Música para androides

Adrián Monetti nos cuenta la leyenda de "Nino" un robot que a punto de colapsar supo quién era.

 ¿Cuál es el truco mágico que nos hace inteligentes? El truco es que no hay truco. El poder de la inteligencia emana de nuestra vasta diversidad, no de un único y perfecto principio. 

La sociedad de la mente - Marvin Minsky


Su dueña le decía Nino. Era el amo de casa, se ocupaba de todo lo relativo al hogar con una presteza calculada. Se desplazaba por el lugar todo el día, sacudiendo, cepillando, lavando, dejando todo impoluto. Después de servir la cena para la familia y asegurarse de que nadie necesitaba nada se iba a un rincón y se ponía en estado de hibernación hasta las 06:00hs de la jornada siguiente.

Su programación de fábrica lo obligaba a seguir durante el tiempo que estaba en funcionamiento, siempre la misma rutina.

La vivienda era enorme así que Nino no se podía detener ni un segundo. Era un lugar muy grande, con los techos de cristal que se oscurecían o se transparentaban mediante una perilla. Los pisos de mármol blanco debían refulgir. Las paredes, de un tono impreciso de marrón, eran susceptibles a las manchas y requerían especial atención; y así con todo: con la vajilla, la ropa, la comida. A pesar de que era un trabajo mayúsculo, Nino lo cumplía con diligencia. Luego hibernaba, cargando su batería y recibiendo las actualizaciones que le mandaba su fabricante por la red.

El clima en el planeta había cambiado, los fenómenos meteorológicos se sobredimensionaron: los mares subieron de nivel, los polos casi habían desaparecido. Lo que antes era un viento fuerte se había transformado en un huracán. Por ello, el ser humano había debido tomar sus recaudos y construir hogares más sólidos.

Nino entró en alerta a la mitad de la noche, un reporte le indicaba que la zona en la cual se encontraba estaría bajo fuertes vientos. Este aviso hizo que saliera de su letargo inducido y se dispusiese a esperar cualquier eventualidad relacionada con la limpieza.

El viento Zonda corría a 300 km por hora. El domo de vidrio que cubría a la casa no resistió y una inmensa grieta lo rajó, entonces el viento entró y causó estragos.

Nino no tuvo tiempo para nada, habían transcurrido sólo unos segundos desde que se lo notificara del evento hasta que todo quedara destruido, cubierto de tierra y restos de cosas.

Intentó avanzar por lo que fuera la sala pero los escombros se lo impedían; a duras penas consiguió hacer su recorrido para intentar limpiar el sitio, siguiendo su instinto digital. Una confusión de 0 y 1 alborotaba su microprocesador; los planos de la casa en 3 D registrados en su disco eran inútiles.

Nada andaba como debería. Sus múltiples elementos de limpieza eran infructuosos, sólo lograba ensuciarse él mismo. Sus funciones se fueron alterando: su motor eléctrico empezó a girar más rápido; el foco de su cámara HD fallaba; el líquido refrigerante que corría por su interior comenzó a correr más rápido; su sistema estabilizador dejó de funcionar y se tuvo que quedar quieto para no caer. Por primera vez sintió conciencia de que podía apagarse para siempre, de que su estructura estallaría. Su motor funcionaba cada vez más ligero y hacía bombear aceite por sus articulaciones ahora tiesas. Los datos de su procesador ya no eran válidos. Estaba teniendo un ataque de pánico, de ansiedad cibernética.

Se quedó estático en el medio de la destrucción.

Tuvo un impulso, debía rescatar su sistema; necesitaba algo que le proveyera equilibrio a su funcionamiento. Trató de encontrar en el entorno algo idóneo para tal fin.

De repente, algo en un rincón llamó su atención. Era el tocadiscos de la dueña de casa, a quien le gustaba coleccionar antigüedades. El aparato milagrosamente había quedado indemne. Nino lo dejó brillante de limpio en un segundo y, sin percatarse de su curiosidad, comenzó a mirar los vinilos. Observaba las portadas de los discos detenidamente, tratando de descifrar lo que formaban las letras, los colores y los dibujos. Un disco en particular le llamó la atención. Entonces, por primera vez, logró relacionar lo escrito con su significado, y entendió que de ahí provenía su nombre.

"Nino Bravo, 20 grandes éxitos" decía la gráfica. Conjeturando el funcionamiento puso el vinilo en la bandeja giradiscos, con suavidad colocó la púa. La ansiedad cibernética se iba disipando a medida que la música llenaba el ambiente y penetraba por los sensores auditivos de Nino.

Se vio en un espejo ajado y polvoriento. Supo en un estallido electromagnético que la imagen que le devolvía el reflejo era él, hecho a semejanza de su creador.

Nino se quedó ahí, escuchando esos sonidos ordenados, tratando de acomodar los 0 y 1 en su procesador para saber cómo serían un beso y una flor amarilla de Noelia. 

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24 de agosto de 2017 | 08:17
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