Crónica de una noticia anunciada

Tratábase -a fin de cuentas este era el propósito último de dicho periódico- de una visión sesgada y por demás redituable a sus velados intereses políticos.

Si usted no lee el periódico está desinformado, si usted lee el periódico está mal informado. Mark Twain.

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"Noche de estreno en el Gran Teatro Imperial: 'Las vicisitudes de un príncipe de espíritu demediado'". Otros titulares oraban: "Populistas pugnan por frenar el avance de acuerdos internacionales, '¿y los derechos del pueblo al que dicen representar?'"; "Maestre Paese, el último gran soñador en la literatura"; "Disconformidad del pueblo francés por la 'ausencia' del Estado". Tal era el contenido que se estilaba en aquellas páginas corrugadas que hacían de espejo del mundo, o al menos de una parte de este. Tratábase -a fin de cuentas este era el propósito último de dicho periódico- de una visión sesgada y por demás redituable a sus velados intereses políticos, que producía una salvaje primera impresión en el lector, aun en el más avezado de todos, para a continuación transformarse en una segunda, mucho menos socavada por su carácter elitista y conservador.

A la sazón, el Société de París, con sus detractores y todo, hallábase formando parte del reducido grupo de periódicos más prestigiosos de la convulsa, y siempre tan elegante capital parisina. El rédito, debíase en parte al tratamiento pormenorizado y desinhibido -sólo en apariencia- que le prodigaba a los grandes asuntos que afectaban a la sociedad toda, y por otro lado, a su consabida tendencia a proyectar siempre una visión dogmática de la realidad.Adornado con florituras las más de las veces en sus graves apartados, no por ello dejaba de ejercer cierto grado de influjo en el acervo de opiniones e ideales con que se conducían los citadinos. Las ideas de revolución y de un Estado no garante que llegaban del extranjero, a manos de librepensadores radicales, no eran bien vistas por una imprenta que debía rendir cuentas a las demandas de un Estado aliado, el cual le dispensaba una considerable subvención a cambio de la mayor de las lealtades para con su organismo. Si aún permanecía vigente en el infame y cruento círculo de las noticias, se debía, entre otros motivos, a que sus columnas reflejaban una clara adhesión a las ideas más alienantes y cuestionables de un Estado por demás defectuoso, y sustancialmente absolutista. No cabía la posibilidad de rebelarse ante los hechos tal y como se presentaban, puesto que esto significaría ir en contra del régimen de gobierno, lo que equivaldría a una toma de severas medidas por parte de este, a saber, la censura política y social. En otras palabras, el Société se alzaba con una voz que no era la suya, sino que le era impuesta desde afuera, hecho fortuito que con el correr de los años, y debido a las múltiples transformaciones sociales y políticas que acaecieron en el país, se fue atenuando cada vez más.

- Ten cuidado, muchacho. No se estila ese tipo de comentarios por aquí. ¿Acaso no sabes que las paredes bien pueden encerrar toda clase de secretos, mas dejan de hacerlo desde el preciso momento en que comienzan a derruirse a causa de las grietas? -dijo en tono grave el comisionado, quien se mostraba intransigente ante lo que pudiese llegar a aportar el muchacho de aspecto desgarbado y solícito que tenía enfrente, y cualquier otro hombre que no cumpliese con lo que él consideraba el buen gusto por las convenciones elitistas.

- No puedo estar más de acuerdo, señor comisionado. En los tiempos que corren, no cabe ni siquiera la posibilidad de pensar en un Estado desarraigado, o que adopta una nueva estructura en su aparato social, ya sea debido a la germinación de un sinnúmero de ideas renovadoras de estirpe nacional que lo propugnen, o por su extrapolación del extranjero a los ámbitos de gobierno internos. -secundó al comisionado uno de los miembros de su partido, mientras se atusaba el fino bigote a la manera de una pobre imitación de Dalí.

- Deberían tomarse cartas en el asunto, y cuanto antes. No contamos ya con la suficiente entereza como para volver a afrontar otra crisis, tal y como lo hemos venido haciendo en las últimas décadas. -opinó refunfuñando uno de los cabecillas del movimiento conservador, el cual se complacía al exigir medidas que luego evitaba cumplir.

Se respiraba un aire de ideas elitistas, que respondían a un proyecto de país tradicionalista, y despojado de todo ideal con carácter reformador. Los entrecruzamientos internos que se suscitaban entre los miembros de un mismo partido, eran mitigados por las intervenciones de los altos funcionarios, quienes no permitían que se formasen grietas en su fuero bajo ningún punto de vista, puesto que ello podía acarrear ineludibles consecuencias respecto a la continuidad de su gobernabilidad. Por su parte, el viejo comisionado Von R., principal mandamás del partido conservador, se regodeaba al comparecer con sus ideas de un país benefactor y utilitario para sí mismo, y estanco para con el resto del mundo. Tanto para este, como así también para aquellos adeptos que le seguían cual si fuesen su sombra, el Estado debía seguir conservando su hegemonía en las instituciones que se erigían como el motor del país. No admitían otra vertiente, ya que desde su discurso, legitimaban un único modo asequible de hacer las cosas, que era aquel que resultaba de su propia conducción.

- Y ni qué hablar de la insuficiencia y despotismo de los periódicos. Lo hacen quedar mal a uno, más de la cuenta; resulta casi un atropello. El National de Bordeaux y la Gazette, ambos antiquísimos y exitistas hasta el hartazgo, se empeñan denodadamente en querer destruir la imagen de su país, a costa de incurrir en un acto perjudicial tanto para el resto como para sí. Son insulsos y bastardos por donde se los mire. En lugar de informar, compiten para ver quién tergiversa y falsea mejor la información.¿Qué maneras son estas de acercarse a los conciudadanos de una nación próspera, y en lo demás, culta y conocedora de lo que le conviene? -se refirió uno de los allí congregados mientras el resto le hubo escuchado atentamente.

- Un acto perjudicial para el resto, ya lo creo, aunque cabría agregar que dicho resto es representado por el gobierno, y no por el pueblo. -tuvo a bien replicar Nicanor, quien hasta el momento se había limitado a escuchar las opiniones de uno y otro.

- ¡Vaya!, pero si tenemos a un idealista entre nosotros. -se dirigió con ironía uno de los funcionarios.

- Idealista o no, las cosas se nos están yendo de las manos, y es preciso que alguien asuma su cuota de responsabilidad en todo ello. Los medios de comunicación no hacen otra cosa sino, dar a conocer todo cuanto bulle en el conjunto de la sociedad. Bien se podría tildar a algunos periódicos de demagogos, y decir que pecan al momento de reparar en cierta información y no en otra, pero a fin de cuentas ello no responde más que a unos intereses inherentes a su condición transformadora, tal y como sucede en los demás campos de la actividad humana. -Nicanor hallábase dispuesto a defender con uñas y dientes su postura.

- Pues, los periódicos le harían un bien a la sociedad si se borrasen del mapa de una vez y para siempre. No encuentro razón alguna para no pensar que podrían llegar a extinguirse algún día. La información o la falta de ella, es un negocio conveniente para quien sabe sacarle el suficiente provecho, y es por ello que la supresión de los periódicos no afectaría en mucho a nuestras vidas. -dijo mostrándose seguro de lo que decía uno de los viejos. A continuación, cada cual se abandonó a la lectura de los periódicos que se hallaban dispuestos en una de las mesas, mientras el pueblo parisino hacía lo mismo en sus casas.

Manuel Arias

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19 de septiembre de 2017 | 11:56
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