El cuento de la criada, un relato imprescindible de Margaret Atwood

La novela, adaptada para televisión y ganadora de varios Emmys, pone en evidencia una infinidad de interrogantes que tienen como principal protagonista a la mujer en el siglo XXI.

"Mi nombre no es Defred, sino otro, un nombre que ahora nadie menciona porque está prohibido...Guardo este nombre como un secreto, como un tesoro que desenterraré algún día...Está rodeado de un aura, de algo parecido a un amuleto, a un sortilegio que ha sobrevivido a un pasado inimaginablemente lejano". Nombrar es dar visibilidad e identidad, y por ende, existencia (y eso parece amenzador).

En esta especie de espera (¿de qué? ¿de quién? ¿por cuánto tiempo?) Defred (seudónimo explícito de posesión) es la protagonista de El cuento de la criada, la aclamada obra de Margaret Atwood (que inspiró a la serie homónima, de Hulu, que se alzó con un premio Emmy el pasado 18 de septiembre). En la ¿república? de Gilead, con rasgos de Apartheid, la organización social femenina se basa en estamentos: Esposas de Comandantes (que recurren a las criadas sólo por necesidad y para "colaborar" con la carrera de sus esposos), Econoesposas, Criadas y Marthas (ancianas, considerado el rango inferior que roza con la falta de dignidad).

En el caso de las criadas el rol está bien definido. La biología nos define. El cuerpo (nos) determina. La mujer es un medio. La mujer está alquilada. La mujer es esclava. La mujer es una criada. La mujer es, fácilmente, reemplazable y desechable. 

"Nuestra misión es la de procrear: no somos concubinas, ni geishas, ni cortesanas... no hay lugar para que florezcan deseos ocultos... Somos matrices con patas, eso es todo: somos recipientes sagrados, cálices ambulantes". Y se las presiona (bajo la apariencia de cierta protección y de "cierto" privilegio) por el ideal de esperanza y de felicidad. Para otros, claro está "... en el intento de satisfacer las expectativas de los demás, que han acabado por convertirse en las mías".

Book cover the handmaid s tale by margaret atwood

Para lograr este objetivo, la idea de un Panóptico, estructura de tipo carcelaria y laberíntica, que se traduce a nivel físico y psicológico, resulta ideal. La ¿sensación? de estar observados todo el tiempo, aún cuando no se puede ver a quién cumple esa función, sobrevuela. Y es una amenaza. "Los Ojos", guardianes que se alzan en nombre de la Fe, están omnipresentes. Y con ellos un conjunto de suposiciones y de sumisiones. "Lo que temen no es que nos escapemos -al fin y al cabo no llegaríamos muy lejos-, sino esas otras salidas, las que una puede abrir en su cuerpo si dispone de un objeto afilado". Todos bien sabemos cuan abrumadora, inquietante y penetrante puede ser una mirada. También sabemos cuan expresiva, desafiante y estimulante puede resultar. Las dos caras de la misma moneda. O de la misma mirada.

El adoctrinamiento para la domesticidad (cual perritos de Pavlov y su sistema de castigos y recompensas) es total: la postura corporal; los paseos habilitados siempre de a dos (no en pos de la amistad sino como forma de microcontrol entre las mujeres: "La realidad es que ella es mi espía, y yo la suya. Si una de las dos comete un desliz durante el paseo diario, la otra carga con la responsabilidad", resume Defred); las rutinas; las compras; la vestimenta dada por vestidos rojos largos ("el color de la sangre") que impide cualquier insinuación y las tocas que ocultan cualquier posibiliad de mirar-se; las conductas; los gestos; los "diálogos". Todo racionado. Incluido el pensamiento. Es en la multitud, y en esta "reproducción en serie", donde la despersonalización y la invisibilidad emerge. La dignidad del (¿ser y del para ser?) humano es rasante en esta especie de ortopedia social (¿corregir qué? ¿por qué? ¿con qué derecho? ¿quién corrige a quién?). Si a esto le sumamos que la transgresión es un pecado que se paga hasta con la propia muerte (y su posterior exhibición en el muro público) el objetivo parece cumplirse a la perfección.

Aún así el control no es infalible. Y Gilead no es la excepción. Una especie de mercado negro está habilitado y no es un dato menor que "funcione" bajo la misma estructura. Las relaciones de poder también se encuentran en la periferia de lo permitido, por fuera de la norma. Un lado B. Opresor y oprimido intercambian los roles. El poder así como las debilidades (nos) atraviesan a todos. En mayor o menor medida. Todos son capaces de negociar (¿y sobornar?) cuando la tentación y el deseo afloran. El intercambio acepta nimiedades como una crema para manos, partida de Scrabble, leer libros prohibidos, negociar la fecundación con un hombre no asignado porque el tiempo biológico apremia hasta estallar de deseos con el hombre equivocado. "No sabemos dónde están los límites, varían según los ataques y contraataques"

¿Será que nadie es inmune a la tentación? ¿Será que somos más humanos de lo que creemos?

El amor verdadero, entendido como fuerza imparable que nos invita a tomar riesgos, parece ser la transgresión (¿y la salvación?) mayor. ¿Puede alguien, finalmente, adoctrinar y vigilar nuestra mente, nuestro corazón? ¿Puede alguien dominar nuestros sentimientos, emociones y recuerdos?

Margaret Atwood age of trump

Margaret Atwood, autora de El Cuento de la Criada.

La palabra (aún en su versión de murmullo o susurro), en particular; y el lenguaje, en general, nos mantienen vivos. Son "armas" peligrosas ¿para quién, para quiénes?. En Defred llega al extremo en el relato abrumador repleto de detalles de su historia (y de la revisión de su antigua historia) el que permite la vigencia en el tiempo (¿en clave de sororidad?)."Creo en la resistencia del mismo modo que creo que no hay luz sin sombra o, mejor dicho, no hay sombra a menos que también haya luz".  

La virtud de la novela distópica de Atwood es poner en evidencia, 30 años atrás, una infinidad de interrogantes que tienen como principal protagonista a la mujer en el siglo XXI: su rol, la libertad, el feminismo, el aborto, la identidad de género, la sexualidad, la violencia de género, la trata de blancas, la maternidad subrogada. Todo teñido por la mezcla de religión y la política. Nunca el pasado fue tan presente. Nunca el futuro fue tan pasado. Y Margaret Atwood nos interpela, nos hace refexionar, cuestionar-nos, animar-nos. La escritora aboga por la libertad, y nos piensa libres.

Cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia, dicen por ahí. Cualquier "profecía" literaria sobre el presente es producto de la lucidez de Margaret Atwood. 

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22 de noviembre de 2017 | 21:35
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