La cultura de lo inmediato

La fatalización del tiempo se traduce en la exigencia de aumentar la aceleración, la movilidad, la velocidad y la flexibilidad. Una nota de Daniel Innerarity.

Las nuevas tecnologías han propiciado una cultura del presente absoluto sin profundidad temporal. El origen de esta relación con el tiempo se encuentra en la alianza establecida entre la lógica del beneficio inmediato propia de los mercados financieros y la instantaneidad de los medios de comunicación. Vivimos en una época fascinada por la velocidad y superada por su propia aceleración.

Chaplin ya había parodiado la invención de la máquina de comer, gracias a la cual podía alimentarse al trabajador sin necesidad de interrumpir el trabajo, o sea, de perder tiempo.

Sin embargo, existen fenómenos de desaceleración, menos presentes en la opinión pública que las desaceleraciones económicas, pero no menos reales y decisivos en nuestras vidas. Nuestra época parece caracterizarse por el hecho de que nada permanece pero tampoco cambia nada esencial, un tiempo en el que pasan demasiadas cosas y, a la vez, estamos llenos de repeticiones, rituales y rutinas. Tras la dinámica de aceleración permanente hay un paradójico estancamiento de la historia en el que nada realmente nuevo comparece.

Probablemente nuestra época no sea comprensible desde la alternativa entre aceleración y desaceleración; habría que tener en cuenta el fenómeno de la falsa movilidad. En última instancia, las sociedades combinan su resistencia al cambio con una agitación superficial. La utopía del progreso se ha transformado en movimiento desordenado, “neofilia” frenética, agitación anómica y disipación de la energía.

Esta fatalización del tiempo se traduce en la exigencia de aumentar la aceleración, la movilidad, la velocidad y la flexibilidad. Lo vemos a diario en el lenguaje que nos exhorta a “movernos”, acelerar el propio movimiento, consumir más, comunicar con mayor rapidez, intercambiar de una manera rentable.

Se ha llevado a cabo una transferencia semántica que explicaría muchos desplazamientos ideológicos desde la izquierda hacia la derecha: donde había progreso y revolución, ahora hay movimiento y competitividad. El adjetivo “revolucionario” forma parte del vocabulario transversal de la moda, el management, la publicidad y la pospolítica mediática. El fantasma de la revolución permanente se pasea ahora como caricatura neoliberal. Pero, en el fondo, el imaginario político actual tiene un discurso prescriptivo minimalista, muy pobre conceptualmente: el discurso de la adaptación al supuesto movimiento del mundo, el imperativo de moverse con lo que se mueve, sin discusión, ni interrogación, ni protesta.

Lo que puede estar ocurriendo es que, en muchos aspectos de la vida, el movimiento sea superficial y que, en el fondo, haya una parálisis radical. En última instancia se trata de una idea que se corresponde con la experiencia personal de que la mayor agitación es perfectamente compatible con una inmovilidad temporal; es posible estar paralizado en el movimiento, no hacer nada a toda velocidad, moverse sin desplazarse, incluso ser un vago muy trabajador. Para llevar a cabo un movimiento real no basta con acelerar, del mismo modo que la transgresión no es necesariamente creativa, ni el cambio es siempre innovador.

Como principio general, la llamada a desacelerar y la lentitud compensatoria, tan celebrada en muchos libros de autoayuda para la gestión del tiempo, como principios generales, son poco realistas y atractivas si tenemos en cuenta las circunstancias políticas, económicas, sociales y culturales en las que vivimos. No tiene ningún sentido querer calculadoras más lentas, mayores colas o transportes con retrasos. La cuestión central consiste en determinar en qué consiste exactamente una ganancia de tiempo, lo que unas veces implicará desaceleración y otras todo lo contrario, pero que también puede conseguirse mediante la reflexión, la anticipación o combatiendo la falsa movilidad.

No se trata de luchar contra el tiempo o desentenderse de él sino, como decía Walter Benjamin, de ponerlo a nuestro favor. Se trataría de reintroducir el espesor del tiempo de la maduración, de la reflexión y de la mediación allí donde el choque de lo inmediato y de la urgencia obliga a reaccionar desde el impulso.

El autor: Daniel Innerarity es profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza.

Fuente: Alainet

Opiniones (1)
9 de Diciembre de 2016|18:15
2
ERROR
9 de Diciembre de 2016|18:15
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. SIN DESPERDICIO
    Una nota que muestra todas las caras del posmodernismo. Una visión de como se puede confundir sentimiento con sensación, donde la adrenalina ha suplantado a la ternura, palabra extraña si las hay en esta época en donde todos corren sin saber adonde van. Tratamos de explicarnos, a veces, el por qué de nuestro ritmo acelerado como si nos persiguieran todos los asesinos de la tierra. Y uno piensa, tantas cosas que ha brindado la tecnología para que la mujer tenga más tiempo libre; los electrodomésticos; servicios de belleza; comidas preparadas; descentralización de los grandes centros comerciales; guarderías, etc., etc., y sin embargo cada vez tienen menos tiempo o por lo menos no se nota el mejor aprovechamiento del mismo. Hoy, hombres y mujeres, bajo la cultura cero, se ven más jóvenes y más cercanos a los patrones de belleza impuestos por la moda del "buen vivir", pero seguimos confundiendo progreso con confort, cosas materiales como símbolo de status social y sobre todo nos hemos convertido en acérrimos defensores del consumismo. O sea que somos nuestros propios enemigos. Afortunadamente, en Argentina, a diferencia de los países desarrollados, tenemos factores culturales que ayudan a nuestra salvación. El principal, nuestro culto a la amistad y el todavía sentido de pertenencia familiar. Esto nos permite una sana relación social, compartir sentimientos y disfrutar a nivel de emocional el hecho de juntarnos a "perder el tiempo", que en realidad es "ganar tiempo". Son esos momentos donde un minuto se convierte en una hora y no lo contrario, donde el apuro cotidiano nos hace que las horas parezcan minutos, y así, sin darnos cuenta, le dedicamos cada vez más horas a sobrevivir que a vivir. Entramos en stress, y en vez de dar gracias por las cosas buenas que tenemos, entramos en la locura de quejarnos de las cosas que quisiéramos tener y no tenemos, pero que además no nos hacen falta para vivir. Al final, terminamos rodeados de jóvenes viejos o de personas que aún jóvenes, sólo esperan que sus hijos sean lo que ellos no se animaron a ser. Hemos perdido la valentía de elegir nuestro propio destino, a pesar de que la publicidad diga que esta bien todo lo contrario de lo que nosotros sentimos. Hoy, muchos adolescentes, prefieren la sensación de andar a 150 km. en una moto que tener una buena relación de pareja. La adrenalina que mencionamos ha suplantado hasta el deseo sexual y por eso el subtituto de las drogas para encontrar un sentido ficticio a la vida. Contrasentidos del mundo, buscando sentir más intensamente la vida elegimos el camino de la muerte. Que vivan los asados, amigos y guitarreadas.
    1
En Imágenes
15 fotos de la selección del año de National Geographic
8 de Diciembre de 2016
15 fotos de la selección del año de National Geographic