La declaración de humanidad de Hirohito: un debate no cerrado

"Los lazos entre Nosotros y Nuestro pueblo siempre se basaron en la confianza y el afecto recíprocos. No dependen de meras leyendas y mitos".

El 1º de enero de 1946, a cuatro meses de la rendición de Japón y del inicio de la ocupación militar (que se prolongaría hasta 1952), el emperador japonés Showa o Hirohito, a requerimiento de la Suprema Comandancia de las Fuerzas Aliadas (SCAP en inglés), anunció lo siguiente en su discurso de Año Nuevo: "Los lazos entre Nosotros y Nuestro pueblo siempre se basaron en la confianza y el afecto recíprocos. No dependen de meras leyendas y mitos. No se derivan de la falsa concepción según la cual el Emperador es un akitsumikami [dios manifiesto o encarnado], y de que el pueblo japonés es superior a otras razas y está destinado a regir el mundo".

Este solemne anuncio, informalmente conocido como "Declaración de Humanidad" (Ningen-sengen), no fue tan sólo oratoria. Tuvo también entidad jurídica, ya que horas antes Hirohito había firmado una cédula real, un rescripto, con las mismas palabras del mensaje radiofónico; y ese documento fue anexado al Juramento de los Cinco Artículos (Gokajō no Goseimon), la carta constitucional del Japón moderno, sancionada en 1868 por el emperador Meiji.

LA SCAP, encabezada por el general estadounidense Douglas McArthur, quedó conforme con la declaración, pues entendió que con ella el emperador Showa había efectivamente renunciado a su estatus sagrado de kami o deidad, a su condición sobrehumana de encarnación de Amaterasu (la diosa shinto del sol), que era lo solicitado y esperado en el marco de la política en curso de democratización del Japón. Los sectores más liberales de la sociedad nipona de Posguerra también vieron con buenos ojos el anuncio imperial, pues lo interpretaron en los mismos términos en que lo hicieron las autoridades occidentales.

Por lo demás, la nueva Constitución de Japón, promulgada el 3 de mayo de 1947, parecía confirmar ese optimismo hermenéutico. No contiene ninguna cláusula de divinidad o sacralidad a favor de la dinastía Yamato, y su reformista art. 1 estipula: "El Tennō [Emperador] es el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, derivando su posición de la voluntad del pueblo, en quien reside el poder soberano".

Desde entonces, sin embargo, mucho se ha debatido (tanto en Japón como en Occidente) si la Ningen-sengen tuvo realmente el sentido y alcance tan rupturistas que la SCAP le atribuyó. ¿Por qué? Porque la expresión akitsumikami, la utilizada en la declaración, no era nada habitual en la sociedad japonesa de aquel entonces. Se trataba de un arcaísmo culterano que sólo tenía cierta vigencia dentro de la corte imperial. La palabra de uso corriente, para referirse al Tennō como integrante del panteón sintoísta, era arahitogami, que literalmente significa "deidad con forma humana".

Para los japoneses más aggiornados, tales términos son prácticamente sinónimos. Pero para los más conservadores, su semántica difiere un poco. Conforme a la interpretación más tradicionalista y purista, la palabra arahitogami expresaría la idea de una entidad antropomórfica que, sin ser propiamente hablando una deidad (en sentido occidental), tiene ascendencia divina directa, y como tal, un estatus sobrehumano de fortísima sacralidad. Mientras que un akitsumikami es un dios encarnado, un kami plenamente divino, un arahitogami sería algo así como un semidiós. De ser cierta esta sutil diferenciación, el renunciamiento de Hirohito a su divinidad resultaría bastante relativo. El emperador habría negado ser un akitsumikami, una deidad manifiesta, pero seguiría siendo un arahitogami, un descendiente semidivino de Amatarasu.

Fuera de Japón, esta tesis revisionista también ha tenido sus defensores. Entre ellos, cabe destacar a los historiadores estadounidenses Herbert Bix, John Dower y Peter Wetzler, y también al prominente orientalista francés Jean Herbert. Todos ellos han sido sumamente cautos en relación a la Ningen-sengen y sus efectos desacralizadores, entendiendo que la interpretación occidental clásica fue demasiado triunfalista, apresurada y simplista. Herbert, por caso, aseveró sin ambages que no se puede tomar en serio un renunciamiento de Hihohito que consistió, básicamente, en una "declaración firmada a la fuerza de que su madre no es su madre".

El revisionismo ha puesto sobre la mesa varios argumentos de peso. Uno de ellos es que Hirohito, en vísperas de su célebre anuncio, le manifestó a uno de sus chambelanes que si bien era "admisible decir que la idea según la cual los japoneses eran descendientes de los dioses era una falsa concepción", resultaba "absolutamente inadmisible tildar de quimérica la idea según la cual el emperador es un descendiente de los dioses". Otro argumento relevante es que el rescripto del 1º de enero del 46 fue publicado con un comentario adjunto del primer ministro Kijūrō Shidehara en el que éste no hace ninguna mención al supuesto "repudio" de la divinidad del monarca, limitándose a señalar que la democracia ya existía en Japón desde los tiempos de la Restauración Meiji (1868), y que, por ende, no era cierto que acabara de ser instaurada por la SCAP (interpretación que estaría respaldada por unas tardías declaraciones del emperador Showa a la prensa realizadas el 23 de agosto de 1977).

Hirohito falleció a comienzos de 1989, algunos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Fue sucedido por su hijo Akihito, quien todavía sigue reinando a los 82 años de edad. Pero a pesar de todo el tiempo transcurrido, la controversia sobre el significado y alcance precisos de la Ningen-sengen permanece abierta. Y de tanto en tanto, al socaire de alguna noticia más o menos sensacionalista (como por ej., las polémicas declaraciones de algún historiador estadounidense que acaba de publicar un libro), vuelve a instalarse con fuerza en la agenda pública japonesa.

Federico Mare

Blog del autor: www.facebook.com/soliloquiosextramuros/?fref=nf 

 

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