Personajes Típicos del "Tablón"

El Chori Peña nos deja un detalle preciso de todos y cada uno de los personajes que podemos encontrarnos en la cancha.

¿Qué argentino/a no fue a la cancha por lo menos una vez en su vida? ¿Quién no ha conocido la fauna que suele haber en un estadio nacional? ¿Qué persona no ha disfrutado de una buena previa, se ha comido una extensa cola para ingresar, ha recibido un cacheo abusivo de parte de la policía, ha pagado una inexplicable suma de dinero, ni se ha intoxicado con los olores típicos que sobrevuelan en el ambiente de un partido de fútbol? Pues bien, si no lo has hecho, aquí te ofrecemos un catálogo de lo que podés encontrar ahí dentro; y si lo has vivido, sólo leé y sentite identificado con alguno de estos "Típicos personajes del Tablón"

  • El puteador: Este pusilánime sólo abona el costo de la entrada para dedicarse a insultar a los suyos durante los 90 minutos. Aunque lo niegue, desea fervientemente un gol del rival, para comenzar con su repertorio de agravios verbales hacia los jugadores de su equipo. Suele situarse en la platea que da a los bancos de suplentes, por el sólo hecho de ubicarse cerca de quienes serán el blanco de sus puteadas. Cuando finaliza el encuentro, corre hacia el primer escalón de las gradas y despide a los cabizbajos players con una catarata de insultos y amenazas de muerte. Una vez cumplida "su labor" en la cancha, retornará a su hogar a seguir siendo sometido por su mujer, basureado por sus hijos y explotado por su jefe, que a su vez, se mueve a su esposa, mientras él se encuentra en el estadio.

  • El hincha nuevo: Al pibe le dijeron que ir a la cancha es "lo más" y el que va es "un grosso", así que decidió acudir a ver al equipo del cual simpatizaba lejanamente para "ver qué onda". Al finalizar su primera experiencia en el tablón, retornó a su casa y se bajó de Internet todas las letras de los cantos de la hinchada para dejar de tararearlas y quedar como un boludo. Inmediatamente después, hizo peligrar la economía familiar, pidiéndole a papi que le compre la indumentaria completa del club. Pasados unos meses de asistencia perfecta a los partidos, el hincha nuevo suma ciertas frases a su léxico usual, con un llamativo sentido de pertenencia para con la hinchada, tales como: "Copamos en San Juan, le hicimos una fiesta que no lo podían creer"; "¡Cómo agitamos el domingo!" ó "¿Viste el trapo que le robamos a los putos de...?"

  • El exitista: Para el tipo, definitivamente ir a la cancha no es lo que más disfruta. Pero tiene la firme creencia de que no debe perderse esos pasajes "históricos" de su club, como para, cuando llegue el momento indicado, poder decir "yo ese día estuve". Es decir, que acude al estadio sólo cuando al equipo le va bien y pelea por "cosas importantes". Si pasaron dos encuentros con resultados negativos, el tercero lo recibirá tomándose una cerveza en el kiosco del barrio, olvidándose por completo del partido. En la tribuna son entes sin pasión, sólo mostrando sentimientos de ofuscación cuando las cosas no salen. Suelen retirarse antes de finalizado el cotejo, si el resultado del match no es el deseado. Igualmente nadie los extrañará.

  • El positivo: Lejos de ser barra o violento, este tipo dedica las dos horas de estadía en las gradas de cemento a alentar y apoyar a los jugadores y al club que ama, independientemente del resultado. Ni bien entra a la popu, el tipo se hace de "una bandera de palo" que flameará con pasión durante los 90 minutos y quemará sus cuerdas vocales, hasta llegar al punto de una disfonía que llevará a cuestas durante la semana. El espectáculo dentro de la cancha puede ser un bodrio o, peor aún, una paliza en contra de los suyos, pero siempre lo veremos de espaldas al rectángulo de césped (o tierra, según sea la categoría donde se encuentre el club de sus amores), cantando e intentando contagiar a quien no proceda como él. Si el rival convierte, sus esfuerzos serán doblemente mayores. Ya finalizada la disputa deportiva, se encontrará más exhausto que cualquiera de los jugadores que fueron parte del match, y muchas veces sin siquiera saber el resultado final.

  • La diosa: La mina es una muñequita: curvas perfectas, bronceado privilegiado, boquita con puchero, y cara de "si tenés la suerte de convencerme de ir a un telo, te haré todo lo que tu mente se imagina, multiplicado por pí al cuadrado". Y como agregado a los buenos dotes que la naturaleza le regaló, le suma una vestimenta como para darle el último empujoncito para pasar a una mejor vida al señor que sufre del corazón: calzitas XXS que levantan un culo manzana de por sí parado y que dejan el lugar necesario para mostrar unas piernas firmes, que si Luciana Aymar las observara, moriría de envidia; musculosa elasticada que sostiene un par de senos que se asemejan a dos cabezas de enanos; y gafas de sol para emular un estilo cheto-fashion. Todavía no he descifrado el motivo de la presencia de tal pedazo de fémina en la cancha, ya que de fútbol no sabe un pomo y el partido le interesa lo que a mí la situación socio-política de Azerbaiján. Le encanta que las cámaras la enfoquen y suele ir acompañada de varias de su estirpe. Es futura candidata a botinera.

  • La tilinga: Estéticamente, sería lo opuesto a la diosa. Es más, si nos ponemos severos en la descripción, es casi un vago. Se viste como hombre, alienta como hombre, putea como hombre, escupe como hombre; eso sí, chiva peor y más hediondo que uno del sexo opuesto. Generalmente es novia de algún integrante de la barra y se pasea por la tribuna manoteando gansos y apoyando su trasero en los bultos de la muchachada, hasta que su novio lo ve y emboca al casual elegido por la susodicha, para deleite de ella.

  • El barra: Si alguna vez le interesó el bienestar del club, eso ya es pasado. Ahora se enriquece a costas de éste. A cambio de organizar a la hinchada, de apoyar a los dirigentes y de "apretar" a los jugadores en caso de que sea necesario, este grupo organizado recibe ciertos beneficios como: ingreso gratis al estadio y entradas para vender, colectivos para viajar de visitantes y "colaboraciones" económicas que alcanzan la suma a la que yo arribo tras 11 años de mi trabajo. Siempre se lo ve vestido con las casacas de los jugadores, que muy gentilmente le cedieron tras haber sido apuntados con una 22 y amenazado a su familia.

  • El chorizo: Este espécimen nunca estuvo interesado en el fútbol, pero empezó a ir a la cancha cuando su cuñado comenzó a ser parte de la barra brava. Aunque dentro de la hinchada hay códigos de anti-robo, su naturaleza de "amante de lo ajeno" lo puede y le es imposible evitar hacer asaltos express dentro de la tribuna. Además de lo que le tira el esposo de su hermana, suele llevarse a su casa un envidiable botín, que incluye gafas de sol, encendedores, gorras, camisetas, zapatillas, etc.

  • El pegado al alambrado: Elemento indispensable para que una localía sea fuerte. Aunque la opinión pública en general lo ataque y lo apunte como "inadaptado", no tienen en cuenta que el tipo sacrifica los 50 pesos que le costó la entrada, sólo para intentar que la visita de los contrarios sea lo menos placentera posible. Es dueño de una verba original y elocuente, siempre indicando el defecto físico y/o personal justo para aquél que ejecuta el corner, o que tenga la desgracia de ubicarse cerca. Si bien, el habla es su arma más fuerte, como segundo recurso maneja el siempre mal ponderado escupitajo.

  • El viejo borrachín: El hombre ronda los sesenta y pico largos. Nadie sabe cómo entró ni de dónde viene, pero él siempre está, y siempre está en pedo, insólitamente. Aunque todos lo quieren y suelen abrazarse con él ante un gol del equipo, nunca nadie le conoció un amigo o familiar. Cuando el partido es un embole, suele sacar de la galera esos comentarios que harían reír hasta a Aldo Rico en el funeral de su hijo. Si algún día no apareciese en la tribuna, todos le regalarán una lágrima, ya que se sabrá que el viejo ha muerto.

  • El cocacolero: A diferencia del choripanero, que se va con un par de monigotes que le ayudan a cuidar el negocio, el cocacolero debe velar por su empresa comercial él solo. El loco está en constante peligro, manejando guita y mercadería en medio de una multitud, generalmente atiborrada de violentos y chorros. Sufre con la avalancha post-anotación, ya que deberá sostenerse de la primer forma sólida que encuentre para no perder las gaseosas. Suele ser objeto de burla de los hinchas que están aburridos y es objetivo primordial del chorizo. Sin dudas, uno de los peores laburos que existen.

Opiniones (1)
21 de agosto de 2017 | 15:04
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21 de agosto de 2017 | 15:04
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  1. Muy buena descipción; ¿faltará alguno?
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