¡Cueste lo que cueste!

Es hasta el día de hoy, que no consigo dilucidar, cómo una mujer dotada de tal virtuosismo, dueña de una personalidad tan avasallante y cautivadora, tiene la osadía de no ser osada, valga la redundancia.

¿No le parece, por momentos, que está empezando a vivir, sin saber ni siquiera en qué consiste, y, otras veces, no siente sobre usted el peso de muchos miles de siglos, de los cuales tiene el vago recuerdo y la impresión dolorosa? ¿De dónde venimos y a dónde vamos? Todo es posible, porque todo es desconocido. Correspondencia. Gustave Flaubert y George Sand.

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¡Faltaba más! Es hasta el día de hoy, que no consigo dilucidar, cómo una mujer dotada de tal virtuosismo, dueña de una personalidad tan avasallante y cautivadora como la tuya, entrenada en el complejo circuito de las relaciones humanas, y con más luces que cualquier zángano con levita y pipa, que ande por el mundo presumiendo su pobre intelecto, en fin, una mujer sin igual, única en su especie; tiene la osadía de no ser osada, valga la redundancia. ¡El mundo cabe en la palma de tu mano, y decides ignorar este hecho! Eres tan de otro mundo, amiga mía. Una dosis de esa modestia que detentas, no le vendría mal a tantos otros, me incluyo. No te merecemos en lo absoluto. ¿Es que acaso, tu buen corazón no haya sido creado, sino, con el único fin de servir y ser todo bondadoso, más no pretende otra cosa? Eclipsar al resto, por ejemplo. Eres demasiado condescendiente, e incluso, diría que en algún punto, tu espíritu peca de dadivoso. No me parece del todo propicio, ese afán de querer convencer a los demás, de que no hay nadie que sea superior al resto, pues te equivocas, tú eres superior, y por si no lo has notado aún, lo eres en demasía. Si alguien buscase replicar tus atributos, caería indudablemente en una trampa por demás peligrosa, puesto que no existe nadie capaz de pintar el mismo cuadro dos veces. Y sí, aunque me resulte odioso reconocerlo, jamás podré recorrer en su totalidad, los vastos y laberínticos rincones que componen el fondo de tu alma. ¿Por qué esto ha de ser así? Pues fíjate que ni yo ni nadie, salvo tú, podemos adentrarnos en las profundidades de una interioridad ajena, tan abstrusa como la tuya, sin estar exentos luego, de perder el camino de ida.

Me viene a la memoria -sí, todavía me acuesto con ella, es la que menos me ha traicionado en toda mi vida- una conversación que mantuvimos hace ya algún tiempo, en la que intercambiamos nuestros pareceres respecto de si el hombre, puede o está dispuesto a cargar en sus espaldas, el peso de una vida perecedera y que no permite descanso alguno. Pues bien, volviendo a aquel asunto, me urge preguntar lo siguiente: ¿La imaginación no vendría a ser el reverso de la realidad más próxima? Si esto es así, imagina a un hombre acabado, y a la vez, perdido por donde se lo mire. Se podría decir que, ni siquiera el carácter más estoico y predispuesto, estaría en condiciones de soportar semejante estado del alma. De una u otra manera, sufriría, tanto o más que un carácter endeble. Esto sucede así, porque el hombre que se encuentra internamente acabado, ya no alberga ninguna esperanza para su vida, su fuerza vital sucumbe, y lo que es peor aún, lo que antes se le presentaba como un futuro promisorio, o al menos favorable, adquiere la forma de una vana ilusión; mientras que un hombre perdido, se halla en constante debate consigo mismo, su yo en conflicto, lo obliga a estar en desacuerdo con todo aquello que intenta imponérsele, y además, corre con la ventaja de que no necesita depender de una esperanza para seguir de pie, ya que no le molesta detenerse una que otra vez, porque en el fondo, sabe que seguirá avanzando, a derecha o a izquierda, con más o menos peso del que pueda llevar, eso no le importa. En lo que a mí respecta, creo estar parado en la delgada línea que separa a un hombre del otro, pero no te engañes, amiga mía; me siento inclinado por el segundo, sólo por el hecho de que cuento contigo, de lo contrario, no sé qué sería de este pobre diablo. Me gustaría saber tu opinión al respecto. Eres la única que puede llegar a poner claridad en el asunto, y así en tantos otros, por eso recurro a tu auxilio, mi estimada amiga. ¡Necesito un salvavidas! ¡Sálvame, te lo imploro!

En otro orden de cosas, me encuentro un tanto alicaído. Mi espíritu se halla enfermo, y no tengo a nadie para que lo cure. Creo que el remedio más efectivo sería que estés a mi lado, pero por caprichos de la vida, no podremos vernos, sino, hacia fines de este año. Mis alas, que en otros tiempos, eran la envidia de todos, ya no responden de la misma manera, ¡y yo que pensaba planear cada vez más alto! ¡Qué mortal más patético! La credulidad se hace carne en mí. No quisiera dar la impresión de ser el hombre más desdichado que existe en el globo, pero lo soy. Las preocupaciones anidan en mi cerebro, y siento que ya no hay espacio para más. En todo esto, lo material no cumple un rol demasiado importante, pero lo quiera o no, también hace su parte. Y es que, hasta los corazones más nobles y los espíritus más libres, terminan cayendo en las garras de aquel papel que hemos dado en llamar dinero. Dicen que a falta de éste, la vida se torna más difícil de sobrellevar; debo confesar que estoy empezando a adherirme a dicha idea. Tú, mejor que nadie, sabes que jamás le he dado la importancia suficiente al dinero, como para vivir a expensas de él, ni tampoco he tenido el valor de pedirle prestado a nadie, en los momentos en que más lo he necesitado. Y créeme, lo he necesitado muchas veces. Pero no soy de los que entregan su dignidad, al menos no en este sentido. ¡Antes morir que arrodillarme por unos billetes! Pero la realidad, es que estoy pasándolo bastante mal, y todo a causa de mi honor y dignidad incorruptibles. Las deudas se acumulan, y los amigos escasean. Desde hace unos meses, que vivo con lo justo, ¿qué es eso de vivir con lo justo? Vivir, sin saber si veremos otra vez la luz del sol. Una Revolución francesa asedia mi cabeza. No puedo ignorar esto, ya he ido demasiado lejos con mi cobardía todos estos años, no permitiré que la historia se repita de nuevo. ¡A luchar, cueste lo que cueste!

Hasta después de la muerte. Tuyo, Nicanor.

Manuel Arias


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7 de Diciembre de 2016|14:58
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