¡Larga vida al presente!

Mi buen amigo, mi único amigo. Te preguntas por qué no soy más osada, he aquí mi respuesta.

Si el alma es la enferma, lo mismo da que se encuentre rodeada de riquezas o en la pobreza, porque su mal la seguirá a todas partes. Séneca.

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Mi buen amigo, mi único amigo. Te preguntas por qué no soy más osada, he aquí mi respuesta: en un mundo donde todos salen a la calle con sus máscaras, me resultaría insoportable mezclarme con la hipocresía de la masa. No sería, sino, un atentado a mi idiosincrasia, y sin ella, nada tendría razón de ser. Si ya de por sí me desagrada pensar en mi yo, imagina tener que hacerle frente a uno nuevo. ¡Antes de adoptar un rol con el que no me identifico ni en lo más mínimo, que me lancen al vacío! No quiero parecerme al resto, no señor; y si algún día me ves portando una máscara, ya sea para esconder mi verdadero yo, o con el pretexto de hacerme con una realidad menos displicente, sacúdeme con todas tus fuerzas, pellízcame sin vacilación alguna, húndeme los dedos en las cuencas de los ojos, pero por lo que más quieras, no abandones a esta pobre amiga tuya, y evita que se traicione a sí misma. Eres el bastón que me sostiene al caminar, si te pierdo o te rompes, da igual si consigo otro, no daría ya los mismos pasos.

No pretendo ser comprendida, ni mucho menos, ya que nadie comprende a nadie. A lo que aspiro, es a una vida sin tantos reveses y tristezas, pero ya ves, ello no sucede ni en el etéreo mundo de las novelas. El sólo pensar que alguien pudiese llegar a hacer arte, despojado del más mínimo resquicio de dolor vital, resulta utópico, y hasta en cierto grado, deshumanizante. No hay piel que pueda ser arrancada con pensamientos, ni alma que pueda vaciarse con hechos. Cuando el cuerpo enferma, el alma se resiente y sufre, y viceversa. Nadie es compasivo en este espectáculo llamado vida, pero sólo ahora alcanzo a vislumbrarlo con una claridad tal que antes no poseía, o bien, se hallaba escondida entre sombras. Y es que nadie está dispuesto a ser partícipe del sufrimiento del otro. El corazón nos dice que debemos obrar con bondad, pero por otro lado, nos retiene el yugo de la indiferencia, que actúa de una manera más implacable. Si el mundo no es compasivo, y si tú tampoco lo eres, y yo tampoco lo soy, entonces, ¿qué sentido tiene creer en el género humano, sabiéndonos incapaces de experimentar los sentimientos de un corazón abatido y al que ya no le sobran restos para seguir latiendo? ¿Podremos acaso algún día, aprender, que dejando de lado la compasión hacia el prójimo, lo que hacemos, no es sino, dañar el fondo de su alma aún más y darle la idea de que todo está irremediablemente perdido? Debido a que aún conservo un halo de esperanza, es que me animo a creer en un mundo más benévolo respecto de los asuntos del otro; de lo contrario, mis restos descansarían -o intentarían descansar- bajo tierra, desde hace un largo tiempo.

En cuanto a tu teoría acerca de los caracteres humanos, amigo mío, no me hubo convencido como habría esperado. Pero si vamos a los hechos, tú nunca te has propuesto convencer a nadie, o mejor dicho, tu genio no se lo ha propuesto ni en el pasado ni ahora. Lo cierto es que, yo tampoco pertenezco al género de los que pretenden seducir al público con argumentos intrincados y desprovistos de una base fehaciente, a la manera de un político que ansía conseguir más votos para su candidatura; por el contrario, al igual que tú, mi estimado amigo, procuro convencerme a mí misma ante todo. Tú y yo, somos como aquel capitán que se encuentra en altamar, a cargo de su tripulación, y dispuesto a sacrificar su vida a la de los marineros. Con esto quiero decir: somos quienes dirigimos nuestra propia vida, y a la vez, nos aseguramos de seguir navegando, pese a las adversidades que puedan surgir como es dable esperar. Por ello, creo que incluso el carácter más endeble, y en apariencia, el menos capacitado para actuar ante ciertos obstáculos que se le presentan, puede salir airoso de cualquier encrucijada, siempre que se lo proponga, más allá de las dificultades que pretendan obnubilar su fuerza.

Lo más probable, es que te preguntes de dónde provienen semejante ahínco y resolución, pues, de la férrea idea de que a mayor perseverancia y estoicismo, ante una empresa que se intente llevar a cabo con determinado grado de complicación, cualquier pormenor puede resultar provechoso, si se lo ve como una oportunidad de crecimiento y no como una amenaza.

Ahora, tengo la necesidad de respirar otro aire, por lo que, quisiera proferir algunas palabras respecto a una cuestión que siempre ha sido y será, objeto de preocupación para nosotros, los mortales: ni más ni menos que el pasado. En mi opinión, se encuentra sobrevalorado. El pasado se las arregla para hacernos creer que el presente es una ilusión a la que no se le debe dar importancia. Y cuanto más nos esforzamos por sustraernos de su influjo, más nos atrapan sus redes. Si tan sólo alguien hallase la fórmula para pensar menos y vivir más, lo que se entiende por pasado, no tendría lugar ni en los sueños. Desde el momento en que uno se observa a sí mismo en retrospectiva, es cuando nos encontramos transitando el presente, sin darnos cuenta de ello. De ahí, que las más de las veces, ignoremos lo que acontece en el aquí y ahora. Y como si ello no fuese suficiente, nuestra mente se comporta como si del pasado, dependiese acaso el porvenir; cuando en realidad, nadie tiene el porvenir asegurado.

¡Larga vida al presente!

Tuya. Sinceramente, L.

Manuel Arias


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3 de Diciembre de 2016|12:39
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