La leyenda del sauce

Campo, noche y terror por Paula Pietra.

 En las soledades de los campos, ahí donde la noche se hincha y ocupa todo el lugar, reina el silencio del hombre, ocasionalmente silva el viento y los ruidos de animales es lo único que se suele escuchar.

Arriba la luna, como única soberana y testigo de todo lo que ocurre o puede ocurrir, a veces alumbra cuando está llena, otras se esconde para dejar todo en la mayor de las penumbras. Es ahí cuando el cielo se acerca y las estrellas parecen un manto azul con destellos de diamantes.

En ese medio de la nada, cuentan los puesteros, vigías solitarios y valientes de esas vastedades, que nunca hay que acercarse a un sauce cuando está en esplendor. En invierno dejan su cuerpo desnudo, su tronco a la vista y sus ramas son sólo líneas, un indefenso nudo re ramas a merced del frío.

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Cuando se aproxima el verano lo recubre el verdor y la vida, lleno de pequeñas hojas ovales que forman una cortina cual manto protector. En la sequedad es difícil encontrarlos, pero a veces entre los matorrales, los arbustos secos y espinosos, cerca de algún arroyo o con el poco cuidado de algún desprevenido crece uno. Los conocedores dicen que no todos son peligrosos, pero entre ellos se destacan los híbridos.

Cuentan que de lejos se ve en la oscilación de esa lúgubre cortina verde sombras, sombras de forma humana, escondidas entre los largos brazos, que se dejan ver en parte con el vaivén de esas ramas que cuelgan como lamentos, largas y dóciles a cualquier brisa o espectro.

Los que siendo más corajudos o presa de una curiosidad, que en cualquiera de los dos casos supera la conciencia de la integridad propia, se acercan para saber más, tal vez sean presa del infortunio y no poder regresar jamás.

Las narraciones más conocidas dicen que hay un límite en la proximidad, uno puede rodear el árbol, observar pero corre el riesgo de sentirse tentado, pues atribuyen poderes a ese mágico vaivén, tal vez magia tal vez algún tipo de hipnosis que atrae y no deja volver. Esto se sabe por aquellos que por un tropiezo, susto del caballo, o ruido estruendoso salieron de su letargo, escapando así del eterno destino.

Muy pocos testigos, viejos contadores de leyendas, se atreven a relatar que pasa más allá, el punto donde no hay retorno. Dicen que si algún transeúnte osa acercarse y tocar el árbol, puntualmente sos elásticas y largas ramas quedará ligado a él de por vida, meciéndose en sus ramas de día, colgando sin tocar el suelo de noche.

Así dicen que el sauce llora, llora por esas almas que esconde, que no encuentran sosiego, hasta que el ciclo comience de nuevo, una nueva presa se acerque y tome el puesto, dejando a la antigua vida comenzar de nuevo.

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Opiniones (1)
18 de noviembre de 2017 | 01:42
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18 de noviembre de 2017 | 01:42
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  1. Buen relato. En Mendoza los sauces tienen un motivo para llorar pero hay que volver el tiempo atrás, y es en la sesión del Cabildo de Mendoza del 18 de octubre de 1681; que las Autoridades propone que: ni indio, ni negro, ni español y de cualquier estado que sea, corte ni mande cortar los sauces de la acequia del Tajamar (hoy Alameda), por haberse puesto para reparo de esta ciudad (sombra), bajo pena de 10 $ de multa para los españoles y, a los indios y negros a 50 azotes; y que se fije un auto en la parte más pública de esta ciudad (hoy plaza Pedro del Castillo) para que todos se anoticien. Firman el Acta correspondiente; los alcaldes, Francisco Chirinos de Posadas y Pedro de Trilles; los regidores, Gregorio de Arce Lucero y Alonso de Coria Bohorquez; y el alguacil mayor Francisco Nuñez de Villoldo. (Fuente: Actas Capitulares de Mendoza, Tomo 4, Página 154). Cabe recordar que por las precarias condiciones de salud reinantes en la época y debido a las infecciones producidas por los latigazos, era muy factible la muerte por gangrena. Saludos.-
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