El dolor y su sombra

No encuentro el motivo fundante por el cual debamos rechazar aquel sufrimiento dado, que por naturaleza, tiene la amabilidad de alojarse en nuestro espíritu.

Nadie puede librar a los hombres del dolor, pero le será perdonado a aquel que haga renacer en ellos el valor para soportarlo. Selma Lagerlöf.

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No encuentro el motivo fundante por el cual debamos rechazar aquel sufrimiento dado, que por naturaleza, tiene la amabilidad de alojarse en nuestro espíritu, cualquiera sea su fuente de origen, como así también, el grado de fuerza con que nos afecta. En cierto punto, resulta contradictorio, o al menos interesante si se quiere,observar cómo mientras unos intentan socavar toda idea o sentimientos que pudieren llegar a producir un profundo y perecedero estado de malestar interno, acompañados por una disposición de abdicación involuntaria; otros se empeñan por adentrarselo más que puedan en el fango de la desdicha, como si al embarrarse cada vez más, sus almas pudiesen acercarse a aquel estado primigenio del dolor, en el cual, este se da a conocer con todo el acervo y características que lo invisten. Bien podríamos definirnos como animales que sienten demasiado, y como tales, estamos propensos a involucrarnos en todo aquello que actúe como disparador de sensaciones y emociones, hasta el punto de llegar a quemarnos intencionadamente, sin importarnos cuánto, con el propósito de llegar a comprender el sustrato de dichos fenómenos. No satisfechos con todo ello, nos vemos en la ponderosa situación de tener que asimilar el nuevo estado de cosas, urgidos por la necesidad de establecer un nexo fecundo entre lo ya dado y lo emergente.

Pero no es la suma de las circunstancias lo que nos abruma o complace por completo, sino, la interpretación que de estas realizamos. Un hecho es adverso o placentero, según quien sea el observador. No podemos observar lo mismo que el otro, ni tampoco usar siempre el mismo par de lentes. Dicho esto, lo que en un momento dado se nos pudo haber presentado como algo intrincado y de dificultosa resolución, ulteriormente, puede ser concebido como algo menos enrevesado de lo que en realidad era en un principio. ¿Cómo se puede llegar a explicar de alguna manera todo esto? Pues bien, al ser productos tanto de nuestra historia personal, como de aquella vasta cultura colectiva de la cual formamos parte, felizmente o a duras penas, y también de nuestro bagaje hereditario (biológico, psicológico y social); al momento de sopesar cabalmente un hecho o situación determinados, nos vemos siempre influenciados por dicho reservorio, permeable a las transformaciones que se suscitan en el pensamiento con arreglo al paso del tiempo, dando lugar a nuevas perspectivas y formas de razonamiento que se erigen como actual anclaje de todo lo ya elaborado.

La base de todo dolor espiritual, radica en nuestra actitud caprichosa de querer atenderlo más de la cuenta. Lo tratamos como al enfermo medio muerto que convalece en el camastro. Toda nuestra atención se halla concentrada en él, sin que tomemos verdadera conciencia de qué es lo que necesita en realidad. Nos esforzamos a cada segundo que pasa, por comprender cuál es el origen de su estado de indefensión, para así poder encontrar los medios propicios para contrarrestar la agonía del moribundo. Lo mismo sucede cuando un dolor nos aqueja. Nos preocupa todo lo que sucede en torno a él, y esperamos hallar, con la mayor celeridad posible, el modo más efectivo para poder combatirlo, dejando de lado, el verdadero sentido de su existencia, que no es otro más que el de exaltar el espíritu y transformar el corazón.

No sería posible la existencia de un mundo sin dolor, como tampoco lo sería sin el arte. Las obras más sublimes son siempre producto de aquel sufrimiento desgarrador que conmueve el corazón del artista sensible. Un sufrimiento anquilosado y perenne, que le permite errar por vastos estados emocionales en permanente ebullición. Es necesario prever que, no sólo el artista saca provecho de la disposición de su alma, sino también el hombre que siente y se revela como él. Lo único que diferencia a ambos casos, es la forma que adquiere el dolor al momento de expresarse, ya que ningún dolor es igual a otro, tanto en su forma como en su contenido, a lo sumo, puede asemejársele, mas no ser su réplica.

¿Cuál sería el sentido de una existencia sin dolor? Éste, nos sacude y nos hace sentirnos vivos cuando olvidamos que existimos; así como también, nos hace sentir a punto de desfallecer, cuando es necesario que así sea. Nada es más imperecedero que el dolor humano, ni siquiera el amor. Esto se debe a que el primero, no se extingue con el paso del tiempo, mientras que el segundo, puede desaparecer de la noche a la mañana. Lo que le sobra al dolor, le falta al amor, no obstante ello, se encuentran estrechamente ligados, puesto que para que uno sobreviva, el otro debe de existir a la par. Puede verse con mayor claridad y perspectiva en los enamorados, por poner un ejemplo beatífico. Sus pasiones se ven alimentadas por todo lo que tiene el otro de distinto a uno, y no logran explicarse el origen de sus sentimientos. Rebosantes de júbilo y con altas expectativas depositadas en el otro, su bienestar emocional cae en una especie de doble trampa, de dependencia e idealización, tornándose más susceptible de lo que era. Es allí cuando tiene lugar el dolor. Ya ningún atributo ensalzado otrora, ejerce el mismo efecto, y es entonces, cuando los enamorados se ven enfrentados con su propio sufrimiento, desconocido hasta el momento para ellos, y el amor se transforma en una dura prueba donde ambos intentan salir indemnes.

Por último, cabe preguntarse si es posible que las heridas del alma sanen o siempre las encontraremos allí, dispuestas a recordarnos quiénes hemos sido, y quiénes queremos ser. Quizás el dolor sólo exista en nuestra mente, pero no por ello deja de ser tan real como la vida misma.

El dolor es nuestra segunda sombra, estemos o no de acuerdo con ello, estemos o no preparados para vivir con él.

De Nicanor para su sombra.

Manuel Arias


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5 de Diciembre de 2016|13:43
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