Un alma en flor

Una muchacha tan angelical, un capullo joven, a la espera de dar a conocer sus pétalos, un espíritu que aún no es existencia, y que se hallaba sumido en una profunda tristeza.

Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo (...). Virginia Woolf.

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- Una muchacha tan angelical, un capullo joven, a la espera de dar a conocer sus pétalos, un espíritu que aún no es existencia, y que se hallaba sumido en una profunda tristeza ¡Oh, qué carga tan pesada han de llevar algunos a sus anchas! ¡Qué caro es vivir cuando el espíritu perece! -dijo acongojado el amigo de Nicanor.

- Es lo que es. Nadie es tan joven como para no sentirse desdichado, ni tan viejo como para no encontrar un sentido a su existencia. Lo que es fuente de dicha y felicidad para uno, es causa de desazón para otro. ¿Acaso alguien puede erigirse en juez de su propio destino? ¿No ocurre siempre lo mismo, a saber, que en el momento en que más pintoresco y esperanzador nos resulta el presente, adviene sin más, un hecho adverso que corroe por completo el estado de bienestar en que nos hallamos, dejándonos así, el espíritu turbado, y un profuso sentimiento de malestar y congoja punzantes? -inquirió Nicanor a su interlocutor.

- Sí, sin lugar a dudas. Lo que le toca a cada quien, no es algo sobre lo cual se pueda hacer mucho. Estamos confinados a aceptar lo dado, mas no a renunciar a nuestro ideal de una existencia más llevadera. El precio por tener una vida más o menos reposada, es alto, pero así y todo, lo vale.

La joven a la que hago referencia, es mi sobrina. Hace unos días, se levantó más temprano que de costumbre, esperó a que su familia bajase a desayunar, y sin más, dijo: <<no sé si quiero vivir>>. Podrás imaginar el estado de turbación que generó semejante confesión, por llamarlo de algún modo; todos estaban consternados, excepto el mayor de los hermanos.Éste, como si su hermana se lo hubiese confiado sólo a él, estaba al tanto de su sufrimiento desde hacía un tiempo. Al parecer, a nadie le hubo importado lo suficiente la dolencia de aquella pobre muchachita. Sucede la mayoría de las veces, que cuando más necesitamos a alguien para que nos empuje, más solos nos encontramos, ya que todos se apartan de aquel que es desgraciado. -el amigo de Nicanor, se encontraba afectado en lo más hondo de su ser.

- ¿Por qué será que nos conmueve más el dolor de un joven que se halla en la plenitud de la vida, que el de un viejo que se siente incluso más vivo que éste? Creo que la respuesta estriba en las expectativas que se tienen respecto del primero, y del poco conocimiento que se tiene de la vida interior del segundo. Lo cierto es que, para el sufrimiento de uno y de otro, no existen medidas ni comparación que valga. Nadie debería si quiera especular, acerca de cuál es el grado de abatimiento que desborda el espíritu de un hombre echado a perder. Lo que oprime el corazón de uno, colma el de otro. -sentenció Nicanor.

- No existe actitud humana más reprochable que la indiferencia. Es un veneno que actúa de manera solapada, y a medida que se esparce, le termina carcomiendo el espíritu a uno. Es lo que sucedió con la familia de mi sobrina, cada uno de sus miembros se encontraba bajo los efectos de dicho veneno. Algunos más conscientes que otros respecto de aquella actitud malsana, intentaron contrarrestar su falta de empatía, pero sin obtener buenos resultados, y en lo que atañe al resto, les daba igual si aquella alma en flor se hallaba consumiéndose por el mismo infierno. Al parecer, no les preocupaba en lo absoluto, lo que pudiese estar gestándose dentro de aquella muchachita tan especial, y otrora tan llena de vida, y risueña como ninguna otra. A esto, se sumaba el hecho de ser la única hija mujer, situación que agravaba aún más su estado de ánimo, ya que, como es dable esperar, sus hermanos varones no estaban preparados para responder al llamado de un espíritu tan complejo y disímil respecto del suyo. El sentimiento de desazón que la embargaba, se acrecentaba cada vez más y más con el correr de los días, y aunque sospechaba que de todo aquello no podía resultar nada bueno, lo callaba. Todo el peso del mundo se le vino encima de improviso, y se odiaba por no contar con la suficiente entereza como para evitar que aquello ocurriese sin ninguna impunidad ante sus ojos. Su sensibilidad, hallábase exacerbada hasta tal punto, que procuraba salir lo menos posible de su casa, con el único propósito de no tener que vérselas con alguna situación que pudiese llegar a movilizar las fibras íntimas de una interioridad ya de por sí afectada. El desencanto por la vida, hubo ocupado cuerpo y alma. No era vacío, tampoco descontento, sino más bien, la nada absoluta. Sí, mi sobrina era la nada absoluta, y ya con eso, a uno le sobran motivos para tomar la decisión de no seguir existiendo. -opinó turbado el amigo de Nicanor, con ojos lacrimosos.

- Creo que su sobrina no encajaba en el mundo. Algunos, simplemente, no están hechos para el oficio de vivir. Nada puede hacerse ante los hechos, y todo intento por querer convencer a alguien de que debería actuar de otro modo, en este caso, alejarse del pensamiento de concluir con la propia vida, no es más que un acto destinado a expiar todo de sentimiento de culpa que pudiese llegar a emerger más adelante. Dicho esto, opino que su sobrina ha tomado la decisión que creyó más conveniente. Cada quien sabe de qué está hecho, y hasta qué punto se halla dispuesto a enfrentar su propia vida. -concluyó Nicanor.

Manuel Arias


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2 de Diciembre de 2016|23:53
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