Suertudo

Pelee nos deja el relato de una experiencia propia donde termina valorando algo tan pormenorizado: la vida.

 El silencio era un acompañante exquisito para el momento lúgubre que nos estaba prometiendo esa mañana.

En una forma civilizada y formal, cada uno dio su último adiós a quien supo ser una persona bien intencionada y de larga vida, que desgraciadamente no pudo ganar una última batalla contra ese monstruo insidioso que es el cáncer.

Esperé tranquilamente hasta que la ceremonia terminara y, junto con el resto de la familia, relativos y amigos, di mis últimos respetos a quien fue un mentor por mucho tiempo de mi existencia.

Prendí un cigarro mientras caminaba hacia mi auto, paseándome entre los senderos del Parque de Descanso. No estaba especialmente tocado por la muerte de Don Aurelio, era algo predecible, tanto por la edad como por su estado de salud.

Curiosamente, la muerte ajena es mucho menos dolorosa cuando nos permite anticiparla con cierto tiempo.

Sin embargo, sentía mucha ansiedad. Personalmente, no podía considerar que nada en mi vida estuviera saliendo bien. No encontraba estabilidad ni en mi labor, ni en mis relaciones y por supuesto, tampoco en mi conciencia. La muerte de un ser querido, como pueden suponer, tampoco ayudaba al panorama.

Me senté un rato en un banquito que quedaba a medio camino. Tenía muchas cosas que hacer ese día. La desesperación y mi desasosiego no me iban a dejar solo por un rato, teniendo en cuenta que estaba construyendo un futuro incierto, basado en un pasado irregular y un presente que no me daba ni un respiro para poder meditar.

Decidí que un par de minutos de descanso, incluso en un lugar tétrico como el de un cementerio, no podrían empeorar mucho más la realidad de lo que ya estaba...

Me agarré la cabeza, cerré los ojos y pensé punto por punto todo lo que tenía que hacer y todo lo que me estaba aquejando: trabajo, pareja, sueños, ideales...

No estaba contento y entre ese telar de negatividad que era mi pensamiento encontré solo más angustia.

Suspiré profundo y abrí los ojos, tratando de dejar la mente en blanco por unos segundos, para quizá poder apreciar, aunque sea, el brillo del sol que esa mañana irradiaba el lugar con gran empeño.

Fue en ese momento, en esos instantes de pequeña independencia de mis reflexiones, cuando enfoqué mi atención en una tumba pequeña que estaba frente a mí.

No se cuales fueron los motivos que me llevaron a apreciarla ni porque me llamo puntualmente la atención ese nicho, habiendo tantas tumbas alrededor mío. Había una frase pequeña que acompañaba al nombre del fallecido y me levante de mi receso, alimentado por mi curiosidad, para poder leerla correctamente.

De frente a la inscripción pude leer el nombre del fallecido y una fecha que recitaba:

(14 de Julio de 2016 - 14 de Julio de 2016)

Debajo había una pequeña frase:

"Que Dios nos de la fuerza para encontrarte adonde sea que la eternidad te lleve. Te amaremos por siempre"

Por debajo decían los nombres de una mujer y un hombre, que asumí, deberían haber sido los padres de la criatura.

Me quede en completa quietud, casi sin aliento...

Atónito.

Como si la vida misma se me hubiera presentado de frente y me hubiera dado un gran golpe en la cara.

Pensé y reflexione frente a la tristeza que me proponía la imagen subconsciente de ver a una persona cuya vida se le fue arrebatada sin siquiera ser empezada. Yo entendía perfectamente que el destino no es una entidad que dé explicaciones, ni siquiera para sus actos más crueles...

Sin embargo, no podía disimular el asombro por lo que tenía en frente.

He sido un hombre de errores, pero sin embargo, nunca me sentí tan mezquino como en ese momento donde estaba compadeciéndome por las inclemencias que mi vida me proponía, sin darme cuenta que por lo menos tuve la fortuna de haber podido transitar una.

Mas allá de la culpa que sentí, de lo estupefacto que estaba, no pude evitar pensar:

"Que suertudo soy"

Que suertudo soy de poder llorar, reír, ser alguien y nadie a la vez.

Que suertudo soy de tener un sol que iluminé todos mis días, de poder levantar la cabeza y ver siempre que hay algo adelante, por mas muerto que tenga el ánimo.

Que suertudo soy de poder dirigirles la mirada y la palabra a mi familia y amigos, de poder compartir con ellos, a pesar de los problemas que nos deparen.

Que suertudo soy de poder abrir los ojos cada mañana, de respirar, y de saber que por más que me usurpen todo lo que tengo, siempre voy a tener una vida y un alma para seguir peleando...

Que suertudo soy, la puta madre.

Respire, de vuelta, profundamente. Me acerque a un rosedal cercano y corte una hermosa flor roja que iluminaba el paisaje a su alrededor, mientras se bañaba con los rayos del sol.

La coloque en la tumba y me quede observándola en silencio...

- Perdón y Gracias - dije en voz viva.

Me retiré, dando una última mirada a ese grabado en piedra y pensando hasta qué punto tiene que llegar uno para darse cuenta de lo que tiene...

Fue una lección brutal, pero efectiva.

Me perdí en las luces del día recapacitando que los seres humanos pensamos que tenemos una razón para vivir y por eso seguimos caminando, cuando quizás la única razón para seguir caminando sea únicamente la de estar vivo... y poder disfrutar cada día de tal regalo.

La verdad... la fortuna nos sonríe. 

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20 de noviembre de 2017 | 21:45
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