Una jardinera de jean y una remera blanca

Milo nos deja otro de sus espectaculares relatos cargados de sensaciones y palabras mágicas.

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Anoche soñé con ella por primera vez (y la última).

El bar estaba abierto desde las 8, llegué apurado, mis amigos estaban adentro esperando que todos nos reuniéramos. Habían pasado 5 años desde nuestro último encuentro. Era todo tan nuevo, la cerveza estaba bastante buena y la conversación que manteníamos seguía un camino zigzagueante de dudas e interrogaciones, de filosofía y astronomía, de fútbol y mujeres. Siempre de lo elevado a lo banal. Porque gusta tocar fondo y después pasar a temas interesantísimos, como las estrellas de la galaxia de Andrómeda o los numerosos pelos que tiene una abeja en el abdomen.

La había visto de reojo, al pasar, una mirada fugitiva, una mirada rehuyente. Ella estaba tan linda, tenía el pelo rojo, más bien de un tono anaranjado, tenía puesta una remera blanca bajo una jardinera de jean.

Pedí un chopp en el bar y encontré a un grupo de amigos del secundario, todo en sepia y vintage. Ellos estaban repitiendo esas historias que siempre se repiten, pero que, en realidad, siempre deberían ser repetidas, porque en cierto punto fueron memorables. Uno me preguntó que era de mi vida, le respondí pausadamente, tomándome el tiempo necesario para dar una buena respuesta. No era una tarea tan fácil, tenía que reflexionar y hacer un resumen de mi vida. Hablé del diseño y el manifiesto, que eran temas complejos en situaciones de bar, pero hice mi mayor esfuerzo por que se entendiera.

El color era amarillo, y marrón, y que contento que me sentía. Era una de esas noches particulares en las que todo va a salir bien. A veces me cuesta distraerme. En cierto momento me encontré con una chica pelirroja, era linda, o por lo menos para mí lo era, la había visto antes de espaldas, de frente era la inocencia misma. Sonreía, mientras la miraba, y ella me miraba, y yo lo tome como una invitación. A su lado había amigas, le toqué el hombro y le dije que me gustaba su jardinera.

Cuando hablaba yo no escuchaba nada, simplemente anticipaba cada palabra, y agradecía la posibilidad de estar charlando con ella. Y pensaba en todas las situaciones que habían sucedido para llevarnos a ese momento, todas las decisiones que ambos tuvimos que tomar para dar con ese encuentro en un bar, para que nuestros ojos (galaxias acuosas) se vieran reflejados en los del otro.

Ella hablaba tanto, y yo también hablaba tanto. Ambos queríamos demostrarnos tal cual éramos, mirar en nuestros propios espejos y reconocernos. Y nos reconocíamos.

- Ayer, antes de ayer, estaba nublado y salí al jardín. Lloraba ¿Podés creer? Era todo hermoso. El viento fresco entre las hojas, el cielo, la tierra mojada, los ruidos, estaba todo vivo.

Cuando terminó de decirlo entendí todo lo que significaba, y después me dijo que quería otra cerveza. Pero yo seguía pensando en los grillos, en los robles.

Un amigo me agarró por la espalda, me dio un abrazo y me dijo que me había extrañado. Sonreí, porque sabía que alguien había estado pensando en mí. Me di vuelta y ella pedía otras cervezas. Las latas estaban heladas, fuimos al patio, nos encontramos con amigos y nos separamos.

Era como un sol rojo.

Al despertar, recordé todo, y me sentí mal. Estaba hecho, nunca realizado, había sido un sueño, ella me encanta. Pero no existe. Reflexioné acerca de lo efímero, así había sido, solo un sueño, pero fue real, y lo sentí. Sí sucedió, y lo viví...

¿Cómo no pensar en que fue algo real?

¿Cómo negarme a la posibilidad de que los sueños son parte de nuestra vida?

Porque tuve ese sueño, y no otro.

No uno distinto, ese sueño, ese sol rojo, esa hermosa persona con una jardinera de jean y una remera blanca.

Ella era como un sol, anaranjado.

Que se fue apagando.

Fotografía por Maca Arzùa

Modelo Manuela Sanchez

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24 de agosto de 2017 | 08:21
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