Homo politicus

Se comportaban como camaleones, y para ello, adoptaban la bandera política que fuese más redituable a sus fines, a expensas de si ésta, entrase en contradicción con sus principios e ideales preconcebidos.

El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres. Platón.

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Acostumbrado, por la exaltación de su genio y su espíritu desasosegado, a que se operasen toda clase de razonamientos y cavilaciones, en lo más íntimo de su singular interioridad; Nicanor; procuraba depurar el contenido que de todo ello pudiere resultar, a fin de conservar un accionar equidistante a sus pensamientos. Si a una idea cualquiera, le seguía una acción discordante, entonces, se desprendía de la primera, con tal vehemencia e ímpetu, que no quedaban raíces que pudiesen atestiguar su existencia precedente, y a continuación, se forjaba otra que estuviese en consonancia con su actuar. Para evitar quedar entrampado en las muchas e intrincadas disyuntivas que se le presentaban, sopesaba concienzudamente cada uno de los baluartes, para no dejar nada librado al azar. Aun cuando dicho método no cumplimentase del todo sus expectativas, no encontraba otro derrotero más efectivo que aquel, y cada vez que alguien osaba rebatir su idiosincrasia, a base de argumentos ilícitos, y por lo demás, carentes de validez, su tolerancia se veía trastocada a tal punto que, con admirable tesón, y un cierto grado de ofuscamiento, se empeñaba en demostrar el valor de su doctrina. No titubeaba al momento de tener que enfrentarse cara a cara con sus detractores, por consiguiente, daba resumida cuenta de sus motivos, y no rehusaba estrechar la mano a aquellos que carecían de escrúpulos y se vanagloriaban de estar en lo cierto respecto a la mayoría de los asuntos mundanos. No obstante ello, semejante espectáculo le comportaba una especie de aversión que recorría sus entrañas. A costa de exponer el repertorio de sus pensamientos, y aun cuando todo aquello le causare cierto estado de displicencia, sabía muy bien que, desde el momento en que diese el brazo a torcer, todo lo que hubo edificado para sí, a saber, su cosmovisión acerca de aquellos asuntos que interesan al hombre, se derrumbaría de un momento a otro. Es por ello que, pese a la apatía producida por el hecho de tener que revalidar sus ideas ante ciertas gentes, jamás se hubo amedrentado o excusado, al momento de tener que manifestar su postura. Se encolerizaba al ver que sus coetáneos, o sea, los hombres y mujeres de mundo, aquella estirpe de intelectuales, sapientes con trajes, y supuestos conocedores de los asuntos que incumben al género humano; no eran más que una horda de charlatanes que se reproducía sin interrupción. Tras observarlos y estudiarlos detenidamente, hubo de llegar a la resuelta conclusión de que, cuanto mayor poder detentaban en la escala económico-social, menor era su grado de implicancia con las minorías, puesto que en la concepción de una sociedad más justa e igualitaria, no hallaban involucrados sus fines políticos.

Se comportaban como camaleones, y para ello, adoptaban la bandera política que fuese más redituable a sus fines, a expensas de si ésta, entrase en contradicción con sus principios e ideales preconcebidos. Nicanor tenía la firme creencia de que, mientras a un hombre se le deje pensar por sí solo, y sin intentar persuadirlo de otra cosa, más que de estar haciendo lo correcto al pretender erigirse con sus propias ideas, nadie podrá convencerlo tan fácilmente de abandonar la ideología que construyera; de lo contrario, debido a una falta de introspección y elucubraciones propias, se verá supeditado a adherirse a aquel conjunto de ideas que más lo sedujesen, privándolo de toda autonomía, y por consiguiente, ocluido en un estado de cosas tal, que contase con la suficiente fuerza como para erosionar sus convicciones.

Su rol de periodista, le comportaba varias ventajas, pero sacaba más rédito con unas que con otras. Su enorme e infatigable labor profesional, era fuente de grandes satisfacciones, entre ellas,la de poder inmiscuirse en el pensamiento del hombre, cuestionarlo, adentrarse en su vasto mundo, y por ende, llegar a familiarizarse con sus pareceres, algunas veces congruentes, y otras, un tanto contradictorios. Aun estando en sumo desacuerdo con los muchos entrevistados, sentía que cada vez calaba con mayor profundidad en el tugurio de sus interioridades, y detrás de cada pregunta formulada, veía abrirse un abanico de posibilidades, que le permitían entender un poco más, la sociedad a la que pertenecía. En cierta ocasión, con motivo de cubrir una noticia en la Plaza Roja de Moscú, donde se contaba con la presencia de varias figuras políticas, hubo entablado una larga y tendida conversación con algunas de estas.

- En lo que a mí respecta, sus motivos permanecen ignotos. ¿A quién pretende engañar con su reforma tarifaria, si a fin de cuentas, es para el beneficio de unos pocos? No busca más que embaucar al pueblo, con un proselitismo a base de ciertos arreglos que nada tienen que ver con su campaña política. -dijo enervado un magistrado.

- Sin dicha reforma, lo que hoy conocemos como Rusia, no sería más que un punto sombrío en el mapa. Creo, sin temor a equivocarme, que es lo mejor que nos pudo haber pasado en años. A veces se deben tomar medidas drásticas, con el fin de restablecer el orden perdido. Y si hoy hay damnificados como consecuencia de ciertas decisiones, es preferible que no los haya en el futuro, cuando ya las cosas marchen sobre ruedas. -profirió con vehemencia, uno de los concejales que se encontraba allí presente.

- En otros términos, ¿lo que se intenta hacer, no es sino, ascender a lo más alto de la escala económica, a costa del perjuicio que ello pudiese ocasionar al resto? -preguntó Nicanor a la congregación en general. Aunque lo intentase, no podía ocultar la indignación en su rostro.

- Difícilmente pueda alguien que no se halla embebido de política, entender cabalmente el asunto. -se atrevió a manifestar otro de los disertantes.

- La crisis que nos encontramos atravesando, no conllevaría tantas pérdidas y desajustes, si tan sólo hubiésemos consentido en abrir nuestras puertas al mundo, para unificarnos con quienes estaban dispuestos a ayudarnos en un primer momento. Hoy, seríamos una potencia mundial, y las cosas funcionarían mejor de lo que funcionan ahora. -se expresó con aire taciturno, un importante fiscal.

- La mayoría de los males de Rusia, no se deben más que a nuestra actitud soberbia. Es algo que, por añadidura, estamos condenados a padecer perpetuamente, mi estimado. -le respondió otro colega.

- Hay que fomentar la educación y la política como los pilares fundamentales de nuestro gobierno. Ello debería formar parte de nuestros cánones desde hace tiempo. -volvió a participar en la conversación el magistrado.

- Toda acción social, tiene la obligación de beneficiar a los más desfavorecidos, de lo contrario, se estaría incurriendo en un acto despótico y malsano para con la clase popular. No creo en la caridad, a quién se le podría ocurrir si quiera, pensar que con el simple humanitarismo, despojado de las herramientas necesarias que insten a desarrollar los propios recursos, se pueda ayudar a un otro. -sentenció un viejo abogado.

- El acto ceremonial ha comenzado. -dijo uno de los políticos, interrumpiendo el debate y postergándose para después. 

Manuel Arias

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