de Buda es: "El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional". Quien recibe la noticia de la finalidad (de un proyecto, una relación e incluso de la propia vida) y asume el anuncio de su finitud material, luego de un largo trabajo de paciencia, entendimiento, valor, compasión, firmeza y amor, pasa de observar la vida a ser atravesado por ella. En otras palabras, se vuelve protagonista de su propia vida con todas sus luces y sombras. Así, la persona logra comprender que la existencia es un mosaico de estadios: alegría, tristeza, amor, desamor, ganancias, pérdidas, nacimientos y muertes la constituyen.

Aceptar la impermanencia y los estadios de dolor, como una presencia fluctuante en nuestras vidas, significa comprender que estas experiencias son parte del calidoscopio que ennoblece nuestra humanidad. Cada momento, cada instancia existencial, constituye una aventura que merece ser vivida de un modo pleno, incorporando y aprendiendo de todas las experiencias, tornándolas fuentes de vida, de una nueva y mejorada versión de nuestra vida.

Alejandro Vázquez: Arteterapeuta, especialista en cuidados paliativos, docente universitario e investigador. Docente del programa de Humanización del Trato Médico de la Facultad de Ciencias Médicas UNCuyo. Director del Programa de Acompañamiento Artístico para pacientes en terminalidad de vida. SEU/UNCUYOContacto: alevazzquez@educ.ar