De las inmediaciones de un espíritu

Mi espíritu se halla deseoso de vida como nunca antes. Hambriento va en busca del alimento que pueda saciar su constreñido estómago vacío.

Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir. Virginia Woolf.

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Mi espíritu se halla deseoso de vida como nunca antes. Hambriento va en busca del alimento que pueda saciar su constreñido estómago vacío. Todo sería mucho más plausible si aún conservase algo de aquella fuerza con que brillara en su lozana juventud, pero nada es perenne, y el cuerpo también se digna a reclamar lo suyo. Puesto que ya no somos uno -espíritu y cuerpo acostumbran a caminar juntos-, es preciso que hallemos un modo de apaciguar nuestras asperezas. Nos hubimos enfrentado en silencio, y es por ello que hoy nos tratamos como dos extraños que no se conocen entre sí, y que nada tienen para decirse el uno al otro.A mi espíritu ya no le basta con engullir aquellas pequeñas porciones de vida con que antaño colmara su desenfrenada voracidad, y a mi cuerpo, endeble y extraño por donde se lo mire y se lo toque, ya no le quedan restos para perseverar ante ciertas fatalidades. Podría pensarse que ya no hay vuelta atrás, pero el corazón es prudente, y al igual que las aves, siempre vuelve al mismo lugar.

Siempre hube creído en el encuentro de la mujer consigo misma a instancias del resto, y es por ello que me vi en la necesidad de recluirme en la honda pero a la vez apacible soledad que encierra este cuarto. Las comodidades a que me tiene acostumbrada se hallan en consonancia con mis más íntimos placeres. Exceptuando ciertas desavenencias, siempre me hube llevado bien con él. En todo este tiempo ha sabido merecerme y ser merecedor de mi tribulada existencia. Podría decirse que se halla a gusto con mi presencia, y yo con la suya. No nos tenemos nada que envidiar, pues ambos sabemos quién es el otro, y ello es suficiente para sosegar a nuestros egos.Nos extrañamos como la noche extraña a sus estrellas cada vez que deciden esconderse, por lo cual, procuramos pasar el mayor tiempo posible juntos. Estamos al tanto de cómo piensa el otro, mas ello no es motivo suficiente para evitar que nuestros sentimientos se congestionen de vez en cuando. Sí, mi cuarto posee un sinnúmero de profusos sentimientos, y lo que a él le afecta en lo más hondo de sus huecas y melancólicas paredes, a mí me sacude las entrañas.

No existe mayor regocijo que aquel que se obtiene tras haber hablado en confidencia con el cuarto de uno. Sólo bajo su resguardo podemos ser realmente nosotros mismos; y al momento de tener que salir al mundo-más bien el mundo se halla siempre dentro de uno- nos mostramos como un otro diferente del que fuimos hace un instante a la par de su compañía. Como es dable esperar, en un cuarto tienen lugar un sinnúmero de acontecimientos que no se dan en otras latitudes. Los sexos se descubren y redescubren con parsimonia y éxtasis glorioso;indecorosas y aglutinadas angustias se escapan de entre los poros corpóreos para recaer una y otra vez en sus tristes destinos; menesterosas conversaciones velan por su integridad, procurando no decir más de la cuenta; sueños meditabundos se regodean noche y día en sus cálidos porvenires; azares intransigentes colisionan con la incierta voluntad del hombre; literatura y música se vanaglorian entre sí, y mientras una se dedica a contar historias que hablan acerca delas vicisitudes que le conciernen a uno y también a espíritus ajenos, la otra se eleva desde lo más alto con sus risueñas melodías y ensoñaciones. En otras palabras, un cuarto es siempre testigo del nacimiento de infinitos mundos que sólo pueden darse a conocer en la más reservada intimidad. Para algunos puede ser lo más parecido a estar en aquel paraíso que se anhela sólo en sueños, mientras que para otros puede significar adentrarse en la soledad más sombría, colmada de irremediables angustias que asedian al espíritu sin descanso, cubriéndolo con una espesa neblina de confusión y desasosiego.

Contadas son las veces en que podemos estar seguros de habernos acercado a la dicha. Para algunos no basta con detentarla de vez en cuando, más bien desean colmar sus corazones en todo momento. Su sino consiste en poder alcanzar un grado de beatitud tal, que les permita abrazar una dicha inconmensurable, y por lo demás, perenne. Ello no puede darse de tal modo, ya que como cabe suponer,todo estado de enardecimiento que rebase los límites de un espíritu que desconoce su propio asidero, tiende a desfallecer sin más. Sería un error suponer que un gozo profundo y exultante pudiere tener lugar a intervalos regulares, tal y como si se tratase del primer encuentro entre dos espíritus que acaban de colisionar entre sí, y que en lo sucesivo ya no pueden separarse el uno del otro, pues la pasión desenfrenada a la que se hallan entregados se revela ante todo como la causa primera de su fin último, a saber, el deseo de consumar sus vidas en una sola.

Las más de las veces un súbito estremecimiento irrumpe desde lo más recóndito de nuestro ser, ya continuación, nos entregamos denodadamente y con vanos esfuerzos para intentar socavar dicho estado, pero ello siempre resulta insuficiente, pues las muchas tempestades que sacuden al espíritu humano no hallan su punto de sosiego, sino, una vez que hubimos arribado alas inmediaciones de aquellas aguas profundas y desconocidas que hasta ese momento hubieron permanecido ajenas a nuestro entendimiento.

¿Puede el espíritu sufrir vastas e inusitadas transformaciones sin que se llegue a advertirlo del todo? ¿Somos todo espíritu o existen otros derroteros que no se alcanzan a divisar porque rebasan los límites que conocemos? ¿Se puede llegar a ser un buen observador cuando no se sabe qué observar? ¿Qué es espíritu y cuál es su razón de ser? Estas y otras tantas preguntas más son las que han conducido a los espíritus más convulsionados a un incesante estado de búsqueda interna. Sus uñas rascan dentro de sí con gran violencia, y en el momento en que ya no queda nada por remover, es cuando por fin se alcanza cierto grado de entendimiento acerca de lo que acontece dentro de uno. En lo que concierne a mi espíritu, lejos me hallo aún de haber escarbado lo suficiente en él.

Qué decir cuando las palabras no bastan, y cuando el corazón se halla colmado por la existencia de un ser al que se aprecia en demasía. Quizás, en estos casos, lo mejor sea agradecer al universo y a las estrellas que nos observan con dadivoso amor todas las noches, por acompañarnos y ser testigos de esta nuestra vida, nuestra única vida. Nunca dejes de brillar, Nicanor, tal y como nuestras amigas las estrellas.

                                                                                                                        L. 

Manuel Arias

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