In crescendo

Hallábase presa de ardorosos y tiernos sentimientos que no daban tregua, mas nadie estaba al tanto de su estado espiritual.

"(...) con uno de esos amores pasionales que asaltan una existencia y la arrasan como un huracán, dando cuenta de la voluntad, la razón y los humanos respetos". J. M. Eça de Queirós. Los Maia.

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Cándidos cielos se agolpaban en torno a las inequívocas circunstancias del enamorado Nicanor. Hallábase presa de ardorosos y tiernos sentimientos que no daban tregua, mas nadie estaba al tanto de su estado espiritual, pues se conservaba para sí, procurando con ello aumentar su propio regocijo interno. Su corazón de Romeo se colmaba ante los devenires amorosos que le deparaba su actual existencia. Las más de las veces, creía y descreía de todo cuanto se le puede llegar a atribuir a aquella pasión rebosante que ataca a los corazones bienaventurados, haciéndolos convalecer en la más honda pena, y que la mayoría ha convenido en llamar Amor. La naturaleza de su carácter, por demás encaprichada con los asuntos del alma, y acostumbrada a experimentar los estados de ánimo más intemperantes, lo sumía en una profunda tristeza cada vez que su imaginación procuraba deleitarse con la imagen risueña de aquella almita que hubo agenciado su corazón. Tal y como si se hallase perdido en los Campos Elíseos, y sin nadie que lo guíase en aquel fatigoso recorrido, Nicanor, no podía entrever el destino que le deparaba aquella existencia en sumo caótica e incierta. Su única esperanza era abonar aquellos complejos sentimientos que le arrebataban el alma, y rendirse a los pies de un Cupido que veía consumarse en el regocijo de los mortales el suyo propio. Serio y taciturno en sus maneras, ahora veíase transformada toda su persona. Podía jurarse ante los cielos sempiternos que aquel hombre que antaño hubo cerrado su corazón ante la menor posibilidad de una existencia humana compartida, ahora hallábase perdidamente enamorado de una muchacha que con sus encantos y con tiernas muestras de afecto, supo quitar la maleza que se encontraba obstruyendo los sentimientos más beatos del huraño escritor.<<El amor todo lo puede>>pensaba para sí la muchacha de ojos abigarrados, dueña de los más extraños y hermosos pensamientos que atormentaban día y noche al rendido poeta. Y mientras reflexionaba acerca de los motivos ocultos que conducen a que dos almas se viesen en la necesidad de fundirse la una con la otra, su joven corazón comenzaba a enternecerse ante la sombra de aquel doliente enamorado. Nicanor, por su parte, fantaseaba con sumo deleite acerca del carácter, las pasiones y los caprichos que debieran formar parte de la naturaleza de aquella hermosa criatura de la que se hallaba prendado hasta en sueños.Para su alma trastornada no cabía otro afecto que aquel que detentara para su tierna amada. Comparaba su tránsito amoroso con el de aquellos personajes literarios que viven ofuscados por y para el amor. Las estrellas se hallaban más cercanas que nunca, y ello sólo podía deberse a los ensueños que ocupaban su mente. Pero no todo era color de rosas para el pasional Nicanor, pues mientras su amor se acrecentaba a pasos agigantados, lo mismo sucedía con aquel fuego ardoroso interno que iba in crescendo quemándole las entrañas. Sabíase perdido ante el hecho de que nada podía hacer para suplir su congoja desmesurada. Pronto, la fuente nutricia de sus fantasías y excesos idílicos habría de partir de regreso a su ciudad natal, y en ello se le iba la vida entera. Su corazón entristecido la extrañaba a diario, incluso mucho antes de que la inevitable partida tuviese lugar, y en sus cavilaciones no cabía esperanza ni afecto para ninguna otra joven. Lo cierto es que albergaba los sentimientos más nobles para aquella beldad creada en los altos cielos.Sus encantos no se limitaban a sus enseres personales, sino que también podían verse proyectados en el influjo que ejercía sobre el resto de los hombres que no eran Nicanor. Sin darse cuenta -a menos que sus intenciones se mantuviesen más bien ocultas para dar dicha impresión- los caballeros que frecuentaban el salón de música en donde aquella Afrodita ejecutaba el piano de manera magistral, se ilusionaban con poder conquistar su corazón algún día. Nicanor era testigo de aquel circo deprimente que montaban a diario; iban y venían detrás de ella cual cría de cachorros, pero sus esfuerzos resultaban en vano, pues nada de lo que pudiesen llegar a hacer para impresionarla parecía surtir efecto alguno en su persona. Su sangre y orígenes latinos le daban cierta musicalidad a su piel morena, y a la manera en que se desempeñaba con aquel vetusto y sobrio instrumento. Sus manos ofrecían notas elegíacas y transidas que conmovían a la manera de una tragedia griega. Virtuosa como pocas en su género, procuraba deleitar a su público con la mayor entrega de que era posible. El nefelibata Nicanor se entregaba sin recelo a las armonías que gravitaban en su espíritu, y sentíase el hombre más dichoso cada vez que el destino jugaba a enredarlo con aquella diosa sempiterna. Aun cuando se regocijara y extraviara con placenteros paisajes de un porvenir en compañía de su bien amada, sabía muy bien que nada de ello podía llegar a concretarse en el presente. No alcanzaba a explicárselo a sí mismo, tal y como suele suceder con los asuntos que atañen al corazón, pero su existencia se hubo tornado oscura y fatídica. El mundo se le venía encima con tan sólo pensar en que no volvería a ver más a su Dulcinea. Como un alegre ruiseñor que se ve privado de su añorada libertad, y que a causa de ello su bello canto se torna lúgubre y dramático, pronto sucumbiría a la misma fatalidad. La estudiante avanzada de piano y composición musical, tras un largo y estimulante viaje por toda Europa, con el fin de poder demostrar sus dotes artísticas y cultivar aún más sus sólidos aprendizajes musicales, debía partir pronto rumbo a P...

Odiaba la idea de tener que abandonar la tierra cuna de Borodín y Dostoievski; ambos alma máter y fuente de inspiración divina de un sinnúmero de artistas, que tal y como ella, pretendían consagrarse en el estrafalario mundo del arte. Y al igual que Nicanor, su alma penitente sufría con todo ello, pues en su corazón anidaban sentimientos semejantes a los del escritor enamorado. Su falta de interés ante los reiterados obsequios e impúdicos cumplidos de que era objeto por parte del séquito de adonis que la acechaban a diario, era una muestra cabal de su lealtad y entrega absolutas. Por mucho que intentasen llegar a su alma con promesas de dicha infinita, el abanico de sus pensamientos le pertenecía ahora a un único hombre, y todo el afecto de su ser sólo podía consumarse en la persona de aquel perenne romántico.

Pero al cabo de unas semanas, la tierna y exultante muchacha hubo arribado a su país de origen, y lo más que pudo atesorar de aquella musa inspiradora, no fue sino el recuerdo de sus pequeñas y delicadas manos al momento de ejecutar el piano, y la reencarnación de la inocencia y la pasión que descansaban en aquel rostro decorado con los detalles más hermosos que alguien pudiera poseer en la tierra. Nicanor, como buen conocedor del alma humana, y aun cuando se hallase medio muerto, caminando sobre un mar de lágrimas, sabía muy bien que la música que residía en su interior, desde ahora sólo podía continuar in crescendo...

Manuel Arias

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11 de diciembre de 2017 | 10:46
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