La eterna dicha

La felicidad, tal y como la conciben algunos, es una estrella fugaz que contemplamos muy de vez en cuando.

   (...) y mientras nuestras cabezas se tocaban y nuestras respiraciones se acercaban poco a poco, nuestras bocas se acercaron, de repente. Cuando quisimos continuar con nuestra lectura, el cielo ya estaba estrellado. - ¡Oh, mamá, mamá! - dijo ella al volver a casa-. ¡Si supieras cuánto hemos corrido! Yo guardaba silencio. -No dices nada -me dijo mi madre-, pareces triste. En mi corazón estaba el paraíso. Es una tarde de la que me acordaré toda la vida. ¡Toda la vida! Último día de un condenado a muerte. Victor Hugo.  

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- La felicidad, tal y como la conciben algunos, o la eterna dicha, como la entienden otros; no es sino, una estrella fugaz que contemplamos muy de vez en cuando, y que surte un gran efecto en el corazón de sus espectadores, tras calar en lo más hondo del alma humana. Y puesto que acostumbra a aparecerse cuando menos uno lo espera, y a perecer cuando más la anhelamos, es que nos sentimos tan desdichados, desde el preciso instante en que decide desvanecerse, hasta que vuelve a revelársenos más adelante, una o dos veces más. Estoy seguro de que si fuésemos lo suficientemente intrépidos, como para permitirle a nuestra mente volar sin ningún tipo de límites, a la manera de un paracaidista experto; aquello que se nos presenta como un asunto inextricable o de dificultosa aprensión, se reduciría a un todo cognoscible. El paisaje que se yergue a nuestro alrededor, sería mucho más agradable a los ojos de quienes lo contemplan, sin tanta espesura y parajes recónditos de por medio.

- Si las cosas se dan así, entonces, ¿por qué nos hallamos muchas veces distanciados de dicho propósito? ¿Acaso nuestras almas no se ven urgidas por la necesidad de colmarse? ¿Tan cegados estamos, que no podemos atisbar aquello que sólo puede producirle un bien al corazón?

- Creo que cuando algo nos produce un bien desmesurado, no llegamos a constatar del todo la magnitud de lo acaecido, ya que ello podría resultar contraproducente para el acervo de expectativas que se erigen en nuestra cosmovisión; por lo cual, a modo de resguardo, y procurando no afectar dicho estado, es que evitamos en lo posible, acercarnos demasiado a aquel bagaje de hedonismo que se nos presenta como el punto culmen de las cosas.

- Todo ello me recuerda a un hombre que conocí en la India; un verdadero nefelibata, que vivía muy a gusto en la calle, a pesar de todo. Estaba convencido de que en la vida, no existe aquello que hemos dado en llamar felicidad, ni nada que se le parezca, y que nuestro propósito vital, no se nos devela sino, al término de nuestros días. Atestiguaba que nadie es capaz de determinar el grado último de las cosas, y que si bien, podemos reconocer y experimentar un estado de bienestar interno, cada vez que nuestros pensamientos y emociones armonizan entre sí; nada nos asegura que dicho fenómeno no sea una mera ilusión, como tantas otras, producto de nuestra mente, la cual propende a conciliar todo lo que le resulta vago e indefinido.

- Puedo ver cuál es su punto, pero confieso que el mío difiere por completo del suyo. Dicho esto, no creo que seamos capaces de forjarnos semejante ilusión, en otras palabras; ¿por qué habríamos de edificar algo que nos produce sumo placer, cuando en realidad, se trata de un fenómeno que acontece por sí solo? Los verdaderos motivos por los cuales, un determinado objeto o una abstracción agenciada, nos parecen de lo más vivificante, se hallan circunscriptos en la relación que establecemos con los mismos. El hecho de poder asirla, y encontrar en ella un sentido de pertenencia, es lo que nos conduce a querer reproducirla cada vez que contamos con la posibilidad para hacerlo.

- Si es que acaso existe, de alguna forma, aquello que conocemos como felicidad, entonces, no es más que una elaboración producto del alma. No nos apercibimos, pero dicha quimera, nos produce más pesadumbre que otra cosa. El sentimiento de dicha, sólo puede ser vivenciado a expensas de cualquier otro gradiente que no sea el de interioridad rediviva. Por otro lado, para que algo sea considerado eterno, antes debe proclamar su existencia, y es a causa de ello, que no le encuentro una verdadera razón de ser a este baluarte denominado felicidad. Todo este asunto sólo puede conducir a equívocos, ya que los elementos que conforman la idiosincrasia del hombre, se hallan siempre en constante conflicto, y por una u otra razón, por lo demás, desconocida, no logran establecer aquella sinonimia tan necesaria para el beneficio del conjunto.

- Creo que el meollo de la cuestión radica, en si somos o no capaces de hacer algo con aquello que nos produce los más variados sentimientos humanos, y procurar no enquistarnos en tal o cual denominación, sino, en verter todo nuestro yugo interno, para y por nuestro bien.

Manuel Arias


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