Scriptorium

Con sumo embeleso, los monjes, junto a algunos novicios de la orden, hallábanse entregados con afanoso deleite y maestría a la realización de sus tareas.

"(...) cuando no poseemos las cosas, usamos signos y signos de signos". Umberto Eco. El nombre de la rosa.

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Con sumo embeleso, y sin atender a las nimiedades que pudiesen perturbar su concentrada atención, tal y como sucede con el resto de los mortales, los monjes, junto a algunos novicios de la orden, hallábanse entregados con afanoso deleite y maestría a la realización de sus tareas. Como todo aquel que experimenta un hondo regocijo y envanecimiento tras reconocer las virtudes de que está hecho para llevar a cabo los quehaceres que refieren a su campo de acción, lo mismo sucedía con aquella estirpe de hombres inveterados, portadores de una mirada en extremo grave y desdeñosa para con los extraños, y dueños a su vez de una excelsa pericia en lo que atañía a su trabajo, puesto que atendían con recelo cada una de las necesidades que referían a los escritos que se encontraban en su poder. Al ingresar en aquel colosal nido de libros, continente de innúmeros pensadores que ahora hallábanse descansando entre aquellas paredes, y cuyas ideas hubieron burlado el paso del tiempo, Nicanor, más silente que otra cosa, no pudo evitar experimentar toda suerte de arrobamientos internos. Deseoso por recorrer cada uno de los rincones de aquel paradisíaco recinto, e inmerso en un estado de ensoñación tal que lo hubo abstraído de todo lo que no estuviese en una íntima y armoniosa relación con aquel mundo que se agolpaba ante sus ojos, intentaba dilucidar el modo en que aquellos sapientes hombres con sotana, y poblada barba, entendían el mundo, y los mecanismos que operan en la existencia. Creía observar en sus talantes, la conjunción de toda una vida dedicada al servicio del conocimiento, y ello producíale una satisfacción inextricable, puesto que para sus adentros aceptaba dicho cometidocomo el más sublime al que cualquier hombre pudiese aspirar. El silencio reinante, sumado a la idea de que allí se encontraban congregados espíritus doctos, y en lo demás, consagrados a la búsqueda de respuestas que iluminasen los senderos más bifurcados y sinuosos de su proverbial existencia, propendía a su fantasíaa querer refugiarse bajo aquel cielo terrenal, en aras de poder detentar con gran provecho todos los elementos que se aunaban allí.

La arquitectura del scriptorium, fiel en cada uno de sus detalles a aquellos que alguna vez tuvieron vida en la Edad Media, invitaba a recordar un período de tiempo lejano en el que las ánimas también hubieron soñado, y reflexionado acerca de su existencia. Tratábase del último de su especie en toda Europa, y aun cuando la tarea de los copistas y del clero hubo adoptado otras finalidades en exceso disímiles con el transcurrir de los años, el espíritu de quienes conformaban la santa sede, parecía haberse conservado impoluto en lo que a su esencia se refería. Sus ropas, módicas y desprovistas de atavíos extravagantes, permitían inferir el tono de sus ideales, así como también, su más íntima filosofía de vida. Principiaba el verano, y no obstante las incesantes horas de rudo trabajo e infatigable calor, sus frentes sudorosas y su cuerpo todo, se resistían a usar otros ropajes distintos de los que llevaban en aquel entonces. Nicanor, quien con acallada obsecuencia admiraba toda aquella simiente de profuso respeto hacia las viejas costumbres,otrora fundantes de aquella orden, permitíase auscultar dentro de sí, con el claro propósito de poder avistar su propio sistema de creencias e ideales más arraigados. Su perpetuo ensimismamiento, el cual infundía un sentimiento de aversión las más de las veces en todos aquellos que lo rodeaban, no era sino, el medio de expresión de que se valía su espíritu. Nadie más que él era capaz de comprender su aparente indiferencia ante los seres y objetos con los que mantenía algún tipo de relación, ya sea real o imaginaria. Sus vanos intentos por querer transgredir aquellos límites internos que lo sumían en un manifiesto estado de circunspección, colisionaban con una poderosa fuerza atrayente que no desistía en su cometido, y que lo instaba a permanecer en un profundo y perenne letargo. Todo ello veíase exacerbado aún más, cuando su hondo espíritu hallábase presa de un ánimo singular, a causa de imágenes vivificantesque lo colmaran, y al punto, delimitasen el carácter trascendental de susensoñaciones. Dueño de innúmeros pensamientos providentes, y en lo demás, moldeados por una vasta erudición intelectual, se reconfortaba al escuchar las enseñanzas de aquellas mentes sapientes que pudiesen penetrar en su conciencia a través de la oralidad y del valimiento de argumentos fundados. Es precisamente debido a ello que, al momento de ser presentado por su amigo H. ante aquellos hombres de espíritu grave y receloso, Nicanor, hubo deleitado a sus sentidos con las demostradas pruebas de sabiduría por parte de estos; con el ánimo gozoso, y a un tiempo, embotado.

- No son más que falacias. La virtud del hombre no puede medirse sino a partir de una vara que se ajuste a sus deseos y pensamientos más íntimos. ¿No hubo sido Cristo, quien con sus parábolascolmadas de sabiduría y una determinación sin igual, pudo transformar las almas del pueblo, sin la necesidad de recurrir a los muchos atajos que se le pueden llegar a presentar a todo hombre de corazón recto y bondadoso como el suyo? -se expresó tenaz uno de los monjes más veteranos de la orden. A continuación, uno de sus pares tuvo a bien dar su opinión.

- Pues, si consideramos que Cristo ha sido puro corazón por y para el pueblo, es decir, que supo hallar la justa medida para transmitir con probidad las enseñanzas a sus discípulos, entonces, no es menos cierto el hecho de que su misión se hubo realizado sin mayor dilación. Debemos cuidarnos las espaldas los unos a los otros, pues nadie más lo hará, y por si fuese poco, los herejes se encuentran disfrazados y conviviendo entre nosotros con su falsa moralidad. -sentenció con gran agudeza y maestría el monje miniaturista. Su espíritu inequívoco las más de las veces, correspondíase con la fuerza de sus ideas; y, al igual que la mayoría de sus coetáneos, procuraba defender siempre las sagradas escrituras, y ello bastaba para ensalzar su nombre dentro de la orden.

- Cuerpo y espíritu han de valer lo mismo, pues el uno no puede ser sin el otro, y viceversa; de ello se desprende la causa principal por la cual el hombre debieraconsagrar su vida a las buenas y edificantes costumbres, para así poder colmarse con los abundantes frutos producto del recto camino. Sólo de ese modo, y no de otro, es posible alcanzar el sosiego del alma, y la ventura del cuerpo. -se dignó a opinar uno de los novicios, no sin cierto recato, y con la mayor humildad de que era posible.

Nicanor se hallaba escudriñando aquellos rostros profundos y solícitos, a la espera de poder dar con algún rastro que le permitiese atisbar más allá de lo que sus palabras pudieren llegar a significar en una primera instancia. Se ufanaba por ser partícipe de aquella puesta en escena de los pensamientos más elevados, y ello le confería un aliciente a su espíritu excelso. El arte orador con que ejercían su oficio aquellos consagrados cosmopolitas, daba irrefutables muestras del recorrido espiritual que hubieron emprendido con el correr de los años, y de los muchos aprendizajes que hallaron su asidero en aquellas duchas y sagradas palabras. No podía menos que albergar un profuso respeto y admiración por aquel singular universo, en donde todo cobraba un verdadero sentido para él.

Tratábase de la moradade los muchos signos que anidaban en su interior, y de la vasta filosofía que alimentaba su ser. En fin, era el scriptorium que alguna vez hubo soñado en sus eternos letargos.

Manuel Arias

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